SI NADA NOS SALVA DE LA MUERTE, AL MENOS QUE LA POESÍA NOS SALVE DE LA VIDA

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El 21 de marzo anunció la entrada de la primavera, con festivales en escuelas y espacios culturales. No obstante, fuera de las aulas, con emoción observé que amigos de diferentes países compartieron en las distintas redes sociales su participación en eventos del Día Internacional de la Poesía. Porque sí, hay un día en que festejamos a la poesía; analógicamente es el 21 de marzo. Sin embargo, después de tantos eventos por todos lados, hay una pregunta que se queda en el aire: ¿Qué es la poesía? Hay varios autores que brindan una respuesta que nos acerca a conocerla de forma personal.

Para Juan Gelman, la poesía es un árbol sin hojas que da sombra. Para la poeta argentina Alejandra Pizarnik, la poesía es el lugar donde todo ocurre. Para Jaime Sabines, a quien llamaremos el poeta del corazón, Sabines renunció a su carrera de medicina por dedicar su vida a las letras, de ahí su título: médico del corazón, porque a través de sus letras repara el corazón de sus lectores. Sabines decía que la poesía es un destino. Para la maestra Dolores Castro Varela, la poesía es el silencio con ganas de hablar, porque también hay que decirlo, en la poesía el silencio no existe; el silencio tiene más ruido que el ruido mismo.  Para Alí Chumacero, la poesía se crea, se realiza y se muere en sí misma. Lo mismo que para el gran maestro Jorge Luis Borges; la poesía es una necesidad, es algo íntimo. 

Entonces, ¿qué es la poesía? Estas son preguntas que suenan fáciles de responder; sin embargo, la respuesta no es lo que espera el lector. Mientras hay algunos que infieren que la poesía está más allá del éter, es decir, de nuestro alcance, de lo que percibimos. O como otros tantos que suponen que poesía es algo que no podemos nombrar con palabras simples, porque asocian a la poesía con términos tan rebuscados que son todo menos un lenguaje que se siente. 

En este recoveco, ¿dónde queda la poesía? La poesía está justamente ahí, en los ojos del poeta que se admira por la llegada de la tarde; la poesía es el canto de los pájaros, es la puerta que no se sabe si se abre o se cierra. La poesía es desgarrar la herida, porque a todos nos duele algo; entonces, como decía Bukowski, ¿qué puede hacer el poeta sin dolor? Lo necesita tanto como a la máquina de escribir. Eso es la poesía, es sentir, es darle oportunidad a las cosas para que puedan tener un valor distinto al que les hemos dado. 

Es decir: dejar de ver a las puertas como simples puertas, sino como ojos que se abren para revisar quién sigue pendiente; es dejar de nombrar la ilusión y darle nombre de neblina, es decir agua y saber que hablamos de la inspiración para escribir. El poeta es el creador desnudo ante el mundo. En el poema, a diferencia de la narrativa, el que se va arrancando la vida en cada verso es el poeta; simplemente no hay intermediario, ni personaje secundario, es todo lo captado por los ojos del poeta. 

Digo poesía y pienso en Erika Zapata y su poema sobre pequeños departamentos, a los cuales ella ve como cajitas de zapatos; pienso también en Illie Betancourt al recordar a su abuelo y reconocer que él es la casa y en su ausencia no queda nada más. Aquí un fragmento: Crecí en domingos de completo silencio, vi reposar la luz en todos los ángulos; también conozco los lunes suicidas y la voz difunta del abuelo, esa voz de la casa.   

La poesía sale desde adentro; como lo dice el dramaturgo toluqueño Samuel Ortega, la poesía tiene que salir de las vísceras. Si las personas se dieran el tiempo de escribir todo aquello que perciben en el ambiente, o la imagen de algún recuerdo triste o feliz, incluso escribir para no tener ya dentro, la emoción reprimida, tendríamos entonces menos gente molesta por no expresar lo que siente. La poesía está en todo lo que somos y todo lo que nos rodea, esperando ser capturada en papel.