Sororidad: el hilo que une a Socorro y a Refugio
Socorro aprendió muy pronto que la vida no estaba hecha para preguntarle si estaba lista. Estaba hecha para empujarla. Nació en una colonia apretada, de calles irregulares, techos de lámina parchados y patios donde la ropa tendida parecía una bandera humilde de resistencia. Su madre había trabajado toda la vida limpiando casas ajenas y su padre, cuando estaba, entraba y salía de oficios temporales con esa mezcla de orgullo herido y cansancio que a veces vuelve ásperos a los hombres que no pudieron ser lo que les prometieron que serían. Socorro creció entre cubetas, tortillas, cuentas pendientes y una consigna silenciosa: no estorbar.
Era inteligente, rápida, observadora. Pero nadie llamaba “talento” a lo que una muchacha pobre hacía bien. Le llamaban “ser movida”, “ser útil”, “ser viva”. Aprendió taquigrafía, computadora, administración básica y el arte no escrito de sostener una oficina sin recibir nunca el mérito. Sabía qué proveedor mentía, qué jefe improvisaba, qué documento podía hundir a un departamento y qué tono de voz usar para que un hombre irritable creyera que obedecía cuando en realidad lo estaba corrigiendo. Esa es una ciencia que muchas mujeres de oficina dominan sin diploma: administrar egos con sueldo de asistente.
Refugio había nacido del otro lado del vidrio. No exactamente en la abundancia insolente, pero sí en esa clase media alta que llama “esfuerzo” a una vida ya amortiguada por colegio privado, contactos familiares, vacaciones planeadas y la certeza de que, si algo salía mal, alguien más podría absorber la caída. Su padre era contador con una pequeña firma; su madre, una mujer impecable, convencida de que la elegancia también era una forma de defensa social. A Refugio le enseñaron a hablar bien, a no mostrar necesidad, a sentarse derecha, a leer balances y a desconfiar de la vulgaridad. También le enseñaron, con más finura que violencia, que una mujer valía por su disciplina, su discreción y su capacidad de no desordenar el mundo de los hombres.
Estudió finanzas. Era brillante. Tenía facilidad para los números, para detectar desviaciones, para entender los mecanismos por los cuales una empresa aparenta solidez mientras se pudre por dentro. Ascendió con una velocidad que incomodaba a muchos. Pero cada logro suyo venía acompañado de un impuesto invisible. Si era firme, era fría. Si delegaba, era mandona. Si tenía control, era neurótica. Si se vestía con cuidado, era porque quería llamar la atención. Si no lo hacía, era porque había perdido feminidad. La vara con la que la medían estaba hecha de un metal extraño: se doblaba según conviniera.
La empresa donde ambas trabajaban se llamaba Proyección Integral del Centro, S.A. de C.V. Un nombre suficientemente gris como para ocultar muchas cosas. Su giro principal era la intermediación financiera, asesoría de capitalización, reestructura de pasivos, planeación de inversiones y una serie de vocablos brillantes detrás de los cuales podían esconderse tanto la técnica legítima como la simulación elegante. La compañía no estaba en sus mejores días, pero todavía conservaba el maquillaje de las empresas que viven de presentación y no de sustancia. Tenía oficinas modernas, café importado en recepción, cristales con viniles minimalistas, y una cultura organizacional donde todos hablaban de liderazgo, resultados y visión, aunque en los pasillos se respiraba miedo.
Socorro entró primero. Llegó como secretaria de Dirección Administrativa, aunque en realidad hacía de todo. Organizaba agendas, filtraba llamadas, armaba expedientes, corregía presentaciones ajenas, recibía visitantes, componía relaciones rotas y resolvía crisis menores antes de que alguien con título se enterara. Era eficiente y querida por algunos, pero nunca plenamente respetada. Para muchos era “la secre”. Esa palabra pequeñita que borra capacidad y te reduce a función de apoyo. La escuchaba y sonreía. Había aprendido que en ciertos lugares la dignidad también debía administrarse con prudencia.
Refugio llegó después, reclutada como Directora de Finanzas. Su arribo incomodó a varios gerentes que esperaban a un hombre con apellido de firma bursátil. Pero el Consejo la aprobó porque venía recomendada por Roberto. Roberto era el financiero estrella de la empresa, el hombre de las soluciones milagrosas, el que “conseguía recursos”, “alineaba inversionistas”, “destrababa operaciones” y hablaba con ese tono de seguridad que suele ser suficiente para que otros no pregunten demasiado. Sabía moverse en banquetes, en juntas, en teléfonos privados y en zonas grises. Era uno de esos hombres que parecen inevitables porque dominan el lenguaje del dinero y porque muchos otros hombres, aun desconfiando de ellos, los protegen mientras sigan siendo útiles.
Con Socorro, Roberto había sido paciencia. La encontró en una etapa donde el amor le parecía una mezcla de rescate y destino. La invitó a comer después de varias semanas de cortesías medidas, le preguntó por su familia, por su esfuerzo, por lo duro que había sido salir adelante. Le dijo que admiraba a las mujeres luchonas, que él sí sabía ver el valor donde otros sólo veían un puesto pequeño. La trató como si la descubriera. Y para una mujer acostumbrada a pasar desapercibida, ser mirada con devoción puede parecer justicia cuando a veces sólo es estrategia.
