Leer y leer sobre otomíes

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Al pensar en los otomíes, más bien, debemos de sentir tristeza por lo que siglos y siglos les han deparado ante la injusticia de los dominadores, y sólo sus grandes fortalezas han sido tantas, que les han permitido sobrevivir a tiempos sin fin de incuria, rabia y maldad. Bien me pregunto qué tiene que ver el libro de Nicolás Maquiavelo y su texto: El Príncipe, en un lugar donde gobernar tiene que ver con efectos mágicos y, no sólo de hechos, como dice la válida premisa de la ciencia política: la política es lo que es, y no lo que creemos que es. Aquí, en el mundo otomí, la magia ocasiona que un animal se coma al mal gobernante. 

Por el pueblo se corrió ese rumor que así fue y todos lo creyeron. A nadie le conviene buscar lo que en verdad sucedió, y en esto, el relato es bello, pero también inquietante. ¿Qué sucede en los Anales de Xilotepec?… cuenta el padre Garibay: (un grabado) 1516 Llegó D. Martín Cortés con grande aplauso y alegría a estas llamadas de México en donde estuvo con su compañía y ejército que traía para el remedio de esta tierra que por inspiración del cielo y por órdenes expresas quería trazar y ver el mejor camino o remedio que podía haber en este tiempo con esta gente bárbara y los peligros que se pudieran quitar para su conversión y sujeción de este nuevo reino de Yndias (sic) (F.29) más como la voluntad de Dios N.S. era que todos se sujetaran al gremio de nuestra santa fe católica romana que sería para su mayor gloria y bien de tantos, almas cautivas del demonio que tantas e innumerables a que la siega (sic) gentilidad estaba en su seguedad (sic) y oscuridad y para su mayor claridad fue el Señor servido abrir camino para el mayor remedio y en todo hubo el famoso marqués buen acierto que todos le rendían el corazón con su cariño y amor. Un viejo mundo que llega al nuevo mundo. 

Nuevos personajes que se infiltran por las armas y la religión dentro de culturas milenarias que con sorpresa miran a los blancos y barbados personajes que toman todo lo habido. Tiempos telúricos que en los Anales de Xilotepec hablan del pasado en los reyes que no podían dar paz y alimento a sus pobladores y por lo mismo pagan con su vida, permitiéndoles, eso sí, morir dentro de la barriga de algún anima gigantes o por aquellos que quemando el lugar donde vive, le ven huir con las llamas pegadas a sus aparejos. 

El texto recuperado por el padre Garibay es prueba de un trabajo de crónica invaluable, enseñanza para todo aquél que desee hacer lo mismo en esos lugares, que muchas veces escondidos de los caminos de la Independencia, Reforma o Revolución son lugares de aportaciones muy relevantes a la historia nacional. Todo es buscar con cuidado y pasión en aquellos lugares que lo mismo pueden estar en las casas de sus pobladores que en el archivo parroquial. Las letras del padre abren un mundo de letras y elocuente imaginación. Retorno al libro de La población indígena de México, de Carlos Basauri. Quizá los estudios para comprender mejor a los pueblos sea el ver cómo se comportan ante los trabajos que se suceden en el mundo de la religión. 

Por lo pronto, es bello ir a la iglesia principal en la cabecera municipal de Temoaya, en el estado de México para comprender cómo estos tercos e ignorantes otomíes han mantenido su idiosincrasia a pesar de todo lo vivido. Es un orgullo mexiquense el ver que ni la Colonia ni estos doscientos años les han quitado su fervor por lo que está atrás del año de 1492 a la llegada de los españoles a América. Basauri escribe: A esto se debe que las prácticas religiosas sean una mescolanza del ritual romano y las antiguas ceremonias idólatras. Hoy por ejemplo (entre 1930 ó 1940), en el mes de febrero, una ceremonia que consiste en hacer un paseo nocturno, llevando en peregrinación, de la iglesia al cerro próximo, un torito con cohetes. 

