El storytelling de las profecías digitales

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Durante este año se volvió necesario dar un giro a las diversas colaboraciones con una vocación clara: contar historias que permitan abrir conversaciones sobre tecnología, derechos, privacidad, libertad, inteligencia artificial, identidad, salud mental y las transformaciones humanas que acompañan a cada nueva herramienta, como mecanismo laboratorio que permite, cuando menos, dos objetivos, asociar la emoción a una historia en la que, el conocimiento pueda asociarse a partir de las sensaciones que provoca para su interiorización y, por otra, mostrar que el valor de la información y el conocimiento de nada sirven, si no logran transmitirse, por lo que, lo importante no necesariamente son los términos, sino el involucramiento que se logra por parte de las personas a partir de la vinculación y el manejo de la información. Sin embargo, sin que el formato utilizado se haya desgastado, hoy enfrentamos una infinidad de cambios vertiginosos que nos dejan paralizados, por lo que, al girar conforme la misma visión de laboratorio de storytelling, considero oportuno darle un espacio al formato de historias y, proceder al análisis de la opinión de la opinión, para develar y revelar la propia historia subyacente, como medio que permita articular una mínima línea de defensa mediante el empoderamiento efectivo de las personas que, en su momento, nos permita hablar sobre la evolución necesaria de paradigmas el camino hacia ello y, las dimensiones de derecho y los valores humanos que deben acompañarlos; el tiempo actual exige un ajuste de formato y, sobre todo, una ampliación de propósito. Ya no basta con narrar una experiencia, describir un riesgo o sostener una postura frente a una innovación. Estamos viviendo una época en la que las ideas no llegan solas: llegan envueltas en historias, promesas, amenazas, imágenes, consignas, videos breves, discursos políticos, campañas comerciales y fórmulas emocionales que muchas veces son más eficaces que los hechos mismos y que en la mayoría de los casos, logran distraer la información a partir del manejo de la emoción.

Por ello nace un nuevo espacio: “El storytelling de las profecías digitales”, obviamente, dentro de la misma columna de derechos en la era digital. No pretende ser una columna que se limite a comentar la actualidad ni una colección de críticas abstractas a la tecnología, a los medios o a quienes ejercen poder. Su intención será detenerse ante las narrativas que organizan nuestro tiempo, revisar lo que dicen, observar lo que omiten, identificar quién gana con ellas y preguntarnos qué lugar dejan para la dignidad, la libertad y la capacidad humana de decidir. En otras palabras, se trata de mirar las profecías digitales no sólo por lo que anuncian, sino por el tipo de conducta que buscan provocar en nosotros.

Una profecía digital puede aparecer con distintos rostros. A veces dice que la inteligencia artificial sustituirá inevitablemente a las personas y que resistirse es inútil. Otras veces promete que una plataforma resolverá la educación, la seguridad, la salud, la justicia o la soledad. En ocasiones se presenta como una advertencia: que los datos ya están perdidos, que no existe privacidad posible, que la vigilancia es el precio inevitable de la comodidad o que la manipulación política se ha vuelto tan sofisticada que el ciudadano ya no tiene manera de defenderse. También puede adoptar la forma opuesta: la promesa de una libertad absoluta obtenida mediante tecnologías que, paradójicamente, dependen de que cada persona entregue más información, más atención y más fragmentos de su vida íntima.

No todas esas profecías son falsas. Algunas describen riesgos reales, tendencias que merecen ser tomadas con seriedad o innovaciones que sí pueden transformar profundamente la manera en que vivimos. El problema comienza cuando una posibilidad se presenta como un destino; cuando una advertencia razonable se convierte en fatalismo; cuando una solución parcial se vende como salvación colectiva; o cuando el lenguaje de la innovación se utiliza para impedir que hagamos preguntas sobre poder, responsabilidad y derechos. En ese momento, el relato deja de ser una herramienta para comprender y se convierte en una forma de conducción social.

Ese será uno de los núcleos de esta nueva serie: distinguir entre la profecía, la maldición y la caja china. La profecía es una visión sobre lo que podría ocurrir; puede ser útil cuando abre escenarios y permite prepararnos. La maldición es una profecía que se presenta como irreversible y que, al persuadirnos de que no hay alternativa, comienza a realizarse por sí misma. La caja china, en cambio, es el relato que contiene otros relatos en su interior: una idea aparentemente noble que esconde un interés comercial; una promesa de seguridad que normaliza mecanismos de control; una defensa de la libertad que termina concentrando poder; una narrativa de eficiencia que borra responsabilidades humanas; o una causa legítima que es aprovechada para vender miedo, atención, obediencia o productos.

