SEMANA SANTA DOMINGO DE RAMOS
Palomas morenas volando tocan una invisible arpa. Son las manos indígenas que van tejiendo, poco a poco, delicados mosaicos de palma. El Domingo de Ramos, esas maravillas salidas de los orfebres de la palma, artesanos de la tierra, al ser bendecidas con agua bendita, abrirán las ceremonias de Semana Santa.
Salen de las manos campesinas desde una sencilla cruz hasta complicados arabescos, donde se entrecruzan en todas direcciones variados listoncitos de palma.
El domingo, según las posibilidades del comprador se vendían a raudales. Nuestros humildes vendedores afuera de los templos ofrecen el producto, que, al recibir el líquido sagrado, nos recordarán la entrada triunfal de Cristo hace tantos años: palmas que luego se volvieron lanzas: un mismo pueblo alabando el principio y matando al final. Como ahora con Netanyahu, al que se le olvido que a su pueblo Hitler los masacró.
Miles de ramos en manos de la grey creyente que recuerda una entrada en triunfo y que en días posteriores también recordará el sacrificio del Hijo del Hombre. Palmas tejidas que darán para comprar un poco de pan al artesano del vecino pueblo, palmas tejidas que recibirán el rocío del cielo y quedarán bendecidas… estoy hablando de tiempos pasados, pues hoy los presuntos compradores estarán gozando de las mieles de las playas de Acapulco.
Esas palmas que en manos de los niños esperan al pasar el sacerdote regando agua bendita, que una lágrima santifique esa figura que puede que haya sido tejida con otra lágrima del artista manual campesino.
Y se mueven miles de palmas más ayer que hoy, reflejándose a lo lejos como en una pompa de jabón que aclama, que pide, que solloza…
Martes y miércoles santo, eran días gozosos de calma y compra, de sólo oír en la ciudad el ruido de las matracas y en las humildes cocinas el olor del revoltijo que burbujeaba en las enormes cazuelas de barro.

