El día después de la urna

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Hay algo profundamente extraño en las elecciones. Durante unas horas, millones de personas son convocadas a realizar el mismo gesto de marcar una cédula, introducirla en una urna, retirarse. Un gesto mínimo, casi mecánico, que se repite con la precisión de un ritual que nadie recuerda haber aprendido. Los políticos, durante las semanas previas, se disfrazan de activistas, recorren mercados, besan niños, prometen obras en las zonas más olvidadas, zonas que solo existen cada cuatro años. Y luego, el domingo, todo vuelve a su lugar, las calles se vacían, los carteles se despegan, y la política regresa a sus despachos, a sus pasillos, a sus silencios. Sobre ese gesto mínimo se construye una de las ficciones más poderosas de la modernidad, esa idea de que una sociedad puede darse un gobierno mediante la agregación de voluntades individuales. 

La ficción en realidad no es falsa del todo, es más peligrosa que una mentira porque es una verdad a medias. Porque el voto cuenta, sí, pero no todos los votos pesan igual. El ciudadano que deposita su cédula no llega a la urna como una conciencia abstracta, llega desde un territorio, desde una historia de trabajo o de desempleo, desde una escuela que no tuvo, desde un hospital que no lo atendió, desde una violencia que aprendió a callar. La urna iguala los votos en el papel, pero no iguala las condiciones materiales que hacen posible ejercer esa ciudadanía. Y esa desigualdad es la condición misma del sistema. La democracia ha dejado de ser un espacio de disputa por el poder para convertirse en un mecanismo de administración de la desafección. Se vota, se eligen autoridades. Pero el poder real se ha desplazado hacia otros lugares

Las elecciones de estos días permiten formar esta columna desde tres geografías aparentemente distantes: Perú, Brasil y Bosnia y Herzegovina. Las tres tienen historias distintas, conflictos distintos y sistemas políticos incomparables. Precisamente por eso resultan interesantes juntas, en cada una aparece, bajo formas diferentes, la misma distancia entre el procedimiento electoral y la experiencia concreta de la democracia. Y en cada una, la pregunta por la legitimidad se revela como una pregunta por el poder, por su distribución, por sus dueños.

Perú

Rafael López Aliaga es, sin duda, uno de los personajes más elocuentes de esta semana. El líder de Renovación Popular vuelve a colocarse en el primer lugar de la contienda municipal (la última actualización en que escribo esta columna es del día lunes 5 de octubre). El flash electoral de Datum le otorgó 31,2 %, frente al 25,2 % de Francis Allison y el 15,9 % de Carlos Bruce. Todavía no corresponde convertir ese resultado preliminar en una proclamación definitiva, pero sí reconocer el fenómeno político de que López Aliaga  conserva una capacidad electoral considerable después de haber protagonizado uno de los episodios más graves de confrontación con las autoridades electorales durante las elecciones generales de abril [1] de este año, en las elecciones presidenciales, donde él también postuló, el político acusó públicamente al director del JNE de abusar de él [2], un episodio que revela el grado de desfachatez con el que se puede operar en el espacio público peruano sin que ello implique un costo electoral significativo. 

La democracia liberal presupone una relación incómoda entre quien compite por el poder y las instituciones encargadas de distribuirlo. El candidato necesita aceptar que existe una instancia cuya función consiste en limitar su voluntad, esa limitación es una de las condiciones de posibilidad de la competencia democrática. Pero conviene preguntarse si esa condición se cumple alguna vez del todo. Porque el Estado no es un árbitro neutral, es una condensación de relaciones de poder, un campo de batalla donde se disputan intereses materiales. La neutralidad del procedimiento es, en el mejor de los casos, una ficción necesaria para que el orden funcione, cuando un actor político presenta como ilegítima toda institución que contradice su voluntad, está revelando que ese pacto nunca fue tan sólido como pretendía. La disputa deja de desarrollarse entre programas electorales y pasa a discutirse quién posee la autoridad para determinar qué cuenta como resultado válido. ¿De dónde proviene entonces la legitimidad? No basta con decir que proviene de los votos. Los votos necesitan procedimientos, instituciones, normas y sujetos dispuestos a reconocer los resultados. Pero también necesitan que la población crea que esas instituciones merecen ser reconocidas. Y esa creencia se reproduce, o se destruye, en la vida material de la sociedad.

