El arte de no saber

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Boletín filosófico semanal

Durante décadas, la cultura occidental se formuló una pregunta que creíamos ética, pero que quizás era sólo un mecanismo de absolución: ¿Cómo pudo la sociedad alemana permitir lo que pasó con los judíos?, (o pensemos en quienes buscan explicarla como Spinoza, Reich, Deleuze y Guattari) Libros, películas, tesis universitarias, monumentos. Todo un aparato de memoria construido para responder a esa pregunta, para asegurarnos de que nunca más.

Pero el mundo no funciona con lecciones aprendidas. Funciona con intereses, con miedos, con hipocresías organizadas. Y si, vuelvo y vuelvo a escribir de este genocidio, y lo haré una y otra vez, aun así me sienta uróbora, porque hoy, mientras escribo esta columna, estamos presenciando un genocidio en tiempo real en Gaza, somos los escribas, los testigos Y la pregunta ya no es cómo pudo pasar. La pregunta es, ¿cómo hacemos para no verlo? ¿Qué mecanismos de distracción, de cinismo, de relativización estamos activando cada día para seguir con nuestras vidas mientras se aniquila a un pueblo?

Este boletín no va a responder eso, no tengo una respuesta absoluta ni busco tenerla, pero si algo puedo hacer es nombrarlo. Y a señalar algo que duele, porque así como Europa no sabía (y sabía), hoy gran parte de Occidente (incluidos gobiernos y ciudadanías que se creen progresistas) miran para otro lado o, peor, justifican.

Y hay un eslabón más que duele en América Latina, porque mientras el mundo mira, colonos israelíes están llegando a nuestros territorios, a la Patagonia argentino-chilena. A Cusco, en Perú. Y no de casualidad, puesto que hay un plan, hay dinero, hay una ideología que necesita tierras seguras cuando las tierras robadas se vuelven inseguras.

Vamos por partes.

El cinismo como política, el sionismo actual y la normalización del horror

No voy a hacer una historia del sionismo. Eso está en libros, voy a hablar del cinismo como tecnología de poder.

El sionismo del siglo XXI (el que gobierna Israel hoy, el de Netanyahu, Ben-Gvir, Smotrich) ha roto cualquier resto de coherencia ética que pudiera reclamar. Ya no se trata de un refugio para el pueblo judío después del Holocausto. Ese argumento, que tuvo peso histórico y emocional, hoy se ha convertido en una coartada para el terrorismo de estado. Lo que ocurre en Gaza desde octubre de 2023 (y en realidad desde décadas antes, pero con una intensidad inédita) es un genocidio. Y se bien que no es una palabra que se use a la ligera. La Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio (ONU, 1948) lo define como actos cometidos con la intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso. Matanza de miembros del grupo, sometimiento a condiciones de vida que conduzcan a su destrucción física, medidas para impedir nacimientos.

Eso es Gaza. Más de 35.000 muertos confirmados (y probablemente muchos más bajo los escombros), 15.000 de ellos niños. Hospitales bombardeados, escuelas destruidas, universidades aniquiladas, una población entera empujada a un rincón del territorio, sin agua, sin comida, sin medicinas. Y todo ello con la tecnología más avanzada del mundo, financiada por Estados Unidos, aplaudida por la Unión Europea en silencio.

Pero el cinismo tiene capas

La primera capa es sin duda, negar que sea un genocidio. Llamarlo guerra defensiva, daños colaterales, operación antiterrorista. El lenguaje es el primer campo de batalla. Y Occidente lo sabe (¡y nosotros también debemos saberlo!) por eso los mismos medios que llaman masacre a lo que hace Rusia en Ucrania llaman conflicto a lo que hace Israel en Gaza. La segunda capa sería reconocerlo pero justificarlo, Es que Hamás atacó primero, es que los judíos tienen derecho a defenderse, es que es un entorno complejo. Cada una de esas frases es un mecanismo de suspensión de la conciencia. Porque nada, ningún ataque, por más brutal que haya sido el 7 de octubre, justifica matar a 15,000 niños.