Vivimos rodeados de cajas chinas. Se nos dice, por ejemplo, que compartir cada detalle de nuestra vida es una forma de autenticidad, aunque esa exposición se convierta en materia prima para modelos de negocio que conocen nuestras emociones, rutinas y vulnerabilidades. Se afirma que automatizar decisiones es sinónimo de neutralidad, aunque detrás de cada sistema existan personas que diseñan categorías, eligen datos, definen objetivos y establecen qué error es tolerable. Se nos repite que la velocidad es eficiencia, aunque muchas veces la aceleración sólo impide deliberar, contrastar fuentes y advertir las consecuencias de lo que aceptamos. También se nos promete que la personalización es cuidado, sin explicar que un entorno demasiado personalizado puede terminar aislándonos de aquello que nos incomoda, pero que necesitamos conocer para construir una opinión propia.

La inquietud que justifica este cambio de formato nace precisamente de ahí: de la necesidad de comunicar mejor en una época que parece tener demasiada información y, al mismo tiempo, demasiado poca comprensión. Con frecuencia se afirma que la demagogia tiene más poder que la información verificable. La frase contiene una parte de verdad, pero también puede conducirnos a una conclusión equivocada. El problema no consiste en que los hechos carezcan de valor o en que la evidencia haya dejado de importar. El problema es que, muchas veces, la información verificable se presenta sin fuerza narrativa, sin conexión humana, sin contexto emocional y sin una ruta que permita traducir el conocimiento en una acción posible.

Los hechos por sí mismos no siempre movilizan. Una cifra sobre el uso indebido de datos personales puede ser exacta y, aun así, no generar ningún cambio en la vida de quien la recibe. Una explicación técnica sobre sesgos algorítmicos puede ser impecable y, sin embargo, resultar lejana para alguien que no alcanza a reconocer cómo esa lógica afecta una entrevista de trabajo, un crédito, una beca, una investigación ministerial o la visibilidad de su voz en una red social. El reto no es abandonar la precisión para competir con la manipulación. El reto es darle a la precisión una forma narrativa que permita comprender por qué nos importa, qué está en juego y qué podemos hacer frente a ello.

Por eso el storytelling importa. No porque deba sustituir a la gramática, a la lógica o a la evidencia, sino porque es el medio mediante el cual esas herramientas pueden ingresar a nuestra atención y engarzarse con la vida cotidiana. La gramática ordena el lenguaje; la lógica ordena las razones; el storytelling organiza el sentido. Es a través de las historias que una persona relaciona un hecho con una experiencia, una idea con una emoción, un riesgo con una decisión y un derecho con la posibilidad concreta de defenderse. Una historia bien construida no nos obliga a pensar de determinada manera; nos permite ver aquello que antes permanecía disperso, invisible o demasiado abstracto.

La atención, que hoy es uno de los bienes más disputados del mundo, no se captura únicamente con gritos, escándalos o imágenes veloces. También se obtiene cuando una narrativa toca una pregunta que el lector ya llevaba consigo, aunque no hubiera logrado formularla. ¿Por qué una persona siente ansiedad después de pasar horas en redes sociales? ¿Por qué una familia acepta entregar datos sensibles sin saber quién los conservará y con qué finalidad? ¿Por qué alguien se siente sustituible frente a la inteligencia artificial? ¿Por qué un discurso político puede parecer convincente incluso cuando simplifica una realidad compleja? ¿Por qué la comodidad tecnológica puede convertirse en dependencia? Cuando estas preguntas se cuentan desde una historia, dejan de ser temas lejanos y empiezan a convertirse en puntos de reflexión personal y colectiva.

En este sentido, el objetivo de estas colaboraciones no será decirle al lector qué debe creer. Será algo más ambicioso y, a la vez, más democrático: ofrecerle herramientas para reconocer las arquitecturas narrativas que intentan influir en su percepción. Analizaremos discursos públicos y privados, posiciones sociológicas, propuestas políticas, estrategias empresariales, mensajes mediáticos y figuras que encarnan ciertas formas de interpretar el presente. Algunas veces se tratará de una postura que merece ser amplificada; otras, de una idea que necesita ser matizada, neutralizada o corregida. En todos los casos, la pregunta será semejante: ¿qué visión del ser humano, del poder y del futuro está contenida en esa narrativa?