Hablar de las elecciones regionales y municipales del Perú mirando únicamente a Lima sería reproducir, desde el análisis político, una de las desigualdades territoriales que precisamente estas elecciones deberían obligarnos a observar. Los resultados preliminares lo muestran. Según el conteo electoral y los datos disponibles, 14 regiones se encaminan a una segunda vuelta, entre ellas Arequipa, Puno, Áncash, Amazonas, Huancavelica, Ica, La Libertad, Lambayeque, Lima Provincias, Loreto, Moquegua, Piura, Tumbes y Ucayali. (La república) En las elecciones subnacionales las figuras locales, los movimientos regionales y las redes políticas construidas en cada departamento adquieren una importancia que muchas veces desaparece cuando el país es narrado desde Lima. EFE noticias señalaba antes de la jornada que los partidos nacionales históricamente encuentran dificultades para trascender en las regiones, donde los movimientos regionales y las figuras conocidas localmente poseen una gravitación particular. 

Veamos dos casos, que merecen ser visibilizados, primero lo que sucedió en Áncash donde la jornada terminó a balazos. John Montes Cusihuamán, de 34 años y padre de dos hijos, recibió un disparo en la cabeza durante un enfrentamiento entre simpatizantes de dos agrupaciones políticas en Chavín de Huántar, provincia de Huari. Un policía resultó herido de bala. Horas antes, en el mismo distrito, ciudadanos habían confrontado a presuntos votantes golondrinos en los exteriores de la institución educativa Carlos Alberto Izaguirre, lo que obligó a la intervención policial para evitar el colapso del proceso electoral. [3] Este hecho permite anclar el llamado voto golondrino que es la modificación fraudulenta del domicilio en el DNI para sufragar en una jurisdicción donde no se reside. En distritos con baja densidad poblacional, un número reducido de votos define la elección de las autoridades. El Reniec detectó 38.000 casos de cambios domiciliarios irregulares, y Áncash concentró el 40% de los casos. La geografía del fraude no es casual: los distritos con mayor canon minero son los más afectados. La disputa por el control de los recursos locales se libra, también, en las urnas.

El segundo caso es Sorochuco. El 4 de octubre, mientras se desarrollaban las Elecciones Regionales y Municipales, un incendio afectó la Institución Educativa David Sánchez Infante, en el distrito de Sorochuco, provincia de Celendín, Cajamarca. El local funcionaba como centro de votación y la jornada tuvo que ser suspendida. La Defensoría del Pueblo informó que el incendio presuntamente provocado por una bomba molotov y que afectó un pabellón del colegio, incluyendo el centro de acopio y material electoral de reserva. La Fiscalía Penal de Turno de Celendín inició diligencias y las autoridades electorales suspendieron temporalmente la votación en ese local [4].

La precisión jurídica importa, la investigación debe determinar qué ocurrió y quiénes fueron responsables, no corresponde convertir una hipótesis inicial en una verdad judicial. Pero lo que podría afirmar desde ahora, es que el derecho al voto suele pensarse como una capacidad abstracta, donde todo ciudadano posee la facultad de elegir. Esa definición es insuficiente cuando se observa la realidad territorial de nuestro país. Para votar hace falta un local, seguridad, transporte, materiales electorales, autoridades, infraestructura y condiciones mínimas para que el ciudadano pueda presentarse físicamente ante el Estado. El incendio de una escuela convertida temporalmente en local electoral muestra esa dimensión material de la democracia. Porque la democracia existe en nuestra corporalidad y la forma en que decidimos, por tanto, también necesita edificios, necesita caminos para llegar a ellos, necesita instituciones capaces de protegerlos, necesita que una persona pueda acercarse a una mesa de sufragio sin encontrar violencia en el trayecto. El derecho político, visto desde el territorio, deja de ser una abstracción jurídica y adquiere una dimensión material.

Los casos de Sorochuco y Áncash deben incomodarnos tanto como las grandes disputas limeñas. Mientras la discusión nacional se concentra en quién ganó Lima, en Cajamarca, en la selva, y en muchas partes del Perú, alejadas, la pregunta es acaso, ¿se puede realizar el acto electoral? La democracia peruana tiene entonces dos problemas simultáneos. En la provincia de Lima, la disputa gira alrededor de la legitimidad de las instituciones que cuentan y certifican los votos. En otras provincias, como Sorochuco, alrededor de las condiciones materiales que permiten votar. Ambos problemas hablan de la fragilidad de aquello que solemos llamar democracia como si fuera una sustancia permanente. Y afirmaré algo que muchos ya deben saber: no existe democracia únicamente porque existan elecciones.