Los peregrinos, hombres en su totalidad, caminan al lado del torito, agitando en las manos pañuelos extendidos y lanzando gritos, que se oyen en la iglesia desde largas distancias. Antes de desfilar, bailan unas danzas alrededor de un jarro de pulque. Al terminar el desfile, hacen igual ceremonia y recitan en lengua otomí una oración. Los gastos que origina la ceremonia los paga el pueblo mediante una colecta que hacen los mayordomos. Las gentes aportan religiosamente esta contribución, pues de no hacerlo, suponen que les vendrán grandes calamidades, como enfermedades, desgracias, etcétera.

El bello trabajo de los antropólogos, de los que por cierto, el país tiene en la actualidad magníficos estudiosos de lo que somos los mexicanos siempre siguiendo la huella de aquellos filósofos del Grupo Hiperión, nacidos en el seno de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde destacan los nombres de Luis Villoro, Leopoldo Zea, Salvador Reyes Nevares y varios más, que en los años cincuenta del siglo pasado, decidieron —siguiendo la huella de Samuel Ramos— rescatar la mexicanidad como tema de estudio fundamental en el quehacer académico y de difusión. Sobre este tema he de regresar al tratar el texto de Luis Villoro, titulado: Los grandes momentos del indigenismo en México, del cual sus críticos dicen: Publicado por primera vez en 1950… inauguró no sólo la carrera de Villoro como científico y escritor sino también varios “momentos” importantes de discusión y de crítica sobre el indigenismo.

Libro de hace 80 años por lo menos, nos relata Carlos Basauri cuáles escollos tuvieron que enfrentar para ir siguiendo el hilo conductor del comportamiento otomí en las cosas de la religión, escribe: En el pueblo de Tepenené y en Santiago Tlalchichilco (piedras rojas, en idioma mexicano) existen varios idolillos de piedra y algo de cerámica, sacada de los montículos del primero y encontrada al hacer las milpas del segundo. Estos idolillos son llamados por los indios juanes, y en muchas casas indígenas están colocados en altares, les hacen ofrendas constantes de flores y de alimentos y les rinde ciertos cultos. Entonces, me pregunto ¿hasta dónde los otomíes de los últimos mil años han sido sojuzgados por culturas contrarias prehispánicas y por españoles, cuando han sido capaces de sostener su fe en su dios y sus ídolos a pesar de saber que podían ser masacrados o quemados por la Santa Inquisición en aquellos tiempos oscuros del coloniaje imperial español que caminaba por la visión neomedieval, cuando Francia, Alemania o Italia ya estaban cruzando el mundo del modernismo y el renacimiento? 

Su oposición en el terreno de la pluma y no de la espada es más educativa, dando muestras de que el dominador no le tenía totalmente dominado. Lo podía hacer con la espada, pero no lo pudo hacer nunca totalmente en el mundo espiritual. Ese estudio es importante para comprender el temperamento y carácter de que están formados los otomíes del pasado y sus herederos que siguen terco en no desaparecer. Como sí puede suceder con los pocos Matlatzincas que se hayan en San Francisco, municipio de Temascaltepec, México. Es de sobra conocido que lo que dice Carlos se repite en carios lugares del centro del país. Cuenta: Nos informaron que en un lugar a Santiago Tlalchichilco, por el rumbo de Hermosillo, existe una cueva en que los indios han escondido algunos ídolos de piedra y que periódicamente concurren a prácticas ceremonias de culto pagano. No nos fue posible ratificar estos datos, y en una visita que practicamos a la cueva mencionada, se nos dificultó la entrada hasta el fondo, por encontrarse anegada y carecer nosotros de luz apropiada, etcétera, y por lo tanto, no pudimos cerciorarnos de la existencia de ídolos

Todo un mundo por descubrir y por lograr hacer justicia a nuestros ancestros, sin ser flojos y pensar que México nació hace 500 años como quieren los herederos de la cultura española, conservadores y religiosos que no saben que esconder la verdad es pecado. Carlos me recuerda que: Por la historia de estos indios, sabemos que antes de ser conquistados por los aztecas, tenían su propia religión y dioses. Ese tema y la lengua son suficientes para reconocer a los Otomíes en la vida de Toluca y la entidad, el sólo tomar en cuenta el Códice de Xilotepec, es prueba de su existencia orgullosa.