LECTORA
Leer el paisaje de su mirada, airado y sereno.
Leer sus manos al vuelo, sembrando y cosechando palabras sobre los surcos de una hoja rayada.
Leer la frescura de su sonrisa que es trago de agua fría.
Leer sus pensamientos y sueños como mapa para recorrer la vida.
Leer su voz a todas horas: en la mañana, en la tarde y en la noche; suave o fuerte, calmada o estridente, llamando y esperando.
Leer su pisada lenta, su andar sobre la tierra, huella, fortaleza.
Sentir el roce de su mano en el rostro…
es poesía.
Quizás sea un abuso textual, pero leerle es pura alegría.