Brasil: la esperanza latinoamericana también puede ser derrotada en las urnas

Brasil introduce una escala distinta. Durante los últimos años, Luiz Inácio Lula da Silva ha adquirido para sectores de la izquierda latinoamericana una dimensión que excede la política brasileña. La primera vuelta del 4 de octubre lo demostró. Flávio Bolsonaro obtuvo aproximadamente 47 % de los votos válidos y Lula alrededor de 45 %, por lo que ambos pasarán a la segunda vuelta del 25 de octubre. [5] Brasil ocupa una posición excepcional en América Latina. Es una potencia agrícola, energética y minera, mantiene a China como uno de sus principales socios comerciales y posee una relación estratégica con Estados Unidos. NPR recogía precisamente esta dimensión al preguntar cómo la elección podría modificar las relaciones brasileñas con Washington y Pekín. El analista Brian Winter llegó a describir a Brasil como Trump’s biggest prize. [6] La frase puede sonar exagerada, pero señala que las elecciones nacionales también distribuyen posiciones dentro del sistema internacional. En 2022, cuando Lula ganó la segunda vuelta por apenas 1,8 puntos porcentuales, sectores cercanos a Jair Bolsonaro (padre de Flávio Bolsonaro) comenzaron a difundir la sospecha de fraude en el sistema de urnas electrónicas. Esa narrativa, amplificada por plataformas como X, de Elon Musk, degeneró en el intento de golpe de Estado del 8 de enero de 2023, cuando Lula llevaba apenas una semana en el poder. Cuatro años después, el fantasma ha vuelto. Y esta vez, el escenario es más complejo porque se ha convertido en un negocio.

El escándalo del Banco Master, considerado el mayor fraude financiero de la historia de Brasil, se ha convertido en el protagonista inesperado de la campaña electoral. Daniel Vorcaro, dueño del banco y hoy en prisión preventiva, tejió una red de favores que involucra a legisladores, funcionarios del Banco Central y magistrados de la Corte Suprema. Flávio Bolsonaro, el candidato que ahora disputa la presidencia, es investigado por posibles delitos de corrupción, lavado de dinero y evasión de divisas tras haber solicitado a Vorcaro 12 millones de dólares para financiar una película sobre su padre. La campaña se ha convertido en una disputa por ver quién queda más manchado, y el electorado, atrapado entre dos opciones contaminadas, asiste al espectáculo con una mezcla de resignación y cinismo. Pero, hay un elemento que merece una atención particular: la intervención extranjera. El periodista Plínio Teodoro menciona en Forum [7] que la Policía Federal de Brasil ha abierto una investigación sobre la posible interferencia de Estados Unidos en las elecciones, y un diputado del PT ha solicitado al Supremo Tribunal Federal que investigue si el argentino Fernando Cerimedo, el estratega digital de la ultraderecha latinoamericana, utilizó desde Bolivia una granja de bots para interferir en el proceso electoral brasileño. Cerimedo fue indiciado en 2024 por participar en la difusión de la narrativa de fraude tras las elecciones de 2022, y en agosto de este año fue detenido en Bolivia, reabriendo la investigación sobre la transmisión en la que presentó un supuesto dossier destinado a sostener que había existido fraude en las urnas electrónicas brasileñas. La figura de Cerimedo es importante porque revela algo que trasciende el caso brasileño. ¡El fraude electoral se ha convertido en una industria transnacional! No se trata de que las elecciones sean efectivamente fraudulentas, se trata de que la sospecha de fraude se ha vuelto una herramienta de movilización política que puede ser importada y exportada. El cerimedo trend, como se me ha ocurrido llamarlo, consiste en sembrar la duda sobre el sistema electoral para que, cuando el resultado no favorece a un candidato, la deslegitimación esté ya preparada. Es una forma de hacer política que no necesita ganar las elecciones para producir efectos porque le basta con que la gente deje de creer en ellas.

