Breve crónica

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El día de ayer 15 de octubre se convocó a una marcha nacional. El panorama, enraizado en internas nociones apriorísticas, causó gran revuelo. No podíamos ir todos a un solo lugar o ciudad porque el Perú no está en una sola ciudad. Así que, entre una y otra forma de hacer oír nuestra voz y ser vistos, aunque sea sólo para incomodar, la marcha se realizó en distintas ciudades de nuestro país.

Así traslado, por este momento, el panorama hacia la ciudad en la que yo vivo actualmente: Arequipa. En la marcha estuvimos unidos: estudiantes, trabajadores, civiles. Siendo mi universidad la que estuvo al frente dirigiendo la marcha, vivimos el conflicto en primera mano.

La marcha se realizó de manera pacífica, gritando y cantando mientras caminábamos desde la plaza España y la idea final era ir a la plaza de Armas. Pasamos por la avenida Ayacucho, subimos hasta la avenida ejército hasta la comisaría de Yanahuara y dimos la vuelta en u para regresar al centro y entrar a la plaza de armas. 

Hubo momentos de bastante exaltación y yo, presa de la conmoción y con una excitación que hacía mi cuerpo arder y viajar por mi garganta para hacerme gritar.

Los policías, quienes estuvieron siguiéndonos todo el camino sabiendo que iríamos a la plaza empezaron a correr para cerrar la plaza y pararse como caudillos. Nosotros, que bien sabíamos sus planes empezamos a correr: ¡chicos corran! ¡tengan cuidado! ¡chicos, no se separen!– solo escuchaba, mientras con mis compañeros de la escuela nos buscábamos con la mirada, para no perdernos de vista. Así logramos llegar, pero ya habían cercado la calle. En ese correr muchos se esfumaron y otros perdieron el paso. Cerraron la calle que estaba más abajo de donde estábamos nosotros y nos dividieron. Seguíamos en frente mis compañeros y yo. 

Tales dirigentes representantes de la UNSA quienes solo habían demostrado tibieza, al querer negociar con la policía y a través del diálogo llegar a un acuerdo- decían que no íbamos a pasar. Ellos encarnan la vieja lógica del intermediario, del que negocia migajas de participación a cambio de no alterar el orden establecido. Su diálogo con la policía no buscaba la victoria del nosotros, sino la restitución de una calma que siempre beneficia a los de arriba. Pero, ¿era eso acaso una opción?, mientras dentro de la plaza llena de turistas en los rooftops, grabándonos desde arriba. 

Así que, haciendo fuerza con mis compañeros, decidimos que ingresar no era una opción, era ahora, un deber. La plaza es del pueblo, no del rey de España se gritaba.

Cuando hicimos fuerza para entrar los policías empezaron a ejercer más fuerza, más resistencia, pero nosotros también. Se abrió un pequeño espacio para poder ingresar y vi cómo los policías empezaron a golpearnos, a los estudiantes con sus palos, a empujarnos  y a insultarnos, como si fuéramos unos delincuentes. Un compañero me blindó, pero aun así fuimos agredidos. Solo para que después llegue una congresista hable con ellos (los policías) y nos dejen pasar.

Frente a todo este engranaje de poder que no se ve, pero que decide, uno entiende que no marchamos contra unos uniformados, sino contra una estructura. La represión no es un exceso, es un mecanismo, no nos golpean para dispersarnos sino para restregarnos en la cara una y otra vez que el país, éste, en el que hemos crecido, no nos pertenece.

Y ahí, entre los empujones y los palos, comprendí algo que no está en los discursos ni en los congresos, que en el Perú no existe el derecho a la protesta, existe apenas el permiso a la resignación. Que si gritamos, somos vándalos, terrucos, rojos; si callamos, somos cómplices. ¿Qué clase de nación sólo nos permite sufrir en silencio?

Marchar no fue un acto heroico. Nadie allí pensaba en gloria. Había cansancio, rabia, y una extraña sensación de estar haciendo algo inútil, pero necesario. Sabemos que una marcha no derriba gobiernos ni limpia los escaños del Congreso. Pero también sabemos que el silencio sí los fortalece. Por eso estábamos ahí, no por fe en el cambio inmediato, sino por rechazo a la resignación. Porque si aceptamos que ya todo da igual, entonces ya nada te interpela y esa, sería la doble derrota.

Muchos dicen: ¿Para qué salir?. Yo también lo he pensado. Pero hay algo peor que no cambiar nada, es que te cambie el país por dentro. Que la violencia se te instale como clima, como hábito. Que un presidente caiga en la madrugada y lo aceptemos como quien cambia de canal. Y lo estamos viviendo, ante tantas discrepancias, y tanto abuso de poder uno sólo se queda parado ahí, sin sostén. Leyendo las noticias, asombrándonos, incomodándonos y finalmente siguiendo con nuestro día y nuestra vida. Y eso revela nuestra fractura más honda, porque ya no esperamos nada de quienes gobiernan, pero tampoco sabemos qué hacer con lo que sentimos.