La tercera capa, la más perversa, es usar el Holocausto como escudo, No se puede criticar a Israel porque sería antisemita. Esta maniobra es el cinismo en estado puro, y es lo que más me magulla, eso de convertir el sufrimiento histórico de un pueblo en un privilegio contemporáneo para cometer crímenes contra otro pueblo. Los filósofos judíos disidentes (Judith Butler, Avraham Burg, Adorno, la propia Hannah Arendt si viviera) lo han denunciado, el Estado de Israel no habla en nombre de todos los judíos, ni puede secuestrar la memoria de la Shoá para blindarse contra cualquier reproche.

Y, ¿qué hacemos con el testigo?

Walter Benjamin escribió, en sus Tesis sobre la filosofía de la historia, que no hay documento de civilización que no sea a la vez documento de barbarie, cada archivo que celebra el progreso occidental es también el registro de sus violencias. Pero Benjamin iba más lejos, pues él decía que el historiador (y el ciudadano) debe cepillar la historia a contrapelo (cómo una de mis columnas anteriores, llamada así, ¡léanla!) leer la tradición desde los vencidos, no desde los vencedores.

Hoy, los vencidos están siendo filmados por sus propios verdugos. Los periodistas gazatíes (más de 100 asesinados, la mayor cifra registrada en un conflicto) nos envían imágenes de madres buscando a sus hijos entre escombros, es decir tenemos el testimonio, no podemos decir no sabíamos. El muy conocido Byung-Chul Han (en su muy famosa: La sociedad del cansancio) habla de la pornografía del sufrimiento, la saturación de imágenes de horror termina por insensibilizarnos. Pero también hay otra lectura, la abundancia de imágenes no es un exceso; es una condena, porque si tenemos las imágenes y no actuamos, no somos ignorantes. Somos cómplices.

Ahí está el cinismo. No en no saber. En sabiendo, mirar para otro lado.

La diáspora colonizadora, israelíes en Sudamérica (Patagonia, Cusco y más allá…)

Hay otro hilo de esta historia que nos toca directamente como latinoamericanos. Mientras Gaza es arrasada, el gobierno israelí promueve activamente la emigración de su población (especialmente de los colonos de Cisjordania, que ven sus asentamientos cada vez más inseguros) hacia destinos amigables. Y uno de esos destinos es nuestro continente. No es nuevo. Argentina, Uruguay, Brasil, Perú tienen  comunidades judías importantes y antiguas, perfectamente integradas. Eso no es el problema, claro que no, el problema es otra cosa, la llegada organizada de colonos israelíes con mentalidad de colonos, que no vienen a integrarse sino a comprar tierra, a establecer proyectos económicos extractivos y, en algunos casos, a reproducir la lógica del asentamiento que ya aplican en Palestina.

Véase el que llamaremos: Caso 1: Patagonia (Argentina y Chile)

En los últimos dos años, diversas investigaciones periodísticas han documentado la compra de enormes extensiones de tierra en la Patagonia andina por parte de fondos de inversión vinculados a colonos israelíes y a empresas con sede en asentamientos ilegales de Cisjordania. El modus operandi es similar al utilizado en los territorios ocupados, comprar tierras estratégicas (cerca de recursos hídricos, rutas turísticas, zonas de biodiversidad), cercarlas, expulsar a los pobladores locales (mapuche y criollos) y establecer proyectos agroindustriales o turísticos de alto impacto.

El filósofo chileno Jorge Lazzarotta (en un ensayo reciente, El patrón colonial se repite) lo plantea con crudeza, él escribe: El colono israelí no deja de ser colono cuando cruza el Atlántico. Trae consigo la ideología de la tierra sin dueño, del derecho divino a ocupar, de la seguridad por encima de la justicia. Y aquí, en el sur del mundo, cree encontrar lo mismo que buscaban los europeos en el siglo XIX: naturaleza disponible y poblaciones dóciles.