Flávio Bolsonaro, Fernando Cerimedo y Eduardo Bolsonaro – Flávio Bolsonaro, Fernando Cerimedo y Eduardo Bolsonaro (Mauro Pimentel / AFP)

Bosnia y Herzegovina (y Sarajevo)

Quizá ninguna elección permita observar con mayor claridad la relación entre memoria, territorio y política que la de Bosnia y Herzegovina, y sin embargo es el menos viral. El país acudió a las urnas el 4 de octubre en un sistema institucional construido sobre los Acuerdos de Dayton de 1995, después de una guerra que dejó más de 100.000 muertos y desplazó a millones de personas. La estructura política resultante intentó administrar la división entre bosníacos, serbios y croatas mediante una compleja arquitectura institucional que, décadas después, continúa produciendo bloqueos. [8]. La participación fue del 42,02%, una cifra baja que refleja una profunda apatía. Los resultados confirmaron la continuidad del mapa político dominado por los partidos nacionalistas de las tres comunidades constituyentes del país: los bosnios musulmanes, los serbios y los croatas

Los resultados de estas elecciones vuelven a mostrar el peso de las fuerzas nacionalistas. La figura central es Milorad Dodik, el político nacionalista serbobosnio y prorruso que, desde su posición en la República Srpska, ha construido una carrera política sobre la amenaza permanente de secesión. Su candidata a la presidencia tripartita, Željka Cvijanović, obtuvo el 55,41% de los votos en la entidad serbobosnia (La vanguardia, 2026). Dodik no se presentó directamente a las elecciones, pero su influencia se extendió por todo el proceso. Milorad Dodik proclamó la victoria de su partido, informaron los medios, y en sus declaraciones posteriores agradeció a Donald Trump y a Vladimir Putin. La referencia a Putin no es casual: Dodik ha sido durante años el principal aliado de Moscú en los Balcanes, y su discurso separatista se alimenta de la narrativa de que la República Srpska debe unirse a Serbia, ignorando que ese proyecto implicaría la desintegración del Estado bosnio.

Los otros dos bloques nacionalistas no ofrecen una alternativa mejor. El partido bosníaco SDA, liderado por Denis Bećirović, obtuvo el 26,78% de los votos en la Federación Bosnio-Croata, y su programa se centra en reforzar el Estado central y avanzar hacia la integración en la Unión Europea y la OTAN. El HDZ BiH, el partido nacionalista croata, exige reformas electorales que garanticen una representación étnica pura, lo que en la práctica significaría profundizar la segregación territorial. Y en medio de este laberinto institucional, una coalición multiétnica liderada por el SDP intenta romper el discurso de la división, pero su impacto es marginal frente a la maquinaria de los partidos nacionalistas.

La paradoja de Bosnia es que su sistema político fue diseñado para evitar una nueva guerra, y en ese sentido ha funcionado, pero  el precio ha sido la parálisis institucional y la emigración masiva de jóvenes que abandonan el país ante la falta de horizontes económicos. Las elecciones de esta semana no resuelven ninguno de esos problemas, los reproducen con la precisión de un mecanismo que nadie sabe cómo detener. Bosnia no puede olvidar su guerra. Pero tampoco puede quedar condenada a repetirla discursivamente en cada elección.

Coda

Las elecciones de esta semana en Perú (regionales y municipales), Brasil y Bosnia y Herzegovina no comparten una misma historia ni responden a las mismas causas. Perú es un país donde la fragilidad institucional se ha convertido en el rasgo permanente de su vida política, y donde un candidato puede amenazar al árbitro electoral sin que ello le impida ganar. Brasil atraviesa una disputa entre proyectos ideológicos que también define su posición frente a las grandes potencias y enfrenta una guerra informativa alrededor de la legitimidad electoral. Bosnia es un país donde la democracia fue diseñada para evitar la guerra y ha terminado produciendo un laberinto institucional que nadie sabe cómo habitar. Quizá por eso mirar estas elecciones únicamente desde sus resultados sea quedarse en la superficie del problema. Los porcentajes nos dicen quién obtuvo más votos, dicen mucho menos sobre las condiciones sociales que producen esos votos. Detrás de cada elección existe una sociedad atravesada por desigualdades, territorios abandonados, trabajos precarios, servicios que no llegan, instituciones desacreditadas y comunidades que llevan años aprendiendo a desconfiar de quienes dicen representarlas.

