¿Navidad reflexiva?
Hoy celebramos la navidad, esa época en la que las luces parpadean más que las conciencias y los villancicos suenan más fuerte que las reflexiones, dese hace años, suele reducirse a un festival de consumo, abrazos forzados y sonrisas prefabricadas, sin embargo, detrás de todo ese espectáculo digno de un centro comercial, existe un valor mucho más profundo que, paradójicamente, casi nadie quiere mirar: la oportunidad de reflexionar.
Sí, reflexionar, esa actividad tan subestimada porque no se puede envolver en papel brillante ni presumir en redes sociales.
La ironía es que aunque estas fechas nos invitan a amar al prójimo, preferimos sentir placer por el descuento del 50% en pantallas gigantes; que equivocados vivimos, amar al prójimo significa reconocerlo como ser humano, con sus virtudes y defectos, y no como competidor en la carrera de quién tiene la mejor cena o el árbol más ostentoso.
El verdadero regalo sería dejar de lado la envidia, esa emoción tan popular que, curiosamente, nunca aparece en las tarjetas navideñas. ¿Por qué cuesta tanto alegrarse por el triunfo del otro?
La armonía y el respeto, esos conceptos que suenan tan bien en discursos y tan mal en la práctica, deberían ser los protagonistas de la temporada; pero es más fácil colgar esferas doradas que practicar la tolerancia.
Respetar al otro implica no meterse en su vida, aceptar que cada ser humano toma sus decisiones, incluso cuando esas decisiones nos parecen absurdas; y aquí la ironía se vuelve deliciosa: todos queremos que nos respeten, pero pocos están dispuestos a respetar. Es como pedir paz mundial mientras se discute por quién se sienta en la cabecera de la mesa.
La Navidad también nos recuerda que cada decisión trae consecuencias; no es un mensaje muy popular, porque aceptar las consecuencias es mucho menos atractivo que culpar al destino, a la suerte o al Grinch.
El valor de las fechas no está en el festejo, sino en la pausa, una pausa incómoda, porque obliga a mirarnos en el espejo y preguntarnos si realmente practicamos lo que predicamos.
Quizá el mejor regalo que podríamos hacernos es la honestidad; admitir que la armonía no se logra con luces LED, que el respeto no se compra en Amazon y que la paz no depende de un brindis. La Navidad, en su versión más auténtica, es un recordatorio de que la vida se trata de convivir sin envidia, de alegrarse por el otro, de aceptar las diferencias y de asumir las consecuencias de nuestras elecciones. Todo lo demás, los adornos, las cenas, los intercambios, son accesorios que, aunque divertidos, no deberían distraernos del mensaje central.
Así que, mientras el mundo se obsesiona con el tamaño del pavo y la cantidad de regalos bajo el árbol, tal vez lo más revolucionario sea sentarse en silencio y analizarnos; dejar de lado la hipocresía, dejar de cuestionar lo que los otros hacen, respetar el flujo y estilo de vida de los demás, para centrarnos en lo propio, en lo que debemos hacer, en lo que nos procure armoniosamente.
Estimados lectores; ¡Feliz navidad!

