ECONOMÍA ESTRATÉGICA… ¿EL MODELO ECONÓMICO QUE VIENE?

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“Los grandes problemas económicos de nuestro tiempo requieren soluciones pragmáticas, adaptadas a las circunstancias, no recetas universales.”

Dani Rodrik, 2024.

DE LA MODA, LO QUE ACOMODA: Vivimos rodeados de modas que, mientras duran, suelen presentarse como verdades definitivas. En administración, dirigimos primero por objetivos, después por resultados, luego por procesos, competencias, indicadores y ahora hasta por algoritmos; en medicina, durante años el huevo fue señalado casi como enemigo público por el colesterol y hoy sabemos que aquella relación era bastante más compleja; fumar pasó de símbolo de sofisticación y estatus a conducta socialmente repudiada; y hasta en las relaciones sociales hemos transitado de combatir una exclusión indiscutiblemente injusta a debatir si ciertas formas extremas de inclusión corren el riesgo paradójico de generar nuevas exclusiones. 

Las modas cambian, los nombres se sustituyen y algunas certezas terminan convertidas en errores que nadie recuerda haber defendido. La economía tampoco escapa a esta fascinación por las verdades temporales: tuvimos estatismo, privatización, desregulación, globalización, neoliberalismo, economía verde, sustentabilidad, nearshoring y ahora aparece, principalmente desde Europa, una nueva expresión que promete explicar la próxima década, se denomina CAPITALISMO ESTRATÉGICO. 

Aún no sabemos si estamos ante un nuevo modelo que suena atractivo, o ante otra moda económica destinada a ser sustituida dentro de diez años. Lo cierto es que promete una verdadera transformación en la manera de producir, competir y relacionar al Estado con el mercado.

Durante casi cuatro décadas, buena parte del mundo occidental siguió una receta relativamente sencilla: abrir mercados, privatizar, desregular, mantener disciplina fiscal y permitir que capital, tecnología y producción buscaran los lugares más eficientes.

Funcionó mejor de lo que hoy algunos de sus beneficiarios, hoy detractores, quieren reconocer.

La globalización redujo costos, multiplicó el comercio, creó enormes cadenas productivas y permitió crecer aceleradamente a numerosas economías, la de México entre otras. Pero tenía una debilidad, construimos una economía extraordinariamente eficiente y también extraordinariamente frágil.

Llegaron pandemia, guerras, crisis energética, escasez de semiconductores, conflictos comerciales, disputas por minerales estratégicos, una China que dejó de ser solamente la fábrica barata del planeta para convertirse también en potencia tecnológica, y llegó -o continuó- el peor flagelo, la corrupción que, rampante y sonante, destruyó el modelo y ocupó perversamente su lugar.

En lo económico, Europa comenzó a plantear si debe producirse siempre donde sea más barato o existen cosas que estratégicamente conviene producir cerca de casa; cosa que intuye y aplica perfectamente mal gente como Mr. Trump, que lo reduce a un nacionalismo ramplón y electorero. Culpa de sus electores, sin duda.

LOS ECONOMISTAS QUE ESTÁN CAMBIANDO LA CONVERSACIÓN: No existe todavía una “Escuela Europea del Capitalismo Estratégico” y quizá sea bueno que no exista.

Pero diferentes economistas, nosotros entre ellos, están convergiendo alrededor de una idea común y muy clara, el mercado continúa siendo indispensable, pero existen transformaciones y riesgos estratégicos que el mercado, actuando aisladamente, no necesariamente resolverá de manera óptima.

En Alemania, Isabella Weber y Tom Krebs han cuestionado lo que denominan fundamentalismo de mercado aplicado a la transición energética y proponen una transformación estructural apoyada en política industrial verde y de economía circular..

Desde el DIW Berlin, economistas como Tomaso Duso, Martin Gornig y Alexander Schiersch hablan de una política industrial estratégica, europea y orientada a la competencia.

Y desde el Kiel Institute, investigadores como Dirk Dohse, Holger Görg y Wan-Hsin Liu, entre otros, aceptan la necesidad de fortalecer capacidades industriales europeas, pero lanzan una advertencia fundamental -que deberían de escuchar Trump y los rabiosos nacionalistas antiingerencistas-, si declaramos estratégico absolutamente todo terminaremos no teniendo ninguna estrategia.

DE FONDO

Si la palabra capitalismo les causa escozor a los capitalistas de closet, podemos denominar a esta escuela como ECONOMÍA ESTRATÉGICA SOSTENIBLE (aportación nuestra), sin doctrinas, con sentido.

La economía tiene una extraordinaria capacidad para convertir buenas ideas en modas. Primero todo debía privatizarse, después todo debía globalizarse, luego todo tenía que ser “verde”, después “digital”, más tarde “sustentable”.  Ahora todo será estratégico.

Y para curar desde el principio, no consiste en que cualquier empresario consiga convencer al gobierno de que su empresa es estratégica, eso es lo que hay hoy, capitalismo de amigos.

El punto central es que el Estado, los políticos, tan devaluados hoy, entienda, comprenda y asimile el término “estratégico” y lo incorpore como modelo de nación y no como disfraz de cuates. Difícil, sí, y sin duda está en manos y mentes de los electores. 

DE FORMA

Uno de los ejes de esta Economía Estratégica es la Economía Circular que propone cambiar la línea por un círculo: diseñar → producir → utilizar → reparar → recuperar → reutilizar → reciclar → volver a producir.

No es solamente ecología. Es economía y es estrategia, para píses, empresas y familias. Es productividad de los recursos, seguridad energética, reducción de importaciones, competitividad y debería de convertirse en política industrial.

Europa ya lo comprendió. Su proyecto de “Circular Economy Act” busca crear un verdadero mercado de materias primas secundarias, incrementar la disponibilidad de materiales reciclados y reducir la dependencia europea de materias primas críticas. En México no pasa de algunos ejercicios académicos. ¿ya separamos la basura en inorgánica y orgánica? Y si lo hacemos, llega el camión recolector y las mezcla. Los recursos, como la vida, son finitos, pero el inmediatismo no lo deja ver.

DEFORME

En otra muestra de la “genialidad” de la 4T y su pobreza legislativa, se pretende imponer un gravamen adicional al precio de las bebidas alcohólicas y de los productos con alto contenido de sodio (es decir, casi todos). El argumento oficial es doble: por un lado, aumentar la recaudación del IEPS, desplomada por el contrabando de cigarros; por el otro, desalentar el consumo de esos productos “nocivos”.

El problema es evidente: si el consumo disminuye, también lo hará la recaudación. ¿O acaso no es así? Una contradicción tan elemental que parece sacada de un silogismo de secundaria…