La política electoral suele presentarse como el momento en que el pueblo habla, pero conviene preguntarnos qué ocurre cuando termina de hablar a través de la urna y vuelve a su vida cotidiana. El poder político no se agota en el Estado, se encuentra también en la distribución de la riqueza, en quién controla los recursos, en quién puede decidir sobre un territorio, en quién tiene acceso a información, en quién dispone del tiempo para participar y en quién debe dedicar toda su existencia a sobrevivir. Una democracia formal puede reconocer jurídicamente la igualdad de cada voto mientras conserva profundas desigualdades en las condiciones materiales que hacen posible ejercer esa ciudadanía. El ciudadano que deposita su voto no aparece en el mundo como una conciencia abstracta, llega a la urna desde una determinada posición social, desde un territorio, desde una historia de trabajo, de exclusión, de violencia, de expectativas y también de derrotas.

Se debe recuperar la democracia de su reducción al momento electoral. Porque votar importa, importa muchísimo. Pero votar cada cuatro años no puede ser el horizonte máximo de una sociedad que pretende llamarse democrática. La democracia tendría que extenderse hacia el trabajo, hacia el territorio, hacia la economía, hacia los servicios públicos, hacia la memoria y hacia las decisiones sobre los recursos que hacen posible nuestra existencia. Tendría que significar también que quienes producen la riqueza puedan disputar su destino; que quienes habitan un territorio puedan participar en las decisiones que lo transforman; que las comunidades puedan defender sus condiciones de vida; que la política deje de ser el privilegio de quienes poseen dinero, tiempo, exposición pública o acceso permanente a las instituciones.

Después de la urna empieza, en realidad, la parte más difícil. Porque allí hay que disputar las condiciones que hacen posible una vida digna y una comunidad capaz de decidir sobre sí misma. Y esa disputa, a diferencia de una elección, no termina el día del escrutinio.

Notas

[1] Perú / Lima. El flash de Datum ubicó a Renovación Popular, con López Aliaga como primer regidor de la lista, https://elperuano.pe/noticia/306106-boca-de-urna-renovacion-popular-312-allison-252-bruce-159-y-urresti-87 

[2] Amenaza sexual. Infobae documentó las expresiones dirigidas contra Roberto Burneo https://www.infobae.com/peru/2026/04/16/politicos-consideran-que-rafael-lopez-aliaga-profirio-una-amenaza-de-agresion-sexual-a-roberto-burneo-jefe-del-jne/ 

[3]Diario Andina, sobre Ánchash https://andina.pe/agencia/noticia-erm-2026-ancash-conflicto-tras-jornada-electoral-deja-un-muerto-y-un-policia-herido-1094694.aspx 

[4] Sorochuco. La Defensoría del Pueblo y el Ministerio Público confirmaron el incendio en el colegio David Sánchez Infante, https://andina.pe/agencia/noticia-sistema-electoral-suspende-elecciones-colegio-celendin-tras-registrarse-incendio-1094546.aspx 

[5] Brasil. Reuters informó que Flávio Bolsonaro obtuvo aproximadamente 47 % frente a 45 % de Lula y que ambos pasan al balotaje del 25 de octubre. 

[6] Geopolítica Brasil–EE. UU.–China. NPR destaca la importancia estratégica de Brasil para Washington y su simultánea dependencia comercial de China; la expresión “Trump’s biggest prize” aparece en la entrevista con Brian Winter. 

[7] Nota de Plínio Teodoro  para forum https://revistaforum.com.br/politica/cerimedo-live-do-golpe-em-2022-granja-de-bots-flavio-bolsonaro/ 

[8] Bosnia. La estructura electoral y territorial actual deriva de los acuerdos de paz posteriores a la guerra de 1992–1995 https://www.aljazeera.com/news/2026/10/4/economic-woes-ethnic-rivalries-shape-bosnias-closely-watched-elections  https://www.theguardian.com/world/2026/oct/04/bosnian-serb-nationalist-dodik-declares-party-victory-in-bosnia-election 

https://efe.com/mundo/2026-10-03/peru-elecciones-locales-polemica-reeleccion-alcalde-2026/ 

https://www.reutersconnect.com/item/peru-held-its-third-election-of-2026-to-elect-regional-and-municipal-officials/dGFnOnJldXRlcnMuY29tLDIwMjY6bmV3c21sX09XTFRBQzhMS0ZZOEpEUFE4RlZTN0VSN0lPMDc3Vg?utm_source=chatgpt.com