LA RAIGAMBRE DE LOS TOLUQUEÑOS
La raigambre de los toluqueños puede convertirse en una fuerza para rescatar la ciudad, siempre que el arraigo no sea solo nostalgia por lo que Toluca fue, sino también compromiso con lo que todavía puede llegar a ser.
El primer reto está en comprender que, en las últimas ocho décadas, han convivido en Toluca distintas generaciones: los baby boomers(1946–1964), la generación X (1965–1980), los millennials o generación Y (1981–1996), la generación Z (1997–2012), la generación Alfa (aproximadamente 2010–2024) y la generación Beta (desde 2025).
Para esta reflexión tomaré en cuenta únicamente las cuatro primeras y las agruparé en dos periodos: de 1946 a 1980, con los baby boomers y la generación X; y de 1981 a 2012, con los millennials y la generación Z. Aunque esta división podría parecer arbitraria, tiene sentido si pensamos que hasta 1980 Toluca conservaba un aire provinciano y que, a partir de 1981, comenzó a consolidarse como la gran ciudad capital del Estado de México.
En mi caso, como baby boomer, mi raigambre está hecha de los Portales, la Alameda y el Paseo Colón; de sus deliciosas tortas y de los tacos a cualquier hora; de la Bombonera y nuestros queridos Diablos Rojos del Toluca; de una ciudad segura, que podía recorrerse a pie a cualquier hora, y, por supuesto, de la recién inaugurada Feria del Alfeñique.
Quienes nos sentimos parte de nuestra ciudad no la vemos como un simple lugar de paso. Reconocemos sus calles, sus barrios y sus costumbres; guardamos en ellos recuerdos propios y compartidos. Esa relación genera una responsabilidad: cuidar aquello que queremos y participar en los cambios que hacen falta.
Toluca posee una identidad formada por muchas generaciones y distintas capas: la memoria de sus barrios, la vida de sus mercados, sus tradiciones, su clima, sus paisajes y el esfuerzo cotidiano de quienes la habitan. Pero la identidad no debe servir para justificar el deterioro ni para conformarnos con una ciudad que no responde a las necesidades de su gente. Al contrario: puede ser el punto de partida para exigir calles sin baches, transporte digno, espacios públicos seguros y servicios que funcionen.
Rescatar Toluca no significa idealizar el pasado ni esperar que alguien más resuelva todos sus problemas. Significa reconocer que la ciudad también se construye con las decisiones de quienes la habitan: en la forma de cuidar los espacios comunes, de involucrarse en los asuntos públicos y de elegir a quienes tendrán la responsabilidad de gobernar.
La raigambre puede convertirse en esperanza cuando se transforma en acción. Se expresa al conversar sobre el futuro de la ciudad, organizarse con los vecinos, señalar lo que está mal y respaldar soluciones duraderas, no solo cambios de apariencia. Querer a Toluca implica pedir cuentas y participar; también imaginarla mejor y trabajar para hacer realidad esa posibilidad.
Una ciudad no se rescata únicamente desde el gobierno ni exclusivamente desde la ciudadanía. Se rescata cuando ambas partes asumen su responsabilidad: las autoridades, cumpliendo y rindiendo cuentas; los habitantes, cuidando, proponiendo y vigilando. El arraigo une esas tareas porque nos recuerda que Toluca no nos es ajena: es nuestra casa común.
Quizá ahí esté la motivación más profunda: no queremos una Toluca distinta porque hayamos dejado de quererla, sino porque la queremos lo suficiente para no resignarnos a verla deteriorarse. La raigambre no consiste en quedarse anclados en lo que fue. Es echar raíces para tener la fuerza de cambiar lo que no funciona y construir una ciudad a la altura de quienes la llamamos hogar.

