Leyenda

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En la ciudad donde la luna

acrecenta su sitio 

y los cuatro rumbos

convergen en un solo punto,

flameante escudo chimalli de artificios.

Dolido lo dolido, con el corazón humeante

y en la mente de obsidiana un cuchillo,

así salí a buscarte y a decir mi oficio

el de la palabra andante, de huérfana,

el del grito alquímico que no paga cuentas.

Te hubieras quedado, un poco más a mi lado

para constatar que era un buen trato,

sólo pedí que te gustara el arte 

que salía de mis manos, mi andar salobre,

la brevedad de mis actos, que me notaras

cobijada por la sombra de tu impacto.

Imposible arrebatarte del hechizo de la diosa

de mármol, de la veta de alabastro de sus brazos,

ella tiene todo, tiene al hombre y a su canto,

qué le importa si otra sufre, que para eso 

nació más tonta y más sensible. Tú en medio

de todas las deltas de los mares y jardines

sintiéndote realmente amado,

codiciado, querible. 

Cuánto durará tu voluntad,

tu hábito de urdimbre, 

cuántos años le damos de paciencia

a la princesa en turno que te cubre.