Presencia de los otomíes
Las culturas dominantes siembran de mala fe sus falacias o verdades que imponen con la repetición de su mentira mil veces. Estudiar el tomo tres del libro de Carlos Basauri con datos que tienen cien años de antigüedad para nosotros, representa un tema que conviene revisar para el municipio de Toluca y su historia lejana que viene de las culturas indígenas que le habitaron. En el estudio etnográfico, Basauri escribe en Distribución geográfica de los otomíes: Una de las tribus indígenas más interesantes, tanto por ser considerada la más antigua de las pobladoras de América, como por lo numerosa, es, sin duda, la gran familia Otomí. Pertenece al grupo lingüístico otomiano y habita actualmente parte de los estados de Guanajuato y Querétaro; la parte occidental del de Hidalgo; una parte de la región noroeste de México; el pueblo de Ixtengo, perteneciente a Tlaxcala; parte de la sierra de Zacualtipán, en el estado de Hidalgo; algunos pueblos al sur de Zacatlán, en el estado de Puebla; el pueblo de Santa María del Río, en San Luis Potosí, y algunos del estado de Michoacán. Hacer la historia a partir del Códice de Jilotepec, como lo hizo en su estudio el padre Ángel María Garibay, es prueba de la inteligencia colectiva de quienes se ha considerado bajo las palabras de Francisco Ramos de Cárdenas.
Su población hasta el año de 1921 dice que existían 209,640 otomíes en el país. No es una cantidad menor ante los que se dice son mazahuas con la cifra de 65,928 de ellos. De los matlatzincas o pirindas sólo se cuentan 2,895 habitantes. En el estudio de la historia de municipio y ciudad de Toluca al pensar en los matlatzincas como originarios y principales fundadores de la comunidad al dios Tolotzin, lo que resulta preocupante es que para aquellos tiempos —hace cien años— la extinción de los matlatzincas resulta significativa. Sabemos que los pocos que quedan se encuentran en la comunidad de San Francisco, en el municipio de Temascaltepec, Estado de México. Bien recuerdo el Segundo Festival del Quinto Sol, organizado por el Instituto Mexiquense de Cultura en marzo de 1988, mismo que dirigía el intelectual don Salvador Reyes Nevares.
En ese mes fuimos a un evento de baile y música a dicha comunidad, en su danza indígena se veía entusiasmo, pero las condiciones eran pobres en su vestuario y esa experiencia comprobó que las condiciones del lugar eran de poco desarrollo urbano, educativo y económico. Me resultó sorprendente que para esa década de los ochenta, hubiera ancestros de la cultura matlatzinca ante tanto abandono y nulo apoyo a su presencia en la entidad. Esto seguramente debe revisarse con gran urgencia por los tres niveles de gobierno del país.
Retornando al tema de otomíes, al revisar el segundo censo, que presenta Carlos Basauri, escribe para el año de 1930, los otomíes habían crecido a 218,811 habitantes, los mazahuas 77,715 y los llamados chichimecas o pames, eran 2,765. Aquí, Carlos señala que no se cuentan en el censo a los matlatzincas por ser independientes de la familia otomiana. Lo que como vemos, complica las cosas en la relación del pasado histórico profundo a que queremos llegar, para entender quién puso en territorio municipal de Toluca sus principales aportaciones, para hacer de este lugar un centro de convivencia familiar tanto laboral como hogareña, en tiempos prehispánicos. Por lo pronto es bueno saber que resulta interesante la presencia de los otomíes, en aquellos tiempos, cuando Carlos Basauri publica su libro en 1940.