Una discusión sobre inteligencia artificial, por ejemplo, no puede agotarse en la pregunta sobre si las máquinas serán más inteligentes que las personas. Esa formulación suele ser útil para producir temor o fascinación, pero es insuficiente para comprender el fenómeno. Lo relevante también es saber quién controla la infraestructura, de dónde provienen los datos, qué decisiones son delegadas, quién responde cuando hay un daño, qué grupos quedan excluidos, qué habilidades humanas se fortalecen y cuáles se debilitan. Una profecía que anuncia la desaparición del trabajo puede encubrir una discusión más urgente sobre distribución de riqueza, condiciones laborales, educación permanente y responsabilidad empresarial. Una promesa de eficiencia puede ocultar la transferencia de decisiones públicas a sistemas opacos. Una narrativa de modernización puede ser el disfraz de una privatización silenciosa de capacidades que deberían permanecer bajo escrutinio democrático.

La misma lógica aplica para la privacidad y la protección de datos personales. Durante años, estos temas fueron reducidos a avisos de privacidad extensos, casillas de consentimiento, trámites burocráticos o recomendaciones para no publicar información sensible. Todo eso importa, pero no alcanza. La protección de datos personales es también una discusión sobre autonomía: sobre la posibilidad de que una persona no sea permanentemente perfilada, anticipada, clasificada o condicionada por sistemas que no comprende. Es una defensa de la capacidad de cambiar, de equivocarse, de reservarse una parte de sí misma y de no quedar atrapada en una identidad digital construida por intereses ajenos.

En el entorno digital todos somos datos, pero no por ello debemos aceptar que todos nuestros datos sean destino. Cada registro de ubicación, cada preferencia, cada imagen, cada interacción, cada conversación y cada dato biométrico puede convertirse en una pieza de información valiosa. La pregunta es si esa información servirá para ampliar nuestras posibilidades o para reducirlas; si se utilizará para ofrecernos mejores servicios con transparencia y responsabilidad, o para encerrarnos en perfiles que otros han definido; si se protegerá como una expresión de nuestra dignidad, o si se tratará como un recurso explotable sin límites. Ahí se ubica la diferencia entre una sociedad digital centrada en la persona y una sociedad digital centrada exclusivamente en la extracción.

La alfabetización mediática cobra, en este contexto, una importancia que no siempre recibe. Hablar de derechos de las audiencias no debería entenderse como una discusión secundaria frente a la urgencia política, económica o tecnológica. Es una de las condiciones para que esas urgencias puedan discutirse con libertad. Los medios de comunicación, las plataformas, las instituciones educativas y, en subsidio, el Estado, deberían contribuir no sólo a distribuir información, sino a desarrollar capacidades para procesarla, contrastarla, contextualizarla y convertirla en criterio. No se trata de que una autoridad determine cuál es la verdad permitida; se trata de que las personas tengan mejores herramientas para reconocer fuentes, distinguir hechos de opiniones, advertir intereses, identificar manipulaciones y tomar posición sin ser reducidas a un mercado de reacciones.

Esta distinción es esencial para evitar una tentación autoritaria. Cuando se habla de desinformación, a veces se responde con la idea de que alguien debe vigilar, clasificar y retirar todo contenido considerado incorrecto. Pero una solución así puede ser tan peligrosa como el problema que pretende resolver. El combate a la mentira no debe convertirse en un pretexto para debilitar la libertad de expresión, perseguir la crítica o centralizar la interpretación legítima de la realidad. La mejor respuesta democrática no es una ciudadanía obediente, sino una ciudadanía capaz. Capacitada para informarse, discutir, cuestionar, corregirse y actuar. Una ciudadanía que no necesite que cada pensamiento le sea entregado ya procesado por un algoritmo, un gobierno, un medio o una figura de autoridad.

Por ello, el trabajo no puede recaer solamente en las instituciones públicas. Las universidades deben asumir una responsabilidad central en la formación de pensamiento crítico y competencias digitales; las organizaciones civiles pueden articular causas, acompañar a grupos vulnerables y vigilar abusos; los colegios profesionales tienen la posibilidad de traducir problemas complejos a prácticas responsables; las empresas tecnológicas deben rendir cuentas por los impactos de sus diseños; los medios necesitan recuperar su vocación de servicio público; y la ciudadanía debe comprender que cada interacción digital también es una decisión sobre el tipo de ecosistema informativo que fortalece. La distribución del poder en red exige, antes que nada, la distribución de capacidades.

Aquí aparece una idea que será recurrente en esta serie: vivimos en una era en la que los paradigmas se han convertido en nuestras nuevas islas. No son islas para aislarnos, sino puntos de apoyo desde los cuales podemos desarrollar e interconectar teorías. El paradigma de los derechos humanos, el de la protección de datos personales, el de la seguridad de la información, el de la libertad de expresión, el de la ética tecnológica, el de la salud mental, el de la educación crítica y el de la democracia pueden parecer ámbitos separados. Sin embargo, en la experiencia cotidiana se cruzan continuamente. Una decisión automatizada puede afectar la igualdad; una filtración de datos puede poner en riesgo la seguridad física; una campaña de desinformación puede debilitar la democracia; una interfaz diseñada para retener atención puede afectar la salud emocional; una neurotecnología puede abrir preguntas inéditas sobre intimidad, consentimiento e identidad.