Le rentó un departamento modesto pero digno en una zona mejor que la de su infancia. Le compró un refrigerador cuando el suyo falló, le habló de construir algo juntos, le dijo que por su trabajo él tenía horarios complejos y compromisos delicados, que no podía exponerse demasiado. Socorro aceptó. No porque fuera ingenua sin remedio, sino porque la vida le había enseñado a agradecer estabilidad cuando llegaba, aunque llegara incompleta. Roberto la fue encerrando con favores. Y el favor es una cuerda peligrosa: parece apoyo hasta que tira de ti.
Con Refugio, en cambio, Roberto fue sofisticación. La cortejó con la promesa de que por fin había encontrado una mujer a su altura. Le habló de mercados, riesgo, política monetaria, arte contemporáneo, literatura de negocios y del ridículo que le causaban los hombres inseguros frente a mujeres inteligentes. Le dijo que admiraba su rigor y su ambición limpia. Le hizo sentir que entre ambos había una alianza de pares. La llevó a restaurantes silenciosos, a catas, a foros empresariales, a cenas donde la presentaba como alguien extraordinaria. Refugio, que había sido admirada muchas veces pero pocas veces comprendida, creyó encontrar un compañero intelectual. Roberto sabía producir esa sensación. Tenía la astucia emocional de quien no ama, pero sí estudia las formas del deseo ajeno.
Ninguna sabía de la otra.
Y lo más perverso no era sólo eso, sino que ambas convivían indirectamente todos los días.
Socorro veía a Refugio como muchas trabajadoras administrativas ven a las mujeres de alto cargo cuando el sistema les ha enseñado a sospechar de ellas: rígida, clasista, altanera, incapaz de reconocer el esfuerzo del personal operativo. Cada vez que Refugio pedía un reporte corregido, un archivo bien nombrado o una reunión puntual, Socorro sentía en el tono una confirmación de sus prejuicios. “Estas mujeres de oficina grande se creen mucho”, pensaba. “Nunca les costó nada.” No sabía que, detrás de la espalda recta y la voz precisa, había una mujer que llevaba años sobreviviendo a salas donde la interrumpían, la probaban y esperaban el más mínimo error para bajarla de su silla.
Refugio, por su parte, veía a Socorro con el filtro de su propia programación de clase. La percibía como descuidada en formas, excesiva en confianza, indiscreta en comentarios de pasillo, demasiado cercana con los hombres de la oficina. Le molestaba esa soltura popular que no entendía y que en ocasiones confundía con falta de profesionalismo. Cuando escuchaba a Socorro bromear con mensajeros, proveedores o jefes medios, pensaba, casi sin querer, que ese tipo de mujeres “se meten donde no deben”, “crean chismes”, “se prestan a malas interpretaciones”. No era maldad pura. Era la obediencia fina del clasismo heredado.
Roberto alimentaba ambos imaginarios con maestría.
A Socorro le decía que tuviera cuidado con Refugio, que era de esas ejecutivas que subían pisando a cualquiera, que despreciaban a las mujeres sencillas y que siempre buscaban tener control de todo, incluso de la vida privada de los demás. “No te confíes”, le advertía con voz protectora. “Esa señora no soporta a la gente auténtica.” Socorro, que ya se sentía observada por la directora, terminaba confirmando la profecía cada vez que Refugio corregía algo.
A Refugio le decía que Socorro era conflictiva, que se victimizaba, que tenía hábitos impropios, que se acercaba mucho a los hombres casados, que había que mantener distancia para no perder autoridad. “Tú sabes cómo son algunas”, soltaba con una misoginia barnizada de confidencia. “Se sienten traicionadas por cualquier límite.” Refugio, que ya percibía ruido en la manera en que la oficina se articulaba desde lo informal, terminaba endureciéndose con Socorro más de lo necesario.
Así, Roberto no sólo sostenía dos relaciones paralelas. Gobernaba dos percepciones femeninas. Les administraba el rechazo mutuo. Les diseñaba una enemistad funcional. Esa fue su gran operación: convertir el prejuicio social en mecanismo de impunidad.
La empresa, entretanto, se iba acercando al borde del colapso.
Proyección Integral del Centro había financiado operaciones con estructuras opacas. Había fondos que entraban y salían con justificaciones imprecisas, contratos puente excesivamente complejos, honorarios por intermediación sin trazabilidad suficiente, cuentas por pagar maquilladas y proyecciones de flujo demasiado optimistas. Refugio empezó a notar inconsistencias serias. Algunos reportes que debía recibir completos llegaban mutilados. Había conciliaciones extrañas. Ciertas autorizaciones de Roberto se respaldaban con correos vagos o con instrucciones verbales. Cuando pidió expedientes completos de algunas operaciones, los archivos físicos no coincidían con los digitales.
Socorro, desde otra trinchera, comenzó a observar síntomas distintos pero complementarios. Proveedores reclamaban pagos retrasados. Recepción tenía órdenes de decir que ciertos directivos “no se encontraban” cuando en realidad estaban escondiéndose de acreedores. Personal de confianza dejaba la empresa en silencio. Había reuniones cerradas, tonos nerviosos, llamadas en voz baja. Un día vio a Roberto sacar cajas de documentos a su coche con la excusa de que los revisaría en casa. Otra tarde escuchó a un inversionista reclamarle que había desviado recursos destinados a una estructura de garantía.
