La hora punta

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Todos tenemos 24 horas al día.

Lo hemos escuchado tantas veces que casi parece una fórmula mágica: si alguien puede hacerlo, tú también. Solo tienes que organizarte mejor.

Qué bonito suena.

Hasta que tienes que atravesar Lima en hora punta.

En mi ciudad, Lima, Perú, hay avenidas que dejaron de ser simples vías de tránsito para convertirse en parte de nuestra rutina. Javier Prado, por ejemplo, atraviesa buena parte de la ciudad y conecta oficinas, universidades, hogares y miles de historias que comienzan y terminan detrás de un volante, una ventana de bus o una estación.

Porque movilizarse en Lima puede convertirse en una jornada adicional.

Filas interminables, transporte abarrotado, tráfico detenido y ese extraño momento en el que avanzas tres metros después de veinte minutos. Y mientras el reloj corre, también se van esas horas que nunca regresan.

Hace unos días vi en TikTok a una mujer llorando de impotencia porque, una vez más, había llegado tarde a su destino. Había salido con anticipación, había intentado organizarse, había calculado el tiempo. Pero llevaba más de una hora esperando para poder subir a un bus.

No era falta de organización.

Era una realidad que estaba fuera de sus manos.

Y pensé en algo que también estoy viviendo.

Hace poco empecé una maestría. Mis clases comienzan a las seis de la tarde y mi jornada laboral termina cuarenta y cinco minutos después. Aunque las clases son virtuales, llegar a ellas también requiere tiempo.

Salir del trabajo, atravesar el tráfico, encontrar un lugar adecuado, prender la cámara, prestar atención, participar y realmente estar presente después de una jornada completa puede convertirse en una pequeña maratón.

Más de una vez me ha tocado caminar hasta casi mi destino para no seguir esperando en medio del tráfico.

Y ahí entendí algo: el tiempo no solo se mide en horas. También se mide en oportunidades.

En la posibilidad de estudiar después del trabajo. En llegar a casa con energía para conversar con nuestros hijos. En dormir un poco más. En cuidar nuestra salud. En tener una cena sin mirar el reloj. En simplemente sentarnos cinco minutos sin sentir que estamos llegando tarde a alguna parte.

Por eso, cuando hablamos de calidad de vida, quizá deberíamos hablar también de cuánto tiempo le estamos devolviendo a las personas.

Porque dos o tres horas diarias de traslado no son únicamente dos o tres horas menos en la agenda. Cuando se repiten durante meses o años, terminan afectando el descanso, el bienestar, la productividad y hasta las posibilidades de seguir creciendo profesionalmente.

Y aquí también tenemos una responsabilidad desde las organizaciones.

No siempre podremos cambiar el tráfico de una ciudad, pero sí podemos preguntarnos si existen formas más humanas de organizar el trabajo: flexibilidad cuando sea posible, horarios razonables, modalidades híbridas, reuniones realmente necesarias y una cultura que entienda que una persona no deja de tener vida cuando termina su jornada laboral.

Desde las ciudades, también necesitamos pensar en transporte y movilidad no solo como infraestructura, sino como bienestar.

Y desde nosotros, quizá también aprender a reconocer que descansar no es desperdiciar el tiempo.

Porque el tiempo es uno de los pocos recursos que no podemos recuperar.

Todos tenemos 24 horas, sí.

Pero no todos tenemos las mismas condiciones para disfrutarlas.

Tal vez el verdadero desafío no sea aprender a llenar cada minuto de nuestra agenda, sino construir una sociedad y organizaciones donde las personas no tengan que sacrificar horas de su vida para poder trabajar, estudiar, cuidar, descansar o simplemente llegar a casa.

Porque al final, el tiempo que una ciudad, una organización o una rutina le devuelve a una persona también es una forma de bienestar.

Y quizá esa sea una de las preguntas que deberíamos hacernos con más frecuencia:

¿Qué estamos haciendo para devolverle a las personas algo que el reloj nunca les devolverá: su tiempo?