Coliving

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Ahora sí ya puedo decir que ya no vivo con mis padres, me daba pena decir que tenía casi treinta y seguía bajo el techo paterno. Pero ahora sí ya me independicé, bueno, más o menos, ya que me siguen apoyando económicamente, pero ahora ya vivo en mi propio techo compartido con más gente. 

Y es que ¿qué quieren?, hace unos días vi en la red social una noticia que decía Jóvenes prefieren viajar que comprar una casa y yo no sabía si reír o llorar… pues les tengo noticias, los jóvenes, hoy, no pueden ni viajar ni comprar una casa.

Ese día fui a tomar un café con unos amigos y les comenté acerca de ese encabezado tan amarillista y sensacionalista, tan alejado de la realidad. Y aunque hubo algunos que nos sentimos indignados, hubo quien trató de analizar y poner las cosas en contexto. 

Uno de mis amigos se lamentó porque según él, la pasada Navidad se quedó definitivamente sin los terrenos de la abuela. Otro comentó que, más que vivir y habitar en una casa, quienes pueden tener acceso a ella, la compran, pero en lugar de vivir, las usan como instrumentos de inversión, lo que encarece su precio; pues muchas veces prefieren dejarlas sin habitar, es decir, sin inquilinos que les paguen una renta, con tal de que aumente su valor.

Pedimos la cuenta, porque cada uno debe regresar a sus obligaciones remuneradas de adultos jóvenes, a punto de dejar los treinta.

Llego a mi casa, un coliving, en una zona residencial que comparto con otros tres inquilinos.   

Un chavo que sé, trabaja para una comercializadora.

Una chica que se dedica al mundo de la mercadotecnia.

Otra chava que es maestra y yo. 

Les digo chavos, pero algunos ya pasan de los treinta, es como si me quisiera o nos quisiéramos aferrar a no crecer, a quedarnos el mayor tiempo posible en la juventud, donde no había tantas responsabilidades, donde nuestros papás se encargaban de todo y nuestra principal preocupación era planear a dónde iríamos el fin de semana. 

Abro la puerta y me da la bienvenida un gigantesco y cómodo sofá, tan cómodo que sirve como cama emergente para las visitas extraordinarias de algunos de nosotros que se quedan a dormir.

La cocina está compartida, hay dos alacenas, cada una dividida en dos: La parte de arriba y la de abajo, así cada uno de nosotros puede almacenar su propio alimento.

El refrigerador es bastante grande, y también está dividido por los compartimentos: cuatro para ser exactos. Para los espacios generales procuramos colocarlos en sendas bolsas de plástico y marcarlas con un plumón o en su defecto, dejar anotado en un post it de color sobresaliente, pegado en la puerta del refrigerador, el nombre del propietario.

Cada habitación cuenta con su baño completo, adicional al de visitas que se encuentra en la planta baja. La casa tiene tres niveles. 

La más pequeña de los rumys, la que trabaja en el área de mercadotecnia, suele hacer fiestas caseras, a los otros dos no les importa tanto ya que suelen irse el fin de semana a sus casas en sus ciudades de origen. Pero yo, que me quedo, ya empiezo a sufrir las inclemencias del tiempo y lo pongo entre comillas porque sé bien que ese término se usa para fines meteorológicos, pero en nuestro caso, es un juego de palabras para referirse al paso del tiempo, pero de los años vividos.

Y es que, si bien los primeros fines de semana me unía a la fiesta, ya me cansó que sea tan seguido. Además de que siento que todos me miraban casi como su papá. Tranquilos niños, todavía estoy en mis veintes, aunque uno se atrevió a decir que parezco mayor de treinta.  

 

La verdad pensé que sería mas divertido vivir todos en un grupo, que nos sentaríamos todas las noches en la gran sala tomando un delicioso café orgánico contándonos nuestras penas y peripecias, saliendo todos en grupo al cine, a cenar o incluso a desayunar. Comer todos a la misma hora en el extinto comedor. Divirtiéndonos en grupo con los videojuegos. Pero no. Nada de eso.

Cada quien sale a diferente hora, hay semanas que ni veo a la maestra, y ya ni hablemos del amigo que trabaja en la comercializadora, en cuanto puede, se va para su pueblo, como suele decir. Nadie platica, nadie saluda, nadie avisa ya llegué o ya me voy. Pensé que seríamos cuatro amigos viviendo en una casa y no, somos cuatro extraños completamente diferentes, habitando una construcción. Unos llevan un par de años, otros unos meses y yo, unas semanas.

Entonces, me pregunto ahora, ¿será una moda?, ¿será falta de interés? o ¿será una falla en el sistema estructural en el desigual acceso a la vivienda?