Procrastinadores crónicos
La sociedad moderna es fanática de la vida fácil, de las soluciones improvisadas y del derecho divino a recibirlo todo con el menor esfuerzo, en todo este entramado moderno, hay un culto que no aparece en los libros de religión, pero domina la vida cotidiana: la devoción por dejar todo para el último momento. Es una fe profunda, casi mística, en la que el creyente confía ciegamente en que el universo, ese pobre burócrata cósmico, resolverá mágicamente lo que él no quiso, no supo o no se dignó a planear.
Somos una sociedad que vive en letargo premium, una especie de hibernación emocional donde la planeación es vista como un acto de exageración y la responsabilidad como un deporte de resistencia. Nos encanta la adrenalina del desastre inminente, nos fascina sentir que casi no llegamos, como si la incompetencia fuera una forma de carisma.
Y claro, después nos sorprendemos de que nada salga bien y culpamos a todo y todos de ese resultado; qué misterio tan profundo, qué enigma tan insondable, qué injusticia tan incomprensible.
La verdad es que hemos convertido la improvisación en identidad nacional; no planeamos, apostamos y lo hacemos siempre mal. Pero seguimos haciéndolo porque la esperanza irracional es más cómoda que la disciplina.
Kant, ese señor que no tenía TikTok pero sí neuronas, ya lo había advertido: La pereza y la cobardía mantienen a los hombres en minoría de edad. Y qué razón tenía, pues en la tercera década del siglo XXI muchos se ostentan como adultos con credencial, pero adolescentes en la gestión de la vida. Quieren resultados sin procesos, logros sin esfuerzo, cambios sin incomodidad y que además la vida nos premie por decreto, como si el destino fuera una ventanilla gubernamental obligada a darnos trato preferencial, por el simple mérito de existir.
El escarnio es inevitable: exigimos excelencia mientras practicamos la mediocridad con magistral precisión; queremos estabilidad emocional, pero dejamos para mañana la conversación incómoda; queremos una gran pensión, pero hemos vivido sin trabajar por años; queremos hijos exitosos pero jamás les damos un buen ejemplo.
Y luego, cuando el desastre llega, porque siempre llega, hacemos lo que mejor sabemos hacer: sorprendernos, inventar historias, buscar algún incauto que me eche la mano para subsanar mis carencias.
La corrosión verdadera es contundente: no es que no sepamos planear; es que no queremos asumir las consecuencias de hacerlo. Porque planear implica aceptar que el futuro depende de nosotros, no del azar, no del drama, no de la buena voluntad del otro y no del milagro.
Pero optamos por la épica del caos, el supuesto heroísmo del último minuto o la fantasía de que todo saldrá bien porque siempre sale.
La realidad es menos poética: sin esfuerzo no hay logros, sin visión de vida clara no habrá éxitos y sin una pizca de congruencia no encontraremos plenitud.
Procrastinadores crónicos; es momento de actuar.
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