¿Cómo “leer” una imagen cinematográfica?
Como lo pone Cavell en su texto El cine, ¿puede hacernos mejores?, nuestra relación con el cine es algo que concierne a la capacidad humana de visión o, de manera más general, de conciencia sensible. Es decir, con todas aquellas estructuras que hacen posible nuestros roces ordinarios con la realidad que están figuradas para hacernos reaccionar de una u otra forma ante las cosas. Estas estructuras, para él, no solo son parte de la particular forma de ver el mundo de nuestras culturas, sino también desde donde se puede apreciar el valor de cada mirada.
El proyecto cavelliano sobre el cine, me parece, no pasa tanto por querer hacer explícitas estas estructuras ordinarias de nuestra conciencia para separarse de ellas cuanto por reconocer que, dado no podemos dejar proyectarlas en cada momento, debemos abrazarlas y revalorizar los nuevos significados que nos pueden revelar.
Sin embargo, esta revalorización de las estructuras ordinarias de nuestra experiencia exige comprender que aquello que funda lo ordinario cobra su dignidad ontológica cuando podemos entenderlas como una expresión vulnerable de cómo somos en el mundo y no tanto como propuestas firmes de lo que el mundo es. Esta pretensión es precisamente la trampa del escepticismo a la que somos tan propensos, y que Cavell explora en Claim of Reason, donde aborda la experiencia fenomenológica del escéptico como una reacción instintiva de cómo la gramática y lógica del escepticismo que forman la estructura nerviosa de nuestra conciencia ha interiorizado tan profundamente el carácter escéptico de nuestra cultura intelectual:
(…) haber tomado conciencia de que, estrictamente hablando, no es posible decir que tengamos conocimiento, que estemos seguros de la simple existencia del mundo de las cosas materiales. (…) ilustra una aceptación de la magnitud de esa toma de conciencia de los límites humanos, y no niega la existencia del abismo que puede abrirse en cualquier momento ante nuestros proyectos, ni tampoco la posibilidad, pese a esa amenaza, de vivir de manera honrosa, con un humor feliz aunque resignado, y una esperanza eterna. (…) por grandes que abramos los ojos, siempre habrá algo a nuestras espaldas, y lugar para la duda.
Pero…, ¿cómo se conecta esto último con lo que sucede con las cosas en la pantalla? La reinterpretación del escepticismo propuesta por Cavell y su conexión con lo que tiene que decirnos el cine sobre nosotros mismos, me parece, se aclara cuando esta lucha interna con nuestro interior sobre si lo que vemos en las pantallas es simplemente una yuxtaposición entre la realidad y lo falso se re-enfoca desde el concepto wittgensteiniano de ver cómo. Porque eso es precisamente lo que sucede en el cine: se toma algo como una cosa que en realidad no es, revelándonos rostros sobre las cosas que sentimos verosímiles precisamente porque desearíamos que fueran así. Y es que, así como podemos imbricar nuestra conciencia para ver las cosas como nos marcan nuestras distintas tradiciones intelectuales con muchísima determinación cuando nos encontramos decididos a defender una tesis sobre lo que es o no algo, igualmente podemos ver en las imágenes cinematográficas una expresión de este ejercicio. Esa es la potencia del cine para hacer de la estética una forma de transmitir conocimientos especialmente cuidadosa con el sentido de aquello que quiere expresar, que más bien, nos permite acercar al otro al significado personalísimo que le damos a una imagen justamente porque el cine es un cauce, una manera, un vehículo propicio para comunicar este tipo de contenidos.
El trabajo del filósofo del cine en estos momentos, por lo mismo, no puede ser otro que hacer accesible todo lo que puede descansar en nuestras pantallas. Demostrar que el escepticismo puede ser vencido para el florecer de los pareceres que tenemos sobre las cosas que descansan en “imágenes”, por locos que pudieran parecernos. Hacer entender que la derrota del escepticismo es algo abierto a todo ser humano. Por eso que Cavell nos habla de la especialidad capacidad del cine para descubrir aptitudes externas e internas para tratar los objetos -como- aquello que no son, y a entender la comedia clásica como una sátira de la rigidez del escepticismo como un asunto que debe de dejar de ser tomado como inapelable porque él mismo, hasta en sus mejores casos, puede fallar.