Ninguna tenía el mapa completo. Pero ambas empezaban a caminar dentro del mismo incendio.
Las tensiones entre ellas crecieron precisamente cuando más necesitaban colaborar. Refugio pidió a Socorro acceso a archivos históricos y trazabilidad de agendas, reuniones y visitas de Roberto. Socorro sintió que intentaban usarla para armar una cacería. Contestó seco, tardó de más, filtró sólo lo indispensable. Refugio interpretó esa resistencia como encubrimiento. Empezó a excluir a Socorro de algunos circuitos de información. Socorro lo leyó como humillación. La guerra pequeña entre ambas se volvió la grieta exacta por donde Roberto seguía respirando.
Una mañana de lunes, en plena revisión interna, el Consejo solicitó una sesión extraordinaria. Había rumores de auditoría externa, incumplimiento ante inversionistas y posible denuncia por administración fraudulenta. Refugio llegó con una carpeta gruesa y un insomnio de varias noches. Socorro entró a la sala sólo para dejar documentos y café, pero alcanzó a escuchar cuando uno de los consejeros preguntó por la autorización de un traslado de recursos que Roberto había atribuido a instrucciones de Finanzas. Refugio negó haber autorizado tal operación. Entonces apareció un correo impreso, aparentemente emitido desde su cuenta, que respaldaba la maniobra.
Ella palideció.
No era suyo. O era suyo de una manera torcida: alguien había usado formatos, firmas escaneadas, respuestas reenviadas y cadenas alteradas para construir una autorización artificialmente plausible.
La junta se suspendió entre acusaciones cuidadosas.
Refugio salió furiosa. En el pasillo se encontró con Socorro, que llevaba una carpeta azul bajo el brazo. Se miraron con la hostilidad ya vieja de dos mujeres programadas para no concederse humanidad. Pero esta vez Socorro vio algo distinto: no soberbia, sino miedo. Un miedo fino, perfectamente vestido, pero miedo al fin. Y quizá porque ella conocía bien esa sensación de estar sola frente a un problema diseñado por otro, habló antes de pensarlo.
—Ese correo no lo mandó ella —dijo, mirando a nadie y a todos.
Refugio giró con sorpresa.
Socorro respiró hondo. Tenía las manos sudadas. Sacó de la carpeta una impresión de agenda, una bitácora de accesos y una nota manuscrita que había guardado por puro instinto de secretaria, ese instinto que a veces sustituye a la cultura formal de control. En la fecha del correo cuestionado, Refugio había estado encerrada en una reunión presencial con el despacho fiscal y su computadora había sido retirada por “soporte técnico” por instrucción directa de Roberto.
El silencio que siguió fue el primer hilo.
No hubo reconciliación instantánea ni música épica, porque así no funciona la vida adulta. Hubo sospecha, duda, orgullo herido y la intuición brutal de que quizá la enemiga no era la mujer parada enfrente, sino el hombre que había hecho negocio con la distancia entre ambas.
Esa tarde, por primera vez, hablaron solas.
No en una cafetería bonita ni en un espacio de sororidad iluminado por consignas impecables, sino en el archivo muerto, entre cajas viejas, papeles con polvo y lámparas de luz dura. Ahí, donde las empresas mandan lo que ya no quieren ver, dos mujeres empezaron a mirar lo que habían evitado.
Refugio preguntó por qué la ayudó. Socorro contestó que porque sabía cuándo a una la querían cargar con culpas ajenas. Luego, casi sin transición, soltó que Roberto a veces le pedía guardar documentos fuera de procedimiento. Refugio, todavía incrédula, preguntó por qué no lo había dicho antes. Socorro respondió con una verdad tosca: porque en esa oficina nadie cuidaba a una mujer como ella cuando hablaba; porque siempre resultaba más creíble el hombre que la “ayudaba” que la secretaria que sospechaba de él.
Entonces Refugio dijo algo que nunca había dicho en voz alta: que Roberto era su pareja.
Socorro sintió que el estómago se le volvía piedra.
No gritó. No por madurez superior, sino por shock. Lo observó todo como si el aire se hubiese detenido. Después dijo, despacio, que Roberto también era su pareja.
El mundo, cuando revienta, a veces no hace escándalo. A veces apenas acomoda las piezas de otra manera y deja a las personas viendo la ruina exacta de sus interpretaciones.
Lo que vino después no fue una escena de telenovela ni una pelea física ni una humillación pública. Fue algo más raro y más hondo: el reconocimiento mutuo del engaño y de la estructura que lo había hecho posible.
Socorro entendió que durante meses había despreciado a una mujer que también estaba siendo usada. Refugio comprendió que había sostenido con su distancia elitista un muro que facilitó el fraude. Ambas vieron con una lucidez amarga que no sólo habían sido engañadas por Roberto, sino también por una pedagogía patriarcal que les había enseñado a leerse como amenaza antes que como posible alianza.
Hablaron durante horas.
