Una columna nueva (que no es la misma)

Views: 665

Sobre el amor que no cesa de no escribirse

Una versión remasterizada, sí, pero también otra cosa

(O notas no primogénitas sobre el hambre de permanecer)

Hay algo incómodo en admitir que amar también tiene algo de hambre. Hace casi un año escribía sobre esta hambre como voraz, violento, oculto, casi freudiano.

Últimamente he estado pensando en esa columna, no es que haya cambiado de opinión sobre lo que escribí, pero algo en ella me incomoda ahora, como si al leerla notara que la mano que la escribió intentaba demasiado convencerse a sí misma, como si la lucidez fuera también una forma de defensa.

Por lo que pretendo transmitir, cómo el pensamiento mismo, fluido en sí mismo, la noción con unos ojos de 2026, porque volver a los propios textos es como encontrarse con un fantasma que uno fue, uno reconoce los gestos, la respiración, pero hay algo en la mirada que ya no te pertenece del todo.

En tanto eso, sobre el hambre no me refiero a la violencia evidente, ni al drama de las historias donde el amor se vuelve tragedia, en realidad a lo que me refiero es a ese impulso casi biológico de querer retener lo que nos conmueve, como si la belleza del otro despertara un instinto antiguo que no sabe contemplar sin intentar apropiarse…

Quizá por eso quiero escribir de nuevo sobre el amor. No para corregirme, sino para habitar la pregunta desde otro lugar. Más hondo, más torcido, más cerca del hueso.

I.

Empiezo por una confesión, tajante, 

nunca he sabido muy bien qué es el amor.

Y cuanto más lo vivo, menos lo sé, cuando era más joven y no amaba a nadie, creía entenderlo todo, el amor era furia, desorden, tristeza, abandono. Lo había visto. Me pareció suficiente, y construí mi muralla con esa certeza y me instalé detrás, a salvo, leyendo poemas como quien mira un incendio desde la ventana de enfrente.

Luego ocurrió lo que no había previsto, alguien me amó, y yo, empecé a amar también.

Y entonces todo se volvió extraño, no porque el amor fuera distinto de lo que había imaginado (era exactamente tan desordenado y tan furioso y tan triste como había temido), sino porque además era otras cosas. Cosas que no cabían en el miedo. Cosas que no había visto desde mi muralla.

La ternura, por ejemplo. Esa forma de la fragilidad que no es debilidad, sino una clase rara de valentía: la de dejar que te toquen justo donde más duele. O el cuidado, que no es lo mismo que la posesión aunque a veces se parezcan tanto. O la risa, esa idiotez compartida que de pronto vuelve habitable el mundo.

Ningún poema me había preparado para eso.

II.

El problema (uno de ellos) es que llegué al amor con demasiadas ideas.

Había leído a Fromm, a Paz, a Rilke. Sabía que el amor era una práctica activa, un trabajo interior, una renuncia al narcisismo. Sabía todo eso. Y lo sabía tan bien que durante meses intenté amar como se aprende un oficio: con esmero, con conciencia, con la vigilancia de quien no quiere equivocarse.

Pero el amor no se deja domesticar así.

Había momentos en que todo ese edificio teórico se venía abajo y yo era solo una persona con miedo, con hambre, con ganas de que me miraran de una manera que ninguna palabra podía nombrar. Momentos en que quería poseer (sí! poseer, digamos la palabra aunque suene mal) porque tener al otro cerca no bastaba, porque quería habitarlo, ser su costumbre, su lengua, su insomnio. Y luego, al rato, quería justo lo contrario, soltarlo todo, desaparecer, volver a mi muralla donde nadie podía hacerme daño.

Descubrí entonces que el amor es a su vez una contradicción que camina.

III.

Tal vez lo que llamamos amor no sea una cosa, sino el campo de batalla donde se enfrentan muchas. El deseo de fundirse y el miedo a desaparecer. La necesidad de permanencia y la certeza de la pérdida. El impulso de cuidar y la sombra de devorar. Todo al mismo tiempo, todo revuelto, todo sin resolver.

Entonces, a veces pienso que el amor no es más que el nombre que le damos a esa imposibilidad de estar quietos frente a otro ser humano. Porque cuando alguien nos importa de verdad, dejamos de ser uno. O quizá empezamos a serlo de otra manera, una conciencia que se expande para incluir al otro, un latido que ya no late solo, un cuerpo que recuerda otro cuerpo aunque no esté.

Y en esa expansión hay algo glorioso, sí, pero también algo terrible, (terriblísimo!) la conciencia de que ese otro puede irse, puede olvidar, puede dejar de querernos. Y entonces esa expansión se vuelve una herida abierta, un espacio vacío que antes estaba lleno de voz, de risa, de presencia.

Amar es aceptar esa herida potencial desde el principio. Es construir sabiendo que lo construido puede derrumbarse. Es decir sabiendo que algún día quizá ese ya no responda.

Y no sé si haya algo más valiente que eso.

IV.

Me pregunto a veces si el amor madura o si solo cambia de forma.

En los primeros meses, todo era urgencia: querer verlo, tocarlo, saberlo. El amor se parecía al hambre esa imagen que usé antes y que sigo sintiendo cierta, y yo era pura boca, pura mano extendida, pura necesidad de tener.