Por esto mismo, re-enfocar lo que vemos cada día en nuestras pantallas pasa por el hecho de dejar de verlo “en un único modo gramatical: el presente del indicativo, y empezar a interiorizar la riqueza que tiene “el ámbito del subjuntivo”. Es decir, a figurar nuestra percepción de tal forma que no nos centremos tanto en la fiabilidad de la imagen fija como en las potencialidades que tiene enfocarlo pensándolo como un “qué pasaría si”. Siempre hemos tenido interiorizadas variantes del subjuntivo sobre el futuro de nuestras culturas: un futuro que depende de unas condiciones que desconocemos y sobre las que nos encontramos escépticos pero que, no dejan de ser imaginables. Este “juego” entre lo real y lo imaginario es justamente la manera en la que Cavell nos invita a “ver” el cine de cada tiempo, y por lo mismo, la intuición principal que quisiera transmitir aquí cuando hablo de leer una imagen.
Así, si podemos disponer de este modo gramatical solo falta aplicarlo y apreciar como su re-enfoque hace cosas nuevas con el objeto fijo del indicativo. Es decir, dejar que el paso del indicativo al subjuntivo nos revele cosas que estaban ahí esperando algo de nosotros pero que no podíamos ver. Así, me parece, se hace claro lo real de aquello que solemos entender como puras ficciones y lo ficticio de aquellas imágenes sobre las cosas en las que solemos quedarnos cautivos. En ese sentido, podríamos decir que siempre hemos estado y estamos soñando con renovar nuestro presente, que esto siempre se ha manifestado en el cine de cada época; y que es precisamente por esto que se justifica la importancia de una investigación sobre el denso trasfondo vivencial del cine.
Sobre las potencialidades filosóficas del concepto de leer, Steven Affeldt ha escrito un texto particularmente interesante, cuyo título se toma del parágrafo de las Investigaciones Filosóficas en el que se concentra: As if I could read the darkness, (I, §635) que quisiera trasladar aquí para redondear esta “transformación” de nuestra capacidad de leer transmitida a las imágenes del cine y todas las expectativas de reconocimiento que indirectamente están depositadas en ellas. Para Affeldt, leer, no es simplemente una facultad sobre la que poder teorizar, sino un proceso complejo en el que se involucran elementos afectivos, culturales –y, claro, la lógica del escepticismo–, que dan forma a la manera particular en que leemos las cosas tal y como esta capacidad se ha terminado haciendo parte de nuestra historia natural. Y que, por lo mismo, es una actividad que puede tomar distintos modos en cada contexto, cuerpo y forma de vida.
Hasta este punto espero haber aclarado la conexión que he querido hacer entre la lectura de las imágenes cinematográficas y el sueño que está apoyado en cada una de ellas. Leer las imágenes del cine en el sentido de Affeldt, supone que podemos hacerlo precisamente porque tenemos interiorizada una gramática de afectos particular que funda el sentido ordinario de las cosas. Conectarnos con una imagen cinematográfica no supone solamente decodificarla sino además tratar de aclarar qué exactamente nos hace identificarnos con ella por la particular forma en que reaccionamos cuando nos afectan. Este acceso a su intención, como lo pone Cavell, se debe a el poder que tiene el cine para materializar y satisfacer (y, por tanto, desmaterializar y frustrar) los deseos humanos que se rehúsan a la satisfacción del mundo tal como es.
Este, me parece, es el valor y la urgencia ética de atender a lo que Cavell ha querido llamar la ontología del film. Es decir, empezar a conceder –o más bien reconocer la dignidad ontológica de aquellos mundos que se construyen en el cine y que son de su particular forma en la pantalla –ahora más que nunca en la era digital. Es decir, entender toda la realidad que hay en un mundo que no es, pero que expresa cómo quisiera que sea el que sí es ahora mismo. O lo que es lo mismo: comprender mejor cómo mira su mundo el hombre triste y el hombre feliz, como dice Wittgenstein en su famosa cita del Tractatus, que ya adelantaba la fuerza de la estética como una forma de ver y entender el mundo.