Socorro contó el departamento, las ausencias justificadas, las promesas postergadas, el modo en que Roberto la hacía sentir afortunada por recibir migajas bien envueltas. Refugio habló de viajes cancelados, de secretos por “seguridad profesional”, de cómo él siempre convertía cualquier reclamo suyo en señal de desconfianza histérica. Descubrieron frases idénticas, excusas clonadas, fechas superpuestas. Descubrieron también algo peor: que Roberto había utilizado la posición institucional de ambas para cubrir movimientos financieros y blindarse emocionalmente. A una la usaba como zona de apoyo operativo; a la otra, como sello de legitimidad directiva.
Esa noche dejaron de ser categorías.
Ya no eran “la secre” y “la directora”. Ya no eran “la corriente” y “la fresa”. Eran dos mujeres atravesadas por una misma lógica de aprovechamiento masculino, sólo que adaptada a sus respectivas vulnerabilidades de clase.
En los días siguientes empezaron a trabajar juntas en secreto. Refugio puso método, análisis y lectura financiera. Socorro aportó memoria viva, rastros operativos, agendas, conversaciones, hábitos, patrones, nombres, accesos, claves informales. La empresa que nunca había entendido el valor estratégico de una secretaria descubrió, demasiado tarde, que la inteligencia institucional no siempre está en el organigrama. Y la directora que había subestimado el poder del conocimiento práctico descubrió que la experiencia situada de una mujer de clase baja podía ser tan o más decisiva que la teoría financiera mejor aprendida.
Encontraron triangulaciones de recursos, instrucciones informales, cuentas espejo, contratos de prestación simulada, alteraciones en respaldos, manipulación de firmas y un repertorio clásico de fraude vestido de sofisticación. Roberto había apostado a lo de siempre: a que nadie uniría los puntos porque las mujeres clave del circuito estaban demasiado ocupadas desconfiando una de la otra.
Pero los unieron.
El Consejo no reaccionó con nobleza automática. Primero intentó salvar la reputación. Luego quiso minimizar. Después buscó culpas administrativas de menor escala. El sistema casi siempre prefiere un error técnico a una verdad estructural, porque un error se corrige; una estructura obliga a transformarse. Pero esta vez había demasiado material. Demasiada evidencia. Demasiadas manos que sabían ya demasiado.
Cuando Roberto fue confrontado, eligió el viejo libreto del patriarcado acorralado: negar, dividir, victimizarse, insinuar inestabilidad emocional en las mujeres, hablar de malentendidos afectivos, acusar resentimiento, poner en duda la ética de ambas y confiar en que el prejuicio haría el resto. Intentó presentar a Socorro como oportunista y a Refugio como ambiciosa. A una la sexualizó, a la otra la deshumanizó. Era lógico: toda defensa machista de alto rendimiento conoce esas dos herramientas.
Lo que no previó fue que ellas ya no discutirían entre sí para ver quién era “la verdadera engañada” o “la más digna”. Habían entendido algo esencial: el patriarcado sobrevive no sólo porque muchos hombres dominan, sino porque logra que las mujeres compitan por el lugar menos perjudicado dentro del mismo daño.
No compitieron.
Socorro no buscó ganarle a Refugio el derecho al mayor sufrimiento. Refugio no intentó preservar su superioridad moral o educativa. Ambas comparecieron con verdad y con pruebas. Y esa alianza, que parecía tardía, fue más potente que cualquier romance previo. Porque por primera vez no estaban siendo elegidas por un hombre, sino elegidas por su propia conciencia.
La investigación estalló. La empresa entró en una crisis pública severa. Hubo denuncias, reestructuras, salidas forzadas, revisión de políticas, auditoría externa y un largo proceso de saneamiento. Roberto dejó de ser el financiero brillante para convertirse en lo que siempre había sido: un operador del fraude sostenido por el privilegio masculino y por la costumbre social de considerar más confiable a un hombre convincente que a dos mujeres incómodas.
Pero la verdadera transformación no ocurrió sólo en los expedientes.
Ocurrió cuando Socorro y Refugio empezaron a nombrar lo que les había pasado sin reducirlo a traición amorosa. Porque sí, Roberto las engañó sentimentalmente. Pero hizo más que eso: utilizó el clasismo, el machismo y los techos de cristal como infraestructura de su poder.
Socorro entendió que muchas veces había juzgado a otras mujeres “de arriba” sin ver que varias de ellas también pagaban cuotas crueles por estar ahí. Refugio comprendió que su educación para la excelencia venía mezclada con una pedagogía de desprecio hacia las mujeres populares, como si el mérito tuviera acento y modales. Las dos descubrieron que la enemistad femenina no siempre nace de la maldad personal; a menudo nace de una arquitectura social que reparte migajas, compara heridas y hace que las mujeres se vigilen entre sí mientras los hombres se reparten las consecuencias mínimas.
Con el tiempo, la empresa sobrevivió, aunque ya no igual. Socorro fue ascendida al área de control documental y gestión operativa. Refugio se mantuvo un tiempo más para concluir el saneamiento financiero y luego salió para asumir otra posición, ya con una mirada distinta sobre liderazgo. Siguieron en contacto. No se volvieron idénticas, no borraron sus diferencias, no fingieron una hermandad perfecta. Hicieron algo más serio: aprendieron a respetar la verdad de la otra.
