La Meditación de la Técnica: El último gran opúsculo de Ortega y Gasset

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Meditación de la técnica (1939), de José Ortega y Gasset, es uno de aquellos textos filosóficos que cualquier tipo de lector puede disfrutar enormemente sin formación filosófica previa. Este texto es, por decirlo con sus propias palabras, una demostración fidedigna del lema que el filósofo madrileño tenía por bandera: la claridad es la cortesía del filósofo. Y es que, aun cuando el asunto de la técnica como tema de reflexión filosófica, como ya adelantó Ortega en los años 30, ahora se ha vuelto un tema de mucha profundidad y dificultad, el texto permite que cualquiera que se acerque a él, termine bien informado sobre la riqueza filosófica de este tópico hoy en día clásico.

Ortega y Gasset nos presenta a la técnica como una de las expresiones más puras y características de aquello que entendemos como vida humana, con la que podemos, no solo diferenciarla de otras formas de vida, sino poder adentrarnos en una facción profunda de lo que es el hombre. Ortega y Gasset piensa que, allá donde hay invención técnica hay una manifestación del rasgo fundamental por el cual la vida humana no puede ser reducida y explicada enteramente por medio de sus cuestiones biológicas.

Los animales y las plantas viven para satisfacer sus necesidades meramente biológicas, y aceptan el mundo como dado. Los seres humanos, hacen lo mismo y muchas veces de maneras similares. Pero el asunto no termina ahí. Ortega y Gasset añade que el ser humano que queda reducido a sus funciones biológicas sucumbe, termina desviviéndose. Necesita colocar un cuerpo de necesidades trascendentales y ficticias sobre su existencia que poder cumplir a lo largo de esta para que no quede reducida a comer y a descansar. A este cuerpo lo llama programa de vida; y como se podrá esperar, ni los animales ni las plantas pueden optar a él.

Estos programas de vida son, por así decirlo, aspiraciones que alcanzar mediante metodologías de vida cuya consecución resuena tan profundamente en nuestro interior que termina insuflando a la existencia humana de sentido y de trascendencia; y por lo mismo, de la más honda razón para completarse. Lo interesante de la visión de Ortega y Gasset, es que esta idea de los programas de vida responde enteramente al contexto en el que nos encontremos. Él no piensa, como muchos ingenuos, que existe un esquema de comportamiento por el cual el hombre se guía para subsistir extrapolable a cualquier cultura. Él habla de la existencia de un cierto patrón, pero este no es otra cosa que un esquema elástico al que las distintas culturas en el mundo se terminan acercando de una forma o de otra de acuerdo con los criterios en los que su humanidad ha quedado impregnada. Los programas de vida para este pensador son, en suma, rutas de interés y de sentimiento, en las palabras de Stanley Cavell.

Pero estas rutas de interés no quedan en el aire. No son solamente descritas como un rasgo compartido que nos permite reconocer humanidad en el otro. No son, para decirlo con Kant, pensamientos vacíos por no tener contenido. No: Ortega nos devela este trasfondo tan propio a través de un tópico que sentimos tan próximo a nosotros que pareciera ser parte de nuestro propio cuerpo: la técnica. Es decir, en todas aquellas acciones, procesos y objetos que creamos para que podamos desatender nuestras necesidades más primarias para, eventualmente, dedicarnos enteramente al cumplimiento de nuestro programa de vida y poder dotar a nuestra existencia de sentido. La técnica es un esfuerzo por ahorrar esfuerzo, nos dice.

Entendiendo así el asunto, nos lleva por un lugar tan curioso y aparentemente falto de sustancia filosófica como es la ruta de los objetos técnicos en los que podemos ver impresa la huella de los distintos programas de vida a los que pertenecemos. Esto, lejos de ser un asunto superficial, termina abriendo un túnel filosófico profundísimo en la comprensión de nuestra cotidianeidad, caracterizado por estar vinculado con nuestra experiencia más cercana, que es, finalmente, su recurso argumentativo más fuerte: el apelar a un trasfondo que todos sentimos sin necesidad de conceptos desvinculados de nuestra emocionalidad y de nuestra forma de vida.

Y es que, ¿quién podría decir que dentro de los objetos técnicos con los que nos relacionamos, hay una huella de humanidad profundísima que ignoramos continuamente, pero que, de una u otra forma, nos habla? Esta, y muchas otras preguntas igual de interesantes, son abordadas a lo largo de los 12 breves capítulos del texto en cuestión, que no quería dejar de recomendar.