El cuerpo en disputa

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A veces pienso que el cuerpo es el primer territorio que aprendemos a habitar, pero también el primero que nos intentan arrebatar. Desde niñas nos enseñan que nuestro cuerpo no nos pertenece del todo, que hay miradas que lo reclaman, palabras que lo controlan, leyes que lo colonizan. Y ahí empieza una herida silenciosa, esa que nos recuerda que la libertad nunca se nos dio completa.

¿Acaso no se les forma un nudo en la garganta cuando se piensa siquiera en las niñas que no eligieron y en las mujeres que murieron en silencio? Pienso en que, en el Perú (y en muchos países), la vida digna sigue siendo un privilegio y no un derecho.

La maternidad siempre me ha parecido un misterio asombroso, fascinante, casi místico. El hecho de que un cuerpo pueda sostener, alimentar y dar origen a otro ser humano me sobrecoge, pienso en ese latido que se duplica dentro, en esa respiración que se multiplica, en la memoria de la sangre compartida durante nueve meses. Hay algo en ello que siempre me fascinará, esa capacidad de creación que guarda la carne femenina. No es solo biología, es un arte silencioso de la vida.

Y, sin embargo, esa misma maravilla se convirtió en nuestro grillete, lo que podría ser motivo de admiración se volvió instrumento de control. Durante siglos, se decía                                   –incluso, en la actualidad– que ése era nuestro destino natural, que el sentido último de nuestro cuerpo era parir. Lo íntimo fue transformado en mandato, lo sagrado en condena. La maternidad dejó de ser una posibilidad y se convirtió en una deuda, debíamos dar vida para justificar la nuestra.

Ahí late una paradoja que no dejo de pensar lo que debería ser la expresión más radical de libertad (el hecho mismo de crear vida) terminó usándose como argumento para negarnos esa misma libertad. Como si nuestro cuerpo no fuese más que un canal, un recipiente, un bien colectivo administrado por la religión, por el Estado, por la familia. 

La maternidad, cuando es elegida, puede ser creación, ternura, raíz. Cuando es impuesta, se vuelve despojo, silencio, prisión. Quizá la tarea sea esa: devolverle a la maternidad su carácter de posibilidad, de misterio abierto, sin permitir que siga siendo impuesta como destino. Porque la maravilla sólo existe cuando nace de la libertad.

Hace apenas tres días, el 28 de septiembre, se recordó el Día de Acción Global por la Despenalización del Aborto. No es una fecha menor, es una memoria y un grito que atraviesa fronteras, una forma de recordarnos que este debate no ocurre en abstracto, sino en la carne y en la vida concreta de miles de mujeres y niñas. 

Es un día que nos interpela, que nos recuerda que la libertad sobre nuestra existencia no se concede, se reclama; que la autonomía no es un lujo, sino la raíz de nuestra dignidad. Pensar en ello me devuelve al hilo de lo que intento nombrar aquí, que la vida y el cuerpo, tan celebrados, también, son campo de disputa.

Hablar de aborto nunca es hablar nada más de aborto. No es lanzarse al vacío sin conjeturas, ni es un hecho que se debe tomar a la ligera. 

Soy consciente de la delicadeza de este tema; sin embargo no pretendo tocarlo con pinzas o con destellos superfluos. Lo que más anhelo es poder expresar acaso mí visión, de una forma clara, reflexiva e íntima. No busco hablar desde la certeza absoluta, sino desde una fragilidad que también es fuerza, la fragilidad de saberse finita, de saberse mujer, de saberse propia con la capacidad de pensar y cuestionarse.

 

Repito, hablar, escribir o siquiera pensar el aborto es hablar de todo lo que lo rodea y lo carga de silencio, es hablar del miedo, el miedo que se instala en el cuerpo como un huésped no invitado, es la culpa heredada como una sombra que no nos pertenece pero que nos pesa, el peso de una religión que pretende decidir en nombre de todas, aunque no crea en nuestras vidas más que como instrumentos. 

El aborto se pronuncia con dificultad porque toca fibras que nos atraviesan desde niñas, es el pudor, el secreto, el mandato de obedecer. Y por eso, cada vez que se dice aborto, no se nombra sólo un procedimiento médico, se nombra también el largo historial de estigmas, las noches de clandestinidad, las miles de muertes en esa clandestinidad, las vidas interrumpidas por la falta de acceso. Nombramos el castigo que pende sobre nosotras por atrevernos a existir con autonomía.

Pensar el aborto es también pensarse a una misma: ¿cómo se vive en un cuerpo que otros sienten con derecho a legislar?, ¿cómo se siente escuchar grandes debates con grandes figuras decidiendo qué una debe hacer y qué no, qué es más moral y qué no? ¿Qué significa libertad si mi propio vientre no me pertenece? Aquí la filosofía se vuelve carne, pues la pregunta por el ser se cruza con la pregunta por el cuerpo, y la pregunta por la moral se desnuda cuando se convierte en imposición.

No hay nada más íntimo que decidir sobre la propia vida, y al mismo tiempo no hay nada más político que exigir que esa decisión sea respetada. Porque el aborto, en el fondo, nunca es sólo un asunto individual, es el espejo de una sociedad que todavía teme a la autonomía de las mujeres, que sigue creyendo que el silencio es más conveniente que la libertad.