Y eso, en un mundo educado para que las mujeres se comparen, ya es un acto político.
Porque Roberto no era únicamente Roberto. Era una forma de orden. Representaba ese machismo que todavía logra que muchas mujeres imiten sus reglas para sobrevivir dentro de ellas: competir por aprobación masculina, castigar a otra mujer por ser distinta, desconfiar antes de escuchar, juzgar el dolor ajeno según la clase, la estética, el puesto o la sexualidad. Roberto era el hombre concreto, sí, pero también el sistema abstracto que permite que hombres como él fallen hacia arriba y que mujeres como ellas paguen el costo social de la fractura.
La lección no fue que los hombres sean, por esencia, el enemigo. La lección fue más precisa y más útil: el enemigo es el entramado de dominación que, demasiadas veces, opera a través de hombres sin consecuencias y también a través de mujeres obligadas a reproducir su lógica para no quedarse fuera. Por eso la sororidad no es un abrazo ingenuo entre mujeres idealizadas. Es una práctica consciente de desprogramación. Es revisar las voces prestadas que nos habitan. Es aprender a distinguir entre rivalidad fabricada y diferencia real. Es entender que otra mujer no tiene por qué ser el espejo de nuestra inseguridad ni la aduana de nuestro valor.
Socorro y Refugio no fueron unidas por Roberto, aunque él lo creyera. Fueron unidas por algo más profundo: por la experiencia de haber sido colocadas en bandos opuestos para beneficiar al mismo poder. Cuando por fin lo vieron, el hilo apareció.
Y ese hilo, cuando las mujeres se atreven a seguirlo, puede sacar a la luz no sólo una traición íntima, sino una verdad social entera.
El 8 de marzo no es una fecha ornamental ni un día para entregar flores moradas, hacer descuentos rosas o improvisar discursos corporativos con tipografía elegante y conciencia barata. El Día Internacional de la Mujer tiene una raíz histórica ligada a las luchas de las mujeres por participar plenamente en la sociedad, en el trabajo, en la vida pública y en la toma de decisiones. Naciones Unidas sitúa sus antecedentes en los movimientos de mujeres de principios del siglo XX y vincula de manera decisiva la fecha del 8 de marzo con las movilizaciones de mujeres durante la Revolución rusa de 1917; además, la conmemoración fue oficialmente observada por la ONU a partir de 1975. En 2026, el propio sistema de Naciones Unidas ha colocado el énfasis en derechos, justicia y acción para todas las mujeres y niñas, lo cual recuerda que el problema no es sólo simbólico, sino jurídico, institucional y material.
Por eso el 8 de marzo no debe leerse como una efeméride aislada, sino como un punto de condensación de varias capas: memoria histórica, denuncia de desigualdades persistentes, reconocimiento de logros y exigencia de transformación estructural. No se trata únicamente de “celebrar a la mujer”, fórmula que a veces vacía el conflicto y convierte la desigualdad en un homenaje decorativo. Se trata de reconocer que la igualdad sustantiva no ha sido alcanzada. La evidencia global sigue mostrando que la igualdad legal plena está lejos: el Banco Mundial reporta en su edición 2026 de Women, Business and the Law que no existe una economía que garantice igualdad económica plena para las mujeres; en promedio, las mujeres cuentan con 67% de los derechos legales de los hombres en este ámbito.
En ese marco, la sororidad no es una palabra suave para decorar discursos, sino una herramienta política y ética. La RAE la define, entre otras acepciones, como “relación de solidaridad entre las mujeres, especialmente en la lucha por su empoderamiento”. Esa definición, aunque breve, tiene filo. Habla de solidaridad, no de homogeneidad; de relación, no de idealización; de empoderamiento, no de obediencia recíproca. La sororidad no exige que todas las mujeres piensen igual, vivan igual o militen igual. Exige, más bien, que puedan reconocerse como sujetas atravesadas por estructuras comunes de desigualdad, incluso cuando sus trayectorias, clases sociales, religiones, profesiones o estilos de vida sean distintos.
Aquí aparece un punto crucial que suele incomodar: una parte de la desigualdad de género perdura no sólo por agresiones abiertas de hombres concretos, sino por la reproducción cotidiana de normas discriminatorias, estereotipos y jerarquías que también son interiorizadas por mujeres. UN Women ha insistido en que la violencia y la desigualdad contra las mujeres se sostienen en la discriminación, los estereotipos de género y normas sociales que toleran o normalizan esas prácticas. Y el propio trabajo de ONU Mujeres sobre cambio de normas sociales subraya que transformar la desigualdad exige intervenir precisamente en esas expectativas culturales y conductas aprendidas.
Dicho de manera menos burocrática: el machismo no sobrevive sólo porque algunos hombres manden. Sobrevive porque muchas sociedades educan a hombres y mujeres para aceptar un reparto desigual del poder y para convertirlo en costumbre. De ahí que una agenda seria de sororidad implique, por un lado, identificar y desintoxicarse de conductas machistas entre mujeres. Esto incluye formas muy extendidas de vigilancia mutua: juzgar la sexualidad de otra, descalificar a la mujer ambiciosa, romantizar a la sacrificada, castigar a la que destaca, sospechar de la que es distinta, reproducir clasismos que fragmentan la experiencia femenina o competir por validación masculina como si esa aprobación fuera capital social. No son “detalles de carácter”; son mecanismos de reproducción de subordinación.
