Invitación a la lectura de Marisol de la Cadena
El cometido del texto ¿Son los mestizos híbridos?, escrito por la antropóloga peruana Marisol de la Cadena, es echar luz sobre las políticas raciales que rigen el estatus de los mestizos e indígenas del Perú, para comprender qué tantos resquicios del pasado –no muy favorable para estas razas– persisten en ambas nociones al día de hoy; lo que llevaría a entender la actualidad política de dichas identidades y comunidades de manera más coherente. En ese sentido, empecemos diciendo que mestizo en el contexto peruano, es toda persona no puramente indígena que nace de la mezcla entre culturas prehispánicas con hispánicas, y que, según su autora, es el fruto de mezclar pureza con impureza según la mirada colonial del mestizaje. Por otra parte, el término también podría considerarse como el proceso social por el que esta mezcla se ha hecho efectiva y concreta. Es decir, la causa directa de que tradiciones y costumbres de ambas culturas han separado al indígena de su pureza de raza y de costumbres, al chocar con la pureza de las normas de la fe, en un sincretismo casi siempre en detrimento de el indio.
Tras lo anterior, nos damos cuenta de algo: los términos mestizo y mestizaje tienen dentro de sí una doble hibridez, es decir, que ambos sirven para delimitar que ni el mestizo ni el mestizaje son asuntos puramente hispánicos ni puramente cristianos en cuanto a su credo. Sirven, en suma, para delimitar con claridad que la pureza aparente de los mestizos no debe ser confundida con la verdadera casta castellana. Este es el centro del asunto, que el mestizaje peruano y prácticamente el de cualquier país iberoamericano, en el fondo es un problema sociopolítico antiquísimo que funciona con base a valores exactos de pureza, y que segrega cultural, económica y políticamente a sociedades enteras por una presuposición de lo que es el otro. Es algo que hoy en día podríamos llamar una injusticia epistémica con repercusiones políticas.
Aquella doble hibridez, entonces, es la que imposibilita que el individuo de sangre hispánica e indígena pueda ser puramente hispánico, según la descripción de la autora. Con esto, vemos cómo se cae por su propio peso el orgullo del mestizo por su condición de tal. Pues, en la lógica de valores exactos que maneja la conceptografía hispánica, todo mestizo, en el fondo, es un indígena. Esto nos importa porque una de las principales causas de segregación de la esfera política en el Perú contemporáneo de ciertas minorías es el hecho de que sean los mismos mestizos los que acusen y discriminen al indígena de no tener una pureza intrínseca con la que serían indiviudos más útiles para la sociedad y no un lastre que debe afrontar el Perú en su búsqueda del progreso.
Las causas de esto son muchas y ninguna parece segura, pero es claro que, desde los criterios detallados, resulta que todo mestizo es taxonómicamente inferior al ibérico y, paradójicamente, todo indígena inferior al mestizo. Esta estructura dialéctica es a partir de dónde nos insta a mirar la antropóloga peruana, como se hace con la estructura tripartita de la psique humana en el psicoanálisis. Sin embargo, una objección que se podría plantear a lo dicho es que la ciencia contemporánea ha abandonado el concepto de raza y sus consecuentes implicaciones de superioridad falsas por el de fenotipo, y que en ese sentido, seguir hablando de una injerencia de injusticias basadas en la raza y la etnicidad en la actualidad no tiene sentido. Sin embargo, Marisol de la Cadena nos insta a no quedarnos en la flaqueza de argumentos de este tipo, y más bien a intentar comprender los resquicios coloniales que actualmente se viven de cuando ciencia y religión se fundaron en un solo aparato conceptual en los tiempos de la corona para justificar los abusos y en una suerte de teoría política acorde a los privilegios de ciertas razas.