Repito para que quede claro entre estas líneas: fue todo lo que ha pasado en las protestas confirman que en el Perú, la protesta es tratada como un delito. Y no me digan que donde empieza el derecho de uno termina el del otro. Esa frase cansada, ese lugar común de una especie de filosofía jurídica desgastada, se revela como lo que es, un mecanismo de hipocresía para justificar la asimetría del poder. Porque ese eslogan solo se esgrime contra el que protesta, nunca contra el que oprime. 

Se nos pide respetar los límites del derecho ajeno cuando nuestro derecho fundamental a la vida, a la integridad, a un futuro, nos está siendo arrebatado todos los días.

¿Acaso los asesinatos diarios de transportistas, pasajeros, trabajadoras, no representan el término del derecho más básico, que es el de ejercer la vida con tranquilidad? ¿Cómo se puede querer ignorar tanto todo la violencia que se está apostando de nuestro país?

La respuesta es simple, porque esa violencia estructural y cotidiana es funcional. No interpela al poder; lo consolida. Mantiene a la población atemorizada, fragmentada y sobreviviendo. En cambio, una protesta, una rabia colectiva, sí lo interpela. Por eso la reprimen con tanto celo, no porque altere el orden, sino porque revela la verdadera naturaleza del desorden establecido.

Y así como nos golpearon allí, cada día golpean en otros lugares donde no hay cámaras. Hemos llegado al punto en que el país se cae y el país mira. El derrumbe se volvió paisaje.

Esta es la punta de iceberg de una falla geológica que recorre la historia peruana. 

El Perú republicano nació como un proyecto criollo, una estructura administrativa superpuesta sobre un territorio fracturado y una población heterogénea a la que nunca integró, sino que subordinó. Esta crisis no es económica ni política en sentido restringido; es ontológica. El Perú nunca ha logrado constituirse como un nosotros colectivo porque su estructura misma se erigió sobre una exclusión fundacional.   

Desde la conquista, pasando por la Colonia y luego en la República, el poder se ha ejercido siempre como un acto de separación, una minoría que decide sobre una mayoría a la que no ve, no escucha y no reconoce como parte de sí misma. No emergió orgánicamente de una nación cohesionada, sino que se erigió como un aparato de control y extracción, heredero directo del virreinato. Su función primordial no fue la de representar, sino la de administrar las diferencias y mantener el orden de una élite, es el administrador externo; un aparato que gestiona los recursos y los cuerpos, pero que no encarna un proyecto común.

Esta estructura, es el engranaje de poder que no se ve pero que decide. Lo que hemos experimentado quienes estuvimos en frente, es la materialización de una violencia estructural que ha operado por siglos. La policía no es más que el brazo ejecutor de un pacto social no escrito, que la ciudadanía es condicional. Se te concede en la medida en que aceptes un lugar pasivo y cuando reclamas el espacio público, cuando exiges que la plaza, ese símbolo del ágora, del corazón cívico, sea efectivamente del pueblo, transgredes ese pacto y desatas la respuesta coercitiva que siempre ha estado allí, latente.

Así opera el Perú, históricamente como un cascarón vacío de sentido compartido, una estructura que no dialoga porque no reconoce interlocutores válidos fuera de sus propios circuitos de poder. Nuestra historia es la de un país que se mira al espejo y no se reconoce, que celebra su independencia pero sigue habitando mentalmente la colonia. La violencia con la que se responde al disenso no es una anomalía; es el síntoma de un orden que no sabe sostenerse más que por la fuerza, porque carece de legitimidad moral e histórica.

Lima

Mientras en Arequipa resistíamos los empujones y la humillación negociada, en Lima la misma lógica se aplicaba con la frialdad de una maquinaria dispuesta a triturar cuerpos. Allí, el saldo no fue sólo la tensión o los golpes; fue la muerte. Un joven muerto, veinte jóvenes desaparecidos en las mazmorras de una detención arbitraria (amigos de amigos de los que no se sabe nada, detenidos por el Estado) y dos más operados por heridas en la cabeza y el abdomen.  No son daños colaterales; son la consecuencia calculada de un sistema que protege el orden del poder por encima de la vida del pueblo.

Lima, el centro neurálgico, el ombligo que se cree el todo, es también el lugar donde la máquina se muestra en su desnudez más obscena. Allí no hubo turistas en los rooftops grabando, ni congresistas que intermediaran en el último momento. Nada más el despliegue puro de la fuerza: los perdigones, las detenciones ilegales, la saña aplicada con precisión. Lo que en Arequipa vivimos como un cerco y una represión contenida, en Lima se ejerció como castigo ejemplarizador.

Es la misma moneda, aquí, la advertencia; allá, la lección. Y en otras ciudades, Cusco, Trujillo, Puno, variaciones del mismo guion, porque el mensaje debe ser nacional: el disenso será aplastado.

Esta no es una simple diferencia de grados de violencia. Es la demostración de que el poder tiene centros y periferias de aplicación, pero una sola lógica central, la de la conservación a cualquier costo. Nuestros cuerpos, en esta ecuación, son solo variables, números en un parte policial. 