Por otro lado, la sororidad también exige desarrollar el potencial real de las mujeres, y ahí entra la discusión sobre techos de cristal. La OIT advierte que, aunque las mujeres están más presentes en educación superior y en el mercado de trabajo, siguen subrepresentadas en puestos de liderazgo. Además, el problema no es sólo el techo de cristal clásico. También existen “paredes de cristal”: la concentración de mujeres en funciones de apoyo o de decisión limitada, como recursos humanos, administración o, en muchos casos, finanzas, mientras los espacios de mayor poder estratégico siguen masculinizados. A ello se suma la expectativa de disponibilidad total, que castiga especialmente a quienes cargan con mayor trabajo doméstico y de cuidados, una carga que ONU Mujeres sigue identificando como desproporcionadamente femenina.
Eso ayuda a entender por qué la ruptura de los techos de cristal no depende solamente de talento individual. Si así fuera, bastaría con estudiar, esforzarse y esperar turno, y ya sabemos que el mundo no opera como folleto motivacional. La ruptura de esos techos requiere hitos visibles, sí: mujeres que llegan, nombran, deciden, reforman y abren camino. Pero también requiere rediseños institucionales, políticas de promoción, mecanismos de cuidado compartido, transparencia salarial, protocolos contra violencias y formación de liderazgos que no penalicen la feminidad ni obliguen a imitar versiones endurecidas de masculinidad corporativa. La OIT, por ejemplo, señala que las políticas inclusivas ayudan, pero no bastan por sí mismas si no reciben atención real de las y los directivos.
En México, el panorama confirma esta tensión entre avance y estancamiento. IMCO reportó en 2024 que, entre empresas analizadas en bolsa, las mujeres ocupaban en promedio 13% de los asientos en consejos de administración; en direcciones relevantes, sólo 11% correspondía a finanzas y apenas 3% a dirección general. Además, 73% de las empresas no contaban con mujeres en sus direcciones relevantes. Ese dato es valioso porque muestra que el problema no es falta de preparación femenina, sino persistencia de filtros estructurales. No estamos ante una escasez de capacidad, sino ante un ecosistema que sigue premiando trayectorias, redes y disponibilidades históricamente masculinizadas.
Ahora bien, conviene evitar un error frecuente: poner en el mismo nivel feminismo, machismo y sexismo como si fueran tres extremos equivalentes que sólo deberían “bajarse de tono”. No son lo mismo. El machismo es una lógica de superioridad y dominación; el sexismo es un sistema de prejuicios, jerarquías o discriminaciones basadas en el sexo o género; el feminismo, en cambio, es una tradición ética, política e intelectual orientada a la igualdad sustantiva y a desmontar esas jerarquías. Otra cosa es que, dentro de cualquier movimiento humano, puedan aparecer dogmatismos, reduccionismos o prácticas excluyentes. Pero no conviene, por rigor, equiparar una lucha por la igualdad con una ideología de subordinación. Esa distinción importa, porque cuando se borra, el patriarcado se lava la cara y todo termina reducido a “dos radicalismos peleando”.
Fomentar el feminismo, entonces, no significa incubar una guerra de sexos. Significa fortalecer la capacidad de las mujeres para nombrar estructuras, exigir derechos, construir comunidad, disputar instituciones y dejar de depender del asistencialismo masculino. Ese asistencialismo puede parecer apoyo, pero con frecuencia conserva la asimetría: el hombre “cede”, “concede”, “protege” o “autoriza” la agenda de género, en lugar de reconocer que los derechos de las mujeres no dependen de su benevolencia. Acompañar no es tutelar. Abrir espacio no es colonizar la voz ajena. Y este matiz es esencial para una deconstrucción seria.
Finalmente, la discusión de género hoy necesita una articulación más amplia con la idea de humanidad compartida. Eso no significa diluir las diferencias en un humanismo abstracto que termina neutralizando todo. Significa comprender que desmontar la dominación beneficia a toda la sociedad: mejora la justicia, redistribuye cuidados, amplía la participación económica, corrige culturas laborales tóxicas y ensancha las posibilidades de existencia tanto para mujeres como para hombres. La igualdad de género no es un capítulo sectorial; es una condición de civilización.
Uno de los trabajos más difíciles que las mujeres tienen por delante no es únicamente enfrentar el machismo visible, tosco y reconocible. Ese, por terrible que sea, al menos da la cara. El reto más complejo es desmontar el machismo sedimentado entre mujeres, ese que a veces opera con voz de consejo, de prudencia, de corrección social, de moral heredada, de clasismo respetable o de “yo sólo digo las cosas como son”. Ahí está uno de los núcleos más duros del problema, porque no se presenta como violencia evidente, sino como normalidad.