Con lo anterior, queda claro lo siguiente: el inconsciente colectivo de la colonia y del Perú republicano se convenció de que el indio jodió al Perú con su mala raza y su fe pagana, así que su sometimiento no es sólo deseable sino obligatorio. Por lo que toda la serie de decisiones tanto políticas como jurídicas que haya que tomar están tan legitimadas como la conquista de América lo estaba por la Bula Papal promulgada por el Papa Alejandro VI en favor de Colón. Por esto, entonces, vemos que a través de la injerencia de las teorías raciales dominantes y de las lógicas racistas cerradas antes aludidas, dicha expresión se enquistó en la historia peruana y pronto llegó a su peor manifestación: el mestizo, el primo hermano del indígena, crece siendo educado en la idea de que todos los problemas sociales conducían al indio y a su rebeldía. Por eso que, paradójicamente, en el Perú existe un odio de mestizos hacia indios que impide luchar por un mayor reconocimiento político de este, porque el uno no es capaz de ver al otro ni como su antepasado, ni como su hermano.
Hasta aquí nos damos cuenta de que el asunto de fondo es por qué este fenómeno tan triste sigue vigente sin que seamos capaces de reconocerlo. Es decir, porqué el indio y el mestizo en el Perú, aún aspiran fervorosos al blanqueamiento que otorga el ser castellanizado, y no a la inclusión y el respeto de sus culturas en la sociedad peruana y a la aspiración a hacer efectivos estos aspectos por medio de una participación activa en las decisiones políticas. Cuando en realidad, paradójicamente, las personas de quienes los mestizos esperan dicha aceptación –es decir, de los sectores con mayor descendencia hispánica y más caucásicos–, no estima y condecoraciones, en el fondo piensan que ambos, tanto indígenas como mestizos, lo mejor que podrían hacer por el país es desaparecer o aceptar su servidumbre.
Además, se hace claro que, si quiere perseguirse un mestizaje este debería ser convenientemente matizado con respecto a lo que el término ha significado siempre. Porque el actual, es un mestizaje de superioridades raciales de por sí incapaz de reivindicar al indio y al mestizo en su condición de más o menos indígenas. Las oportunidades tienen que ser las mismas, y si quieren explotarse las virtudes de ambos en un sincretismo fecundo del que estar orgullosos, debería de empezarse por sacar al indio de su miseria económica y su marginación política evitando en todo momento hablar por él, y respetando y valorando en todo momento su sistema de criterios. Así, digamos hasta aquí que el mayor aporte de las ideas de Marisol de la Cadena es postular que el término mestizo es una suerte de piedra angular a partir de la cual la antropología nos brinda una mirada política más sensible. En la que la interculturalidad cobra todo valor cuando se la separa de cualquier taxonomía, de moralismos insulsos y de cualquier sesgo discriminatorio que impida, a dichas comunidades, expresar su subjetividad en un entorno en el que esta no sea juzgada con criterios ajenos.
Marisol de la Cadena, diríamos, llega a plantear que el problema de aquellas concepciones de representación e identificación de la identidad del mestizo no solo con bases conceptuales, sino tambien en un ámbito abiertamente político y, por ende, económico. De la Cadena, plantea el papel del Estado como aquella institución que participa en la creación de nuevas identidades a través de la educación y el desarrollo, promulgando políticas que buscan modernizar a las comunidades indígenas. Ante ello, se postula una crítica no nada más de las políticas antes mencionadas, sino tambien al papel mismo del Estado. Ésta, se basa en la tesis de que la narrativa evolucionista presente en el organismo estatal busca consolidar una nueva estructura de las comunidades indígenas. Practica que, a menudo, significa una perdida de la identidad original.
La desarticulación de lo viejo, en suma, en contraposición dialéctica para la gestación de lo nuevo, degenera en la creación de identidades abiertamente viscerales y hedonistas, sobre aquello que se logra compartir y disfrutar en conjunto, obviando aquellas concepciones culturales de identificativas que presentan los sujetos con base a su propia subjetividad. Este proceso de peruanización no es ajeno a las exigencias del mercado, pues, al entenderse como una entidad abstracta e internacional, plantea la formalización y homogeneidad de aquellos elementos que en él transitan. Que, en el fondo, no son otros que las mismas poblaciones indígenas, forzadas a abdicar a su propia concepción de identidad.