Ahora, con el tiempo, algo se ha aquietado. No el amor, eso sigue igual de vivo, igual de intenso, sino la relación con él, como si el amor fuera un río que al principio desborda y luego encuentra su cauce, sin dejar de ser río, sin dejar de correr. Ahora sé que amarlo no es solo quererlo cerca, sino quererlo libre. No es solo desearlo, sino desear su deseo. No es sólo tenerlo, sino sostener el espacio para que él también pueda ser, incluso cuando ese ser no me incluye.

Esto último es lo más difícil.

Porque una cosa es amar desde la posesión: quiero que seas mío. Otra, muy distinta, es amar desde la libertad: quiero que seas tuyo, y que desde esa tuya elijas compartirte conmigo.

El primer amor es más fácil, más inmediato, más parecido al hambre. El segundo requiere un aprendizaje constante, una renuncia cotidiana al instinto de apropiación. Requiere, sobre todo, confiar: en él, en mí, en lo que construimos juntos.

Y yo, que crecí temiendo al amor, descubro que lo que más miedo da no es la entrega —esa tiene su vértigo, sí—, sino la confianza. Ese acto de soltar el control y creer que el otro va a estar, sin necesidad de atarlo.

V.

Otra cosa que he aprendido: el amor no es un estado, es un movimiento.

No se llega al amor como quien llega a un destino. Se está en el amor como quien está en el mar: a veces tranquilo, a veces revuelto, a veces con ganas de salir, a veces con ganas de hundirse más hondo. Pero siempre en movimiento. Siempre vivo.

Y eso significa que amar no es algo que se logra de una vez para siempre. Se ama y se desama y se vuelve a amar en el mismo día, en la misma hora, en el mismo gesto. Se ama cuando se elige quedarse a pesar del cansancio. Se ama cuando se discute sin querer herir. Se ama cuando se dice lo siento y cuando se dice te entiendo y cuando se dice no entiendo nada, pero estoy aquí.

Amar es un verbo que nada más existe en presente continuo.

VI.

Vuelvo a la imagen del caníbal.

No la he abandonado del todo, pero ahora la veo distinta. Antes creía que el amor devoraba porque quería poseer, conservar, no perder. Y eso sigue siendo cierto en parte. Pero ahora pienso que el amor devora también de otra manera: porque cuando amamos de verdad, dejamos de alimentarnos sólo de nosotros mismos. El otro nos nutre. Su mirada, su voz, su forma de estar en el mundo. Nos alimenta con su presencia, con su diferencia, con eso que es y que nosotros no somos, y nosotros lo alimentamos a él. Hay un intercambio, una digestión mutua, una transformación que ocurre en el encuentro.

El problema no es ese canibalismo, que es quizá inevitable, quizá incluso necesario. El problema es cuando la digestión anula al otro. Cuando lo incorporamos tanto que deja de ser otro para ser solo una extensión de nosotros. Cuando amamos su imagen en lugar de amarlo a él. El amor maduro (si es que existe eso) no devora al otro, lo celebra, lo deja ser distinto, lo sostiene en su otredad, lo quiere precisamente porque no es uno mismo.

Pero qué difícil es eso.

Qué difícil querer a alguien sin querer que sea como uno quiere. Qué difícil mirar sin moldear. Qué difícil dejar que el otro sea un misterio incluso después de años, incluso después de conocer sus manías, sus silencios, sus formas de querer.

Y sin embargo, quizá eso sea el amor: la capacidad de seguir encontrando misterio donde otros solo ven costumbre.

VII.

Anoche, mientras escribía esto, él me preguntó en qué trabajaba. Se lo dije, sonrió de esa manera suya, medio burlona medio tierna, y dijo: Otra vez el amor.

Otra vez el amor, sí.

Porque el amor no cesa de no escribirse, como decía Lacan a propósito de otra cosa. No hay palabra que lo abarque, no hay teoría que lo contenga, no hay columna que lo cierre. Siempre se escapa. Siempre vuelve a empezar.

Y quizá por eso mismo no podemos dejar de hablar de él. Porque el amor es eso que insiste, eso que vuelve, eso que nos desborda y nos interpela y nos obliga a preguntarnos, una y otra vez, qué estamos haciendo aquí, con estos cuerpos, con estas ganas, con esta fragilidad expuesta.

Otra vez el amor.

Siempre otra vez.

VIII.

Termino sin terminar.

No he resuelto nada en estas páginas. No he llegado a ninguna conclusión que pueda repetirse como fórmula. Solo he pensado en voz alta, como quien camina por un territorio que conoce y no conoce, como quien vuelve a un lugar que ya no es el mismo porque quien vuelve ya no es el mismo.

El amor sigue siendo, para mí, un misterio. Pero ahora es un misterio habitado. Un misterio que tiene nombre propio, que tiene rutina y sorpresa, que tiene días de silencio y noches de conversación interminable.

Y tal vez eso sea suficiente: no saber del todo, pero seguir preguntando. No entender por completo, pero seguir intentando. No amar perfectamente, pero seguir amando.

Lo demás (véase, la lucidez, las certezas, las respuestas) quizá no sean más que formas elegantes de esquivar lo único que importa: el encuentro real con otro ser humano, con toda su dificultad, con toda su belleza, con toda su imposibilidad.

Y aun así.

Aun así, seguimos. Aun así, elegimos. Aun así, amamos.

Como se puede. Como somos. Como se aprende, torpemente, a lo largo de los días.