Véase el que llamaremos: Caso 2: Cusco y la sierra peruana

En Perú, la noticia ha sido menos visible, pero igual de preocupante. En los alrededores de Cusco (el corazón arqueológico y espiritual de los Andes) se ha detectado la llegada de inversionistas israelíes (algunos vinculados a la industria de armas y tecnología de vigilancia) comprando terrenos en zonas de alto valor turístico y agrícola. La excusa son centros de meditación, retiros espirituales o proyectos ecológicos- Pero hay un patrón muy claro, la adquisición de tierras comunales mediante prestanombres, conflictos con comunidades campesinas, y una presencia muy discreta pero muy armada.La antropóloga peruana Rocío Silva Santisteban (ex Defensora del Pueblo) ha advertido: No podemos tratar este fenómeno como un simple flujo migratorio. Hay que preguntarse por qué llegan ahora, por qué a estos lugares, y qué relaciones tienen con el gobierno israelí. Porque cuando un colono llega a una tierra que no es la suya, no viene solo. Viene con un Estado detrás.

Y queda suelta una pregunta, ¿Por qué Sudamérica?

Las razones son varias y todas alarmantes y voy a enumerarlas (no para ser cuantitativa sino, precisa)

  1. Sudamérica es barata y grande. Es decir, en comparación con Europa o Norteamérica, la tierra aquí cuesta una fracción. Y para un colono con ahorros o con financiamiento estatal israelí, comprar mil hectáreas en la Patagonia es más fácil que comprar un apartamento en Tel Aviv.

  1. Sudamérica tiene Estados débiles y corrupción, la capacidad de control territorial en zonas remotas es limitada. Los registros de propiedad son opacos. Las comunidades indígenas tienen poca protección jurídica. Es un paraíso para la especulación y el acaparamiento.

  1. Sudamérica es geopolíticamente conveniente, está lejos de Medio Oriente, no hay prensa que investigue sistemáticamente, y los gobiernos latinoamericanos (incluso los progresistas) suelen tener relaciones tibias o contradictorias con Israel, priorizando el comercio sobre los derechos humanos.

  1. Hay una ideología sionista que ve en Sudamérica un refugio para el momento en que Israel colapse (o se vuelva demasiado peligroso). Y ojo, está no es una teoría conspirativa; está en documentos estratégicos israelíes y en declaraciones de rabinos influyentes. La idea es: Tenemos que tener presencia en lugares seguros del mundo por si todo explota acá. Y en esa lógica, los derechos de los pueblos originarios no cuentan.

Entonces, el cinismo se traslada

Aquí el cinismo adquiere una nueva forma. Porque los mismos que en Gaza justifican la expulsión de palestinos con el argumento de que esa tierra nos fue dada por Dios, en Sudamérica compran tierras sin preguntar a quién pertenecieron antes. Los mismos que construyen un muro de separación en Cisjordania, aquí cercan campos sin permiso. Los mismos que bombardean hospitales, aquí levantan ecolodges con dinero opaco. Y lo que se evidencia es que la lógica colonial no se cura con el cambio de paisaje, se reproduce.

Otra pregunta, ¿qué hacemos con lo que vemos?

Llevamos tres bloques, Gaza bajo bombardeo, Occidente mirando hacia otro lado, y colonos israelíes comprando tierras en nuestros países. Todo conectado. Pero falta la pregunta incómoda, ¿y nosotros? ¿Qué hacemos con esta información?

El filósofo lituano-francés Emmanuel Lévinas (que era judío, sobrevivió a la Shoá y dedicó su vida a pensar la ética como responsabilidad por el otro escribió algo que hoy suena casi a profecía: El rostro del otro me ordena. No puedo permanecer indiferente ante su llamado. Lévinas pensaba en el judío perseguido, pero su discípulo, el palestino Azmi Bishara, le dio la vuelta, el rostro que hoy ordena es el del niño gazatí bajo los escombros.

¿Qué nos ordena ese rostro?, fácil, no permanecer en silencio

Pero el silencio es cómodo. Y el ruido también, porque podemos compartir una historia en Instagram, cambiarnos la foto de perfil, poner un link, firmar una petición online, sentirnos activistas por cinco minutos y luego seguir con el café. Ese es el cinismo de la era digital, esa activación mínima, como sustituto de la acción real.