Arequipa 

Y en medio de esta crisis, Arequipa, la ciudad blanca, se convierte en el escenario perfecto de una contradicción brutal. Mientras nosotros gritamos en las calles, el Rey de España y una élite intelectual celebraban el Congreso de la Lengua Española a pocas cuadras. Y esto permítanme decirles, no es casualidad, Arequipa, con su tradición de rebeldía pero también con su orgullo de capital cultural, es el símbolo vivo de la esquizofrenia peruana, la ciudad que abraza con fervor a los mismos poderes que históricamente la han sometido y que además se reconoce como independiente, otro país, Arequipa es otra cosa, más que Perú.

El grito:“¡La plaza es del pueblo, no del Rey de España!, no era un simple eslogan antimonárquico. Era la denuncia visceral de una colonialidad que persiste. Esa misma plaza de Armas, escenario de nuestra lucha, era simultáneamente el escaparate donde se exhibía un Perú domesticado, folclórico y bien portado para el consumo internacional. Los académicos e intelectuales reunidos hablaban de la riqueza del español mientras afuera ese mismo español se usaba para gritar consignas que ellos no escuchaban, o escuchaban como ruido de fondo, como una anécdota pintoresca de un país inestable.

Arequipa es el culo del Perú no en sentido despectivo, sino geopolítico, es el lugar donde el poder viene a descargar su retórica civilizatoria, donde los discursos pulcros y bien articulados ocultan la violencia que los hace posibles. Recibimos con los brazos abiertos a quienes nos miran desde la atalaya de su superioridad intelectual, mientras la ciudad y nuestro país sangra por las costuras. Esa es la herida eterna, ser el receptáculo de una mirada externa que nos cosifica, que nos estudia pero no nos escucha, que celebra nuestra cultura en los museos pero reprime nuestros cuerpos en las calles.

El cuerpo agredido y el cuerpo asesinado

Ahí, en el momento en que el palo del policía golpeó a mi compañero y este me cubrió con su cuerpo, entendí algo fundamental,  la única comunidad real posible nace de la vulnerabilidad compartida, de la colectividad. Frente a la abstracción del Estado y sus leyes, opusimos la materialidad de nuestros cuerpos. Cuerpos que sienten dolor, cuerpos que se protegen, cuerpos que ocupan un espacio que se les niega.

Esta es la politicidad más profunda de nuestra protesta, no éramos individuos con demandas, éramos una corporalidad colectiva interpelando al poder. En un país que nos separa, nos divide y nos enfrenta, mantenernos juntos es un acto revolucionario.

Por eso, aunque la marcha no derribe gobiernos, sí construye algo más duradero: la memoria corporal de la resistencia. Cada golpe recibido, cada empujón resistido, cada mirada de complicidad entre compañeros teje una trama subterránea de solidaridad que el poder no puede controlar.

Entonces, me pregunto algo tan superfluo pero divagante, ¿qué significa ser un peruano

No es una pregunta identitaria folclórica, sino una cuestión existencial y política radical. Ser peruano es habitar una fractura, es cargar con el peso de una historia que no nos pertenece del todo pero nos determina completamente. Es sabernos herederos de un proyecto fallido, de una promesa incumplida de comunidad.

Filosóficamente, el Perú es algo que podría llamarse un no-lugar identitario. No somos lo indígena original, porque nos fue arrancado; no somos lo español, porque nunca nos aceptaron del todo; no somos lo criollo, porque ese mestizaje se construyó sobre la negación del otro. Somos el resultado de sucesivas violencias simbólicas y materiales que nos han convertido en extranjeros en nuestra propia tierra. Por eso nuestra identidad no puede basarse en esencias, sino en la conciencia lúcida de esta fractura. Ser peruano es reconocerse en el desgarro.

Pero es precisamente en este desgarro donde surge la posibilidad ética. Porque si no tenemos una identidad fija, podemos construirla desde la resistencia. Si el poder nos niega, nuestra respuesta no puede ser reclamar una pertenencia que siempre nos será negada, compañeros, sino reinventar lo que significa pertenecer. El verdadero acto filosófico-político no es responder a la pregunta ¿qué es ser peruano?, sino cuestionar quién tiene el derecho a formularla y desde qué lugar de poder.

Cuando marchamos, aunque sea inútilmente, estamos ejerciendo este derecho a redefinirnos. Gritar en la calle, aun sabiendo que no nos escuchan, es un acto de existencia política: es afirmar que estamos aquí, que sentimos, que resistimos. Es negarnos a que el silencio se convierta en nuestra única patria posible.

Y sin embargo, aquí seguimos. Con la garganta rota y los cuerpos doloridos, pero con la mirada más clara que nunca. Ahora sabemos que nuestra fuerza no está en la ilusión de un cambio inmediato, sino en la tozuda persistencia de la dignidad. Que cada golpe recibido no nos aplasta, nos compacta; no nos dispersa, nos teje, nos hace colectividad. Esta trama subterránea de solidaridad que crece en las grietas del país oficial es el verdadero Perú que late bajo las ruinas…