Las islas no deben convertirse en territorios cerrados ni en nuevos dogmas profesionales. Su valor está en permitirnos construir puentes. La tecnología necesita del derecho, pero también de la filosofía, la psicología, la sociología, la economía, la pedagogía y el arte. Los derechos humanos requieren conocimiento técnico para no quedarse en declaraciones generales. La innovación necesita criterios éticos y jurídicos para no confundir lo posible con lo aceptable. La ciudadanía necesita narrativas que conecten esos saberes sin simplificarlos hasta volverlos inútiles. El gran desafío es volver a tejer una comprensión integral del mundo en un momento en que cada plataforma tiende a fragmentar la atención y cada especialidad corre el riesgo de hablar sólo para sí misma.

Ese tejido será el horizonte de El storytelling de las profecías digitales. Cada colaboración podrá partir de un fenómeno distinto, pero buscará conservar una misma estructura interna: una historia, una narrativa dominante, una lectura crítica, una identificación de intereses y silencios, una traducción a la experiencia humana y una propuesta de acción posible. No habrá una fórmula rígida, porque el presente exige sensibilidad para atender sus contradicciones; pero sí habrá una intención constante: que la reflexión no se quede encerrada en la opinión. La opinión es valiosa cuando abre conversación, pero se vuelve insuficiente si no conduce a la conciencia, a la responsabilidad y a la capacidad de intervenir en el propio entorno.

La acción no siempre tendrá que ser espectacular. Puede comenzar con revisar qué permisos concedemos en una aplicación, con preguntar por qué una institución solicita determinados datos, con acompañar a un menor en su educación digital, con exigir explicaciones ante una decisión automatizada, con contrastar una información antes de compartirla, con apoyar medios responsables, con proteger la conversación íntima o con participar en la construcción de reglas más justas. Los pequeños actos no resuelven por sí solos las desigualdades estructurales, pero sí recuperan algo fundamental: la idea de que no somos espectadores pasivos de un sistema inevitable. Somos sujetos capaces de interpretar, decidir, vincularnos y transformar.

El destino de esta reflexión apunta, desde luego, hacia una conversación más amplia: la de los derechos de la dimensión de la consciencia y la aspiración humana a la felicidad. Pero no se trata de llegar a ese horizonte mediante conceptos grandilocuentes o respuestas simplistas. La libertad de las consciencias empieza en prácticas concretas: poder pensar sin manipulación indebida, preservar espacios de intimidad, recibir información que fortalezca el criterio, no ser reducido a un perfil comercial o político, decidir sobre los datos que expresan nuestra identidad y participar en la definición de las tecnologías que organizan nuestra vida.

La felicidad, entendida con seriedad, tampoco puede reducirse al consumo, a la conectividad permanente o a la promesa de una vida sin incertidumbre. Tiene que ver con la posibilidad de desarrollar un proyecto propio, de establecer vínculos significativos, de habitar un mundo comprensible y de conservar un margen de decisión incluso frente a sistemas poderosos. Si la tecnología puede ayudarnos a ampliar esas posibilidades, debemos incorporarla con inteligencia. Si puede debilitarlas, debemos regularla, cuestionarla y rediseñarla. Si puede hacer ambas cosas, como ocurre casi siempre, debemos aprender a narrarla con mayor honestidad.

Las profecías digitales no deben gobernarnos por el miedo ni seducirnos por la promesa de una comodidad sin costo. Deben ser interrogadas. Detrás de cada anuncio sobre el futuro hay una decisión presente; detrás de cada relato sobre lo inevitable hay intereses, alternativas y responsabilidades; detrás de cada discurso que pretende capturar nuestra atención existe la oportunidad de recuperar la pregunta esencial: ¿para qué queremos la tecnología y quién queremos ser dentro de ella?

Tal vez ése sea el sentido más profundo de este nuevo formato. No predecir el porvenir, sino impedir que otros lo cierren antes de que podamos participar en su construcción. Contar historias, entonces, no será un recurso ornamental. Será una forma de devolverle a la evidencia su fuerza humana, a los derechos su capacidad de orientar la vida y a cada persona la posibilidad de reconocerse como autora —y no sólo destinataria— de su propio futuro. Hasta la próxima profecía digital.