Al revés

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Hay días en los que uno sospecha que el planeta no gira: se tambalea. No por causas astronómicas, sino por una costumbre humana que ya parece patrimonio cultural: premiar al que no cumple. Es el sello distintivo de nuestro querido mundo al revés, ese lugar donde la lógica se toma vacaciones y la coherencia pide asilo político.

En los gobiernos, por ejemplo, el mundo al revés es casi política pública; el ciudadano cumplido paga a tiempo, hace fila, entrega documentos, respira hondo… y recibe una sonrisa tibia. 

El que no pagó, no cumplió, no apareció, no hizo nada, recibe prórrogas, descuentos y hasta campañas de regularización. Es como si el Estado dijera: Gracias por tu responsabilidad, pero hoy queremos celebrar la creatividad del incumplido.

Las instituciones también participan con entusiasmo; han convertido el mundo al revés en su modelo operativo. El que finge compromiso, el que maltrata, el que manipula, el que hace berrinche profesional, recibe atención, privilegios y hasta aplausos. El que cumple, sostiene, apoya y trabaja… recibe majaderías, es culpado por las ineficiencias de otros y nada más puede observar desde su trinchera cómo su entorno laboral se desmorona sin que persona alguna logre abrir los ojos. 

Y luego están las familias, donde el mundo al revés alcanza niveles de tragicomedia; el hijo que hace lo correcto, que vive en orden, que no da problemas, que es empático y siempre colaborativo, es tratado como si su estabilidad fuera una falta de mérito. 

Mientras tanto, el hijo que ha sido un desastre, el que no está donde debe, el que trata mal, el que vive en caos, recibe regalos, rescates, apoyos y hasta bienes materiales para ver si así… reacciona. Es la versión doméstica del subsidio al desorden.

Entonces uno mira alrededor y entiende que el mundo al revés no es una anomalía: es un sistema perfectamente funcional porque genera drama, ruido y urgencia. Funciona porque obliga a los demás a moverse, a rescatar, a intervenir. Funciona porque el caos siempre llama más la atención que la disciplina.

Y en este contexto abundan esos personajes que jamás aportan nada, pero que dominan el arte del pretexto como si fuera una ciencia exacta. Son expertos en no hacer, en no estar, en no asumir, en pretender ser lo que no son y con todo eso en contra se sienten superiores. Probablemente porque son tan ínfimos que necesitan inflarse para no desaparecer. 

Son torpes, inconsistentes, verdaderos Don Nadie que sobreviven gracias a que, en este mundo invertido, esa torpeza disfrazada de arrogancia suele ser confundida con carácter.

Pero también funciona porque nos hemos acostumbrado a ello, porque reconocer al que cumple implicaría aceptar que la responsabilidad importa, y eso sería demasiado revolucionario en sociedades tan mediocres como la nuestra. Porque premiar al que hace lo correcto exigiría un esfuerzo emocional que muchos no están dispuestos a invertir porque estamos acostubrados a tirar porquería como forma de vida. 

Así que aquí estamos, viviendo en un donde la coherencia es un lujo, la disciplina un acto de fe y el reconocimiento un recurso escaso que se distribuye con la lógica de un sorteo mal organizado.

Hermosura de sociedad.

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