El aborto no es un capricho ni una consigna vacía. Es el nombre que se da a la lucha por recuperar lo que siempre debe ser nuestro: la autonomía

La vez pasada leí algo así: ¿qué pasaría si la menstruación empezara desde que nacemos? Habría madres que no sabrían ni hablar. Y eso no es una metáfora. En este país, países, continente, mundo, donde la violación de niñas es un crimen cotidiano, esa imagen es una advertencia brutal. Un pasaje brevísimo, impactante, pero que sin embargo es real y  puede ser un puente para la reflexión.

Yo escribo esto no desde la academia fría, sino desde la piel. Porque es esto lo que me pertenece,  porque aun cuando nos quitan la voz y la autonomía, una siempre puede regresar a tocarse. 

Por eso seguimos aquí, en resistencia. Porque aunque pareciera que se nos obliga a ser madres antes de aprender a ser personas, yo insisto en recordarlo: somos personas, y en esa palabra caben nuestros deseos, nuestras preguntas, nuestras contradicciones. No somos instrumentos de gesta ni destinos prefabricados, somos carne que piensa, pensamiento que siente, cuerpos que se saben suyos

Es también recordar que cada cuerpo que habla, cada mujer que se nombra, cada decisión que se defiende, abre una grieta en el muro del silencio.

Quizá lo esencial esté en la autonomía y reconocer que no es un lujo ni un capricho, es el suelo mismo desde donde podemos vivir con dignidad porque sin dignidad no hay vida, hay apenas sobrevivencia. Debemos reconocer que la autonomía no es un lujo ni un gesto individualista, no es nada más un derecho, es la condición para que la vida pueda ser verdaderamente digna, verdaderamente nuestra…

Lo íntimo es también político porque la filosofía, cuando toca la piel, nos recuerda que la libertad no se decreta desde afuera, sino que se encarna, se habita, se defiende. Porque si la maternidad es una potencia y el aborto un límite, ambos deben ser elección, no condena.

Y en medio de todo este debate, vuelvo al cuerpo, ese lugar donde todo comienza, donde la filosofía se hace piel: el cuerpo. Dejo entonces un escrito, que surgió a partir de esto: 

Mi cuerpo no es sólo un territorio: es una casa y una herida, un jardín, una prisión y un río.

Mi cuerpo es una casa en la que a veces me siento huésped. Tiene habitaciones que heredé y otras que construí; pasillos con polvo en los bordes y ventanas que sólo abren cuando dejo entrar la luz. 

Hay quienes entran sin pedir permiso: dibujan planos sobre paredes que no conocen, deciden por mí, qué habitaciones deben permanecer cerradas, qué muebles se deben mover, qué fotos borrar. 

Hay manos que pintan nuevo el dintel de la puerta con palabras ajenas: 

culpa, 

mandato, 

silencio

y luego se sorprenden si yo ya no reconozco mi propia casa.

Mi cuerpo es también una herida, un lugar donde se han acumulado nombres que no pronuncié. La herida duele con un pasado que insiste: la herida tiene sabor a sal, a noches en vela, a voces que enseñan a esconder. A veces la herida no cicatriza, y se levanta la costura, se abre la sala donde guardo los deseos, y me encuentro reparando con manos temblorosas lo que nunca pedí que se rompiera.

Mi cuerpo es un jardín. Hay semillas cuidadas con ternura y otras arrojadas como castigo. En él brotan flores que nadie esperaba, algunos brotes son resistencia, otros son memoria. A veces hay que podar para que lo esencial sobreviva; otras veces hay que arrancar las malezas sembradas por el miedo, de raíz, sin miedo. Cuidar este jardín es decidir qué plantar, qué sanar, qué cortar para que lo que quede tenga posibilidad de florecer con dignidad.

Mi cuerpo es, por momentos, una prisión. Hay barrotes de discursos religiosos, muros de leyes que hablan por mí, celdas consagradas al deber de ser una mujer hecha y derecha.

Dentro, el tiempo pesa distinto: los días se vuelven muros, las preguntas se convierten en rejas. La llave; sin embargo, no está hecha de permiso ajeno: está hecha de autonomía, de saber propio, de libros, de poesía, de arte, de redes que sostienen cómo la filosofía, mi hogar. Cuando nos niegan el acceso a decidir, nos encarcelan en la prospectiva de vidas que no elegimos.

Y mi cuerpo es un río, tiene corriente, memoria de glaciares, un rumor que nadie puede silenciar del todo. A veces es agresivo y a veces es calmo. El poder cree que puede construir represas leyes, dogmas, estigmas, para detener su curso; lo que no entiende es que el río aprende a filtrarse, a cambiar cauce, a encontrar otra salida y que existe aún, a pesar de su aparente quietud. Abrir el paso del río es permitir que la vida fluya según nuestras condiciones, no según las que se nos imponen.

Todas esas imágenes no son adornos, son formas de sentir el cuerpo en su verdad. A veces casa, a veces herida, jardín, prisión o río, y sin embargo, siempre mío. Y cada vez que intento nombrarlo de esta manera, es como volver a tocarlo con mis propias manos, reconocer que sigue latiendo bajo todo el ruido, que me sigue perteneciendo aunque quieran arrancármelo.

Decidir sobre el cuerpo es volver a entrar en esa casa y cerrar la puerta por dentro. Es dejar que el río corra sin pedir permiso, es cuidar el jardín con la paciencia de quien sabe lo que siembra, es acariciar la herida sin vergüenza. Es, en suma, recordarme que mi cuerpo nunca fue un préstamo: es mi raíz y mi voz.