Pone en su texto una serie de contradicciones que en el futuro buscaré dilucidar, por el extraño comportamiento otomí con respecto a sus relaciones con los aztecas, durante el dominio de ese imperio en los dos Valles, el de México y el de Toluca. Ello obliga a estudiar más a fondo la presencia en la entidad mexiquense y en el municipio de Toluca de dicha cultura indígena —por cierto—, aún sigue vigente en el municipio toluqueño, hecho que no es de ignorar después de quinientos años de vivir la opresión y el abandono. Deslindar aportaciones, pruebas de civilidad y cultura para el progreso en esta ciudad que hoy vivimos, es tarea juiciosa y objetiva para entender qué aportaron las cuatro culturas indígenas citadas anteriormente, y cuya estancia en el territorio del Valle de Toluca es notoria para el caso de Mazahuas, otomíes y nahoas principalmente. El estudio de la familia Otomiana, obliga a poner mayor atención a la presencia de ellos en Toluca. Es una necesidad en el conocimiento de nuestro pasado.
El estudio antropológico de Carlos Basauri expresa textos de uso popular e ignorancia pues expresa dimes y diretes que se hacen verdad, al hablar de quienes siguen vigentes para nuestra fortuna en el Valle de Toluca y hacia el norte en Jilotepec. En la página 292, en el tema Estado Cultural Carlos señala: Los otomíes, desde antes de la conquista, estaban reputados como una de las tribus americanas más atrasadas: desde tiempos inmemoriales fueron conquistados por los aztecas y vivieron siempre oprimidos por estos, hasta la venida de los españoles. Existen varias teorías respecto a la cultura otomí, y algunos autores afirman que estos indios constituyen la población arcaica de México y formaron el llamado tipo subpedregalense, que fueron los precursores de los toltecas y, en fin, el tronco étnico que dio lugar a gran parte de la población de América.
Este sólo párrafo debería de hacernos entender que en ellos está gran parte de lo que andamos buscando para comprender cómo surgió la Toluca de estos tiempos. Arcaicos y atrasados han sobrevivido, así que algunas fortalezas han tenido en cientos y cientos de años de atropellos a su presencia en las regiones que se han señalado en anteriores páginas. En el enterrar sus vestigios, en el esconderlos para que los conquistados no aparecieran en el mundo cultural e ideológico de los conquistadores aztecas y españoles, sucede siempre lo mismo, cito a Basauri: En la zona de Actopan buscamos vestigios arqueológicos que pudieran darnos datos sobre este particular, pero tal parece que no existen, y tampoco sabemos que en otras regiones se hayan encontrado ruinas arqueológicas propiamente otomíes. El en pueblo de Tepenené, a unos cuantos kilómetros de Actopan, existen dos montículos arqueológicos, al parecer de forma piramidal. Se dice que un edificio que constituye la casa de la hacienda de San José que está dentro de este pueblo, fue construida con materiales extraídos de un tercer montículo, mucho más grande que los que subsisten y que se encontraba un poco más lejos. La escuela de este pueblo también fue construida con piedra extraída de los dos montículos a los que nos referimos.
No queremos entender que la poca presencia en restos arqueológicos de Otomíes o matlatzincas en Toluca tuvo que ver con el mismo fenómeno que sucedió en Tenochtitlan y, que con el descubrimiento de restos arqueológicos en el Templo Mayor nos muestran la grandeza de aquellas culturas que ignoramos o deseamos ocultar porque los mexicanos nacimos en la Colonia Española como mestizaje reafirmado en los últimos 200 años de existencia nacional. La lectura en otra parte del estudio donde dice que los otomíes tenían a los aztecas como semidioses. Tal estudio, me parece, peca de subjetividades que no deben ser propias de un estudio antropológico.
Los otomíes en muestras que sí se encuentran por doquier, en su lucha por sobrevivir a circunstancias siempre adversas a su vida diaria, expresan quizá como nadie en la entidad la contradicción del que es vejado por el explotador; sea este el conquistador que viene del centro de Tenochtitlan o el imperialista español de lo que llaman la Nueva España. Prueba de ello, lo es al revisar el tema de Supersticiones de carácter religioso, en él Carlos escribe: El otomí tiene fuertemente arraigado el sentimiento religioso. Esto se manifiesta en la veneración que tiene a las imágenes cristianas como a los ídolos precortesianos, que adoran los brujos y que aún conservan en sus casas o en lugares escondidos. Esto es prueba de que ni los siglos de dominación sobre ellos ha logrado domeñar su espíritu y su cultura ancestral.