Durante mucho tiempo se ha hablado de desigualdad de género como si se tratara sólo de una línea vertical: hombres arriba, mujeres abajo. Esa línea existe, claro. Sería ridículo negarla. Pero en la práctica social también hay líneas horizontales de control: mujeres vigilando a otras mujeres para verificar si merecen respeto, reconocimiento o pertenencia. Se les juzga por cómo aman, por cómo visten, por si mandan, por si obedecen, por si triunfan demasiado, por si se equivocan en público, por si son madres o no lo son, por si tienen dinero, por si no lo tienen, por si se ven “finas”, por si se ven “fáciles”, por si son demasiado inteligentes, por si no saben usar el lenguaje correcto del prestigio. Esa fiscalización femenina del valor femenino ha sido una de las herramientas más eficaces del patriarcado, porque abarata el trabajo del dominador: cuando las subordinadas se corrigen entre sí, el sistema descansa.
Eso no significa culpar a las mujeres por su propia opresión. Sería una grosería intelectual y moral. Significa algo más fino: reconocer que una estructura de poder verdaderamente exitosa es aquella que logra ser reproducida por quienes daña. La historia entera de la humanidad está llena de ese fenómeno. Clases oprimidas defendiendo jerarquías de clase. Pueblos colonizados interiorizando la mirada del colonizador. Trabajadores admirando al patrón que los explota. Pues bien: también hay mujeres que, para sobrevivir o ascender dentro de un orden patriarcal, aprenden a reproducirlo. Algunas lo hacen por convicción. Otras por miedo. Otras por costumbre. Otras porque nunca tuvieron un lenguaje distinto para interpretar el mundo.
Por eso la sororidad exige algo más incómodo que la simpatía. Exige autocrítica. Y la autocrítica, seamos honestos, suele tener peor prensa que la consigna. Es mucho más fácil señalar al macho grotesco que revisar cuántas veces una mujer ha desacreditado a otra por parecerle vulgar, excesiva, sexual, ambiciosa, maternal, fría, emocional, sumisa o demasiado libre. Es más fácil condenar al patriarcado en abstracto que reconocer cómo, en el trabajo, en la familia o en la comunidad, una puede haber premiado justamente los valores que luego denuncia. Pero sin esa revisión, la sororidad se vuelve un eslogan precioso y hueco, como esos regalos corporativos del 8 de marzo que traen taza con flores y cero política de cuidados. Un pequeño museo de hipocresías.
También hay que decirlo con precisión: no toda fricción entre mujeres es machismo interiorizado. A veces hay diferencias reales de ética, de visión, de intereses, de responsabilidad, de carácter. Sororidad no significa absolución automática ni pacto de silencio. No significa que una mujer no pueda señalar a otra si hay abuso, corrupción, clasismo, negligencia o violencia. La sororidad madura no borra la crítica; la vuelve más justa. La diferencia está en el marco. No es lo mismo cuestionar una conducta que usar estereotipos patriarcales para cancelar la humanidad de la otra. No es lo mismo disentir que degradar. No es lo mismo poner límites que reproducir el guion donde las mujeres sólo adquieren valor destruyéndose entre sí.
En ese sentido, la historia de Socorro y Refugio permite mirar una verdad severa: el hombre concreto puede ser el agresor, el manipulador, el beneficiario inmediato; pero el problema profundo no se reduce a “el hombre” como esencia metafísica del mal. Esa idea, además de injusta en términos analíticos, resulta políticamente torpe. El enemigo más útil de nombrar no es el sexo masculino como bloque ontológico, sino las formas de dominación que históricamente han encontrado en ciertos privilegios masculinos su vehículo principal. A veces ese vehículo es un hombre como Roberto: encantador, competente en apariencia, fraudulentamente seguro, acostumbrado a que el sistema le crea primero. Pero otras veces el mismo engrane opera en normas, familias, empresas, iglesias, escuelas, legislaciones, algoritmos, chistes, silencios y mujeres entrenadas para custodiar la frontera del “deber ser”.
Insistir en que “el verdadero enemigo es el hombre” puede dar una satisfacción retórica momentánea, sobre todo cuando el daño ha sido concreto y masculino. Pero, llevado sin matices, empobrece el análisis y sabotea la estrategia. Porque entonces todo hombre queda colocado del lado del problema y toda mujer del lado de la solución, y la realidad se burla de los esquemas simples. Hay hombres que sostienen privilegios y hay hombres que los confrontan. Hay mujeres que construyen emancipación y hay mujeres que administran patriarcado con eficacia feroz. Lo decisivo no es el sexo biológico como garantía moral, sino la posición práctica frente a la dominación.
Ahora bien, decir esto no debe convertirse en la típica maniobra de “no todos los hombres”, esa gimnasia defensiva que aparece justo cuando el foco iba dirigido a donde debía estar. El punto no es diluir responsabilidades. El punto es comprenderlas mejor. Los hombres, en general y de múltiples formas, han sido históricamente beneficiarios de arreglos sociales que desproporcionadamente cargan a las mujeres con violencia, cuidados, sospecha moral y menor acceso al poder. En el mundo actual, esos arreglos persisten en muchas leyes, instituciones y mercados. Que no exista todavía igualdad legal plena, y que incluso en contextos corporativos las mujeres sigan subrepresentadas en los espacios de decisión, no es una metáfora sino un dato robusto.