Y tal vez suene extremista, veámoslo con  Arendt (judía alemana, exiliada por los nazis, teórica del totalitarismo) nos dejó una categoría fundamental en filosofía, la banalidad del mal, no el monstruo, sino el burócrata, el que sigue órdenes, rellena formularios, no mira por la ventana. Hoy el mal no es solo el piloto que suelta la bomba. Es el periodista que escribe conflicto en vez de genocidio. Es el político que dice ambas partes. Es el ciudadano que dice esto es muy complejo para no tener que posicionarse.

Arendt también escribió sobre la responsabilidad personal en regímenes de injusticia. Su tesis era dura, pues escribía; En condiciones de terror, la mayoría obedece, pero no todos. Y los que no obedecen no son héroes; son personas comunes que decidieron que algunas cosas no se hacen.

Hoy no estamos bajo terror (al menos no en Lima, Arequipa, Santiago o Buenos Aires). Estamos bajo información, y esa abundancia nos quita la excusa. 

Voy a ser precisa porque sé que algunas lectoras/es pensarán que esto es alarmismo. No lo es.

En la Patagonia argentina, la comunidad mapuche de Lof Puel Willi ha denunciado la presión de inversores israelíes para comprar 20.000 hectáreas cerca de El Bolsón. Las denuncias llegaron al parlamento argentino en 2024. La respuesta fue un silencio diplomático.

-En el sur de Chile, la empresa Keren Kayemeth LeIsrael (el fondo nacional judío, que históricamente ha manejado tierras en Israel/Palestina) ha sido vinculada a la compra de terrenos en la región de Aysén. El gobierno de Boric ha evitado pronunciarse para no tensar relaciones con Israel.

En Perú, el caso más claro está en el Valle Sagrado de los Incas. Inversores israelíes han comprado hoteles y terrenos agrícolas. Muchos soldados se pasan por las calles alzando sus banderas y haciendo escándalo, faltando el respeto a los ciudadanos, y hasta policías (que bien sabemos son buenos para maltratar a sus compatriotas, pero no a extranjeros). La comunidad campesina de Chinchero ha reportado intentos de desalojo indirecto (aumento de impuestos, cortes de agua). La fiscalía investiga, pero no hay avances.

Esto no significa que todo israelí en Sudamérica sea un colono. Hay que separar y sabe diferenciar: sionistas, judíos e israelíes. 

Coda

Termino donde empecé: con la pregunta que ya no podemos hacernos. ¿Cómo permitió la sociedad alemana el Holocausto?

Ahora sabemos que no fue ignorancia, fue una combinación de miedo, obediencia, antisemitismo arraigado y, sobre todo, una decisión activa de no saber. La gente veía los trenes, olía el humo, escuchaba los rumores. Y elegía no indagar. Hoy vemos los bombardeos en directo en TikTok. Olemos el humo metafórico de Gaza en cada noticia, escuchamos los testimonios de los periodistas gazatíes. Y también elegimos.

Algunos eligen compartir un link solidario y sentirse bien. Otros eligen decir esto es antisemita para cerrar el debate. Otros eligen la indiferencia absoluta. Pocos eligen actuar, boicotear, denunciar, organizar, presionar a sus gobiernos, ir a las calles.

Este boletín no te va a decir qué elegir. Pero sí va a tratar de decir, que hay que dejar de hacerse la pregunta porque ésa ya es una respuesta, Y esa respuesta se llama cinismo.

Es cierto que muchas veces preferimos la distracción, el escándalo breve, la indignación que no cuesta nada. Pero el genocidio no espera a que estemos listos, y los colonos no piden permiso para comprar nuestras tierras.

Breves fuentes y lecturas: 

Benjamin, W. (2008). Tesis sobre la filosofía de la historia. Taurus.

Arendt, H. (1999). Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal. Lumen.

Butler, J. (2012). Parting Ways: Jewishness and the Critique of Zionism. Columbia University Press.

Han, B. (2012). La sociedad del cansancio. Herder.

Levinas, E. (1961/2002). Totalidad e infinito.

Silva Santisteban, R. (2024). Colonialismo digital y extractivismo en los Andes. Revista Argumentos, año 8, N° 2.

Informes de prensa: The Guardian (marzo 2025) sobre colonos israelíes en Patagonia.