Entonces, ¿cómo evitar la guerra de sexos sin caer en neutralizaciones cobardes? Primero, distinguiendo entre confrontación necesaria y guerra esencialista. Habrá conflicto, claro. Cuando se disputa poder, comodidad o privilegio, siempre hay fricción. Pretender un cambio sin incomodidad es pedir una revolución de peluche. Pero una cosa es asumir el conflicto político y otra muy distinta convertirlo en una ontología del odio donde hombres y mujeres aparecen condenados a sospecharse para siempre. Esa segunda vía es rentable para ciertos discursos, pero estéril para construir sociedad.
Segundo, entendiendo que hay conversaciones que los hombres deben aprender a no dirigir. No todo espacio requiere su explicación, su pedagogía, su tono de árbitro sensato. Hay procesos de elaboración, dolor, memoria y articulación política entre mujeres que deben ser protagonizados por ellas sin supervisión masculina maquillada de madurez. Ese retiro no es abandono; es respeto. Pero también existen ámbitos donde los hombres no sólo pueden, sino deben intervenir: desmontar privilegios en sus propios círculos, cuestionar pactos de impunidad, redistribuir cuidados, renunciar a la fascinación por liderazgos masculinos abusivos, dejar de premiar la disponibilidad total femenina como prueba de mérito, y asumir que acompañar una agenda de igualdad implica costo, no aplauso.
Tercero, hay que desmontar la idea de que la máxima expresión de los géneros pasa por dominar o someter. Esa imaginación binaria ha empobrecido tanto a mujeres como a hombres. A ellas las ha forzado a elegir entre obediencia o dureza imitativa. A ellos los ha educado en una masculinidad de control emocional, rendimiento, competencia y poder sobre otros. La salida no está en invertir la jerarquía para que ahora cambie de dueño, sino en volver menos jerárquica la arquitectura misma. Y eso exige nuevas formas de éxito, de autoridad, de trabajo, de deseo y de convivencia.
Fomentar el feminismo es clave justamente porque da lenguaje para esa tarea. No un feminismo de caricatura, reducido a consignas que la publicidad recorta para vender camisetas; tampoco uno esterilizado por la academia o domesticado por recursos humanos. Hablo de un feminismo capaz de nombrar estructuras y a la vez bajar a lo cotidiano: quién interrumpe a quién, quién limpia, quién cuida, quién decide, quién firma, quién cobra menos, quién recibe crédito, quién carga la culpa, quién es llamada “difícil”, quién es protegida, quién debe agradecer siempre. Cuando ese feminismo aterriza en la vida diaria, la sororidad deja de ser sentimentalismo y se vuelve método de supervivencia y expansión.
Y aquí conviene decir algo brutalmente simple: las mujeres no necesitan más permiso masculino para transformarse. Necesitan más alianzas útiles, más conciencia de sus patrones aprendidos, más capacidad de leer estructuras y más espacios donde no se les obligue a competir por la validación de un poder ajeno. La aprobación masculina ha sido durante siglos una moneda de circulación social. Muchas veces define prestigio, seguridad, ascenso, protección, incluso respetabilidad. Mientras esa moneda siga siendo el centro del juego, la rivalidad entre mujeres seguirá teniendo combustible. El giro profundo ocurre cuando la referencia deja de ser “ser elegida” y pasa a ser “elegirse con otras”.
Eso no borra los desacuerdos, pero cambia el piso sobre el que se sostienen. Y ese cambio de piso importa muchísimo. Porque mientras las mujeres sigan viéndose entre sí con los ojos del patriarcado, cualquier avance será frágil, revocable y fácilmente capturable por hombres como Roberto: hombres que prometen amor, carrera, estabilidad o reconocimiento a cambio de fragmentación; hombres que saben que una mujer sola es más manejable que dos mujeres que ya aprendieron a hablar sin pedir permiso.
La gran tarea, entonces, no es producir una nueva guerra. Es producir una nueva inteligencia relacional. Una inteligencia que permita a las mujeres detectar cuándo están rivalizando por un lugar diseñado por otros; cuándo su juicio sobre otra está contaminado por clase, moralismo o miedo; cuándo la crítica es legítima y cuándo es un reflejo condicionado; cuándo el acompañamiento masculino es apoyo y cuándo es tutela; cuándo el conflicto es necesario y cuándo sólo está sirviendo para que alguien más concentre el poder.
Si esa inteligencia se expande, la sororidad deja de ser consigna de temporada y se vuelve infraestructura democrática. Y entonces el 8 de marzo deja de ser únicamente una fecha de memoria y protesta para convertirse también en un laboratorio de futuro. No uno perfecto, porque la perfección suele ser otro truco del control. Uno más consciente, más incómodo y, por eso mismo, más verdadero.
Porque al final el asunto no es que las mujeres se quieran de manera automática. El asunto es que se atrevan a dejar de verse como piezas intercambiables de una competencia que nunca diseñaron. Cuando eso empieza a ocurrir, los Robertos del mundo pierden su mejor activo: la costumbre de que nadie una los hilos.
Si quieres, en el siguiente paso te la puedo convertir a tu estilo editorial más propio de colaboración periodística, todavía más pulida y con una voz más cercana a “Derechos en la Era Digital”, pero manteniendo intacto el fondo. Hasta la próxima.

