TIEMPOS DE LLUVIA
De abril a octubre de 2026, con contadas excepciones, la lluvia ha dominado el ambiente.
A veces las gotas que pegan en la ventana, quieren guarecerse de la lluvia y otras veces caniquitas de hielo bajan del cielo.
Las negrísimas nubes se aprestan a vaciar su contenido. El viento mueve las hojas de los árboles. El cielo da fortísimos eructos. La señora corre al patio a quitar la ropa del tendedero que el sol ya secó. En unos segundos más, al compás de fuertes truenos, la lluvia llega en ráfagas. A lo lejos atruena el cielo y uno que otro rayo rasga el gris ceniciento de la tarde.
El aguacero toma fuerza. Los bombazos del cielo se suceden como lejanos cañonazos de la guerra entre las nubes. Inmediatamente percibimos el tintineo de las gotas en el cristal de la ventana.
Principios de Octubre. Cuerpos que se empapan. Corretizas entre cortinas de lluvia; zapatos que rechinan al llegar a casa. Atmósfera cargada de electricidad. El cielo apedreándonos con uvitas de agua.
Termina el chaparrón. El arroyo parlero que acaba de nacer. Las ventanas que se limpian las ultimas lágrimas… y afuera, el pasto cuajado de gotitas que el viento mueve como verde cabellera al salir de la ducha.
De las distintas épocas del año, hoy nos tocó un tiempo aguado. No descarto con esto a los que gustan del febrero papalotero, en donde el aire hace que la tierra salude al cielo. O del gusto del batallón mayoritario, celebrante de la dulce primavera. Hoy, en un día se dan las 4 estaciones y en este año permeó la lluvia.
También –reconozcámoslo- existe buena dosis de poesía en lo atardeceres otoñales: el crepitar de las hojas secas y el oro del campo. Y en fin, otros habrá que gusten del tiempo invernal.
De ese tiempo fin de añero, preñado de nostalgia y matizado de intenso frio, empero este año fue aguanoso, lo que alegra a los sembradores y molesta a los citadinos. Sin embargo, a mí esta época es la que más me gusta. Me agrada caminar bordeando charcos, mirándome en ellos y descubrir lombrices nadadoras. Empaparme el rostro con el primer chubasco de lluvia. Aspirar el inconfundible olor a tierra mojada. Descifrar los mapas que en el pavimento deja la lluvia recién terminada.
Y ese hálito de vida: ver pastizales por doquier, asistir al parto de hierbas y flores que al igual que sapos, con la lluvia renacen. El jardín lleno de vida, en un metro cuadrado hormigas veloces, un brincador chapulín, una telaraña que por la lluvia necesita remiendo. Ese cuadro antiquísimo -¿Dónde lo vimos?- de ganado pastando en un valle sin fin, y la lluvia cayendo.
Tiempo precioso. En los mercados se agolpa el frutero del trópico: almibarados, jugosos, petacones mangos. Las peras: cuerpo de mujer, por supuesto, con su bien escondido corazón. Las olorosas piñas con sus grecas amarillas y su penacho verde. La sandia, que nos recuerda el célebre Hai Kai de José Juan Tablada: Del verano roja y fría carcajada, rebanada de sandia.
Y las verduras no se quedan atrás las calabazas tiernas con sus amarillas flores.
¿Recuerdan cuando con cuidado arrancábamos de la flor su pistilo del centro? Ese era un soldado. Formábamos varios soldaditos en el suelo por lo grueso del tallo y ahí estaba nuestro batallón: todos con su enorme casco naranja lleno de pólen.
Y los hongos. Ahí están como en los cuentos de abuelita, agazapados en la maleza. Los vemos imaginándonos que un travieso gnomo acaba de correr ahí.
Y los hongos de maíz, mechones negros costras obscuras dentro del verde dominante de hojas y cañas.
Y flores y hongos, sin poemas de por medio.
¡Sabrosura pura en cliente quesadilla!
Tiempo de lluvias, que llena a la planta de savia tonificante, que empapando a la tierra hincha las raíces y de ahí se llena de sangre transparente todo el vegetal.
En nuestra tierra de maíz; océano de verdor.
Y en las tardes de lluvia el elote tierno que humeando su hervor sale del vaporoso tambo del vendedor callejero: ¿se lo doy con chile sal y limón? O como ahora, que quien sabe quién invento embadurnarlo de queso en polvo y mayonesa.
Y en la noche, las calles brillantes de la lluvia, reflejando el alumbrado callejero. Sombras de transeúntes se reflejan, agrandándose o achicándose como en la casa de los espejos.
Nuestra fría lluvia a la que le gusta presentarse de noche. Ese tic tac que nos obliga a arrebujarnos en el sillón preferido y con el fondo arrullador de su sinfonía, meternos en el fondo de ese libro, o que en nuestra tv de plasma mirar como eliminan a los Yanquis de NY.
O EN SILENCIO tratar de descifrar el sonido de las gotas. Cada sonido diferente, ¿Qué dirá? O el manejar en la lluvia; el que va, el que viene de los limpiadores, el pensamiento de aquel accidente y el que ha de llegar. Y llegando sanos pero mojados, quitarnos el goterío sobrante, una taza de té caliente, escuchar aquella canción… o escribir de la lluvia, como orita… quizá.
Y la palabra de amor que viene al compás de la lluvia. Aliada de los enamorados, les da el pretexto para esconderse en los más increíbles lugares en los que el susurro de amor, sutil, escondido es ocultado por el eco del llover.
Y viene el recuerdo de la que se fue: Los campos verdes, que de pronto son estadios sin gente. El patio silvestre es el césped de todos. Rebote de pelotas, carreras y el grito estruendoso por aquel increíble gol. Renacen las porterías con dos piedras, el dribling del artista, el corretear un balón.
El campo rebosa de vida, de verdor. Más vitalidad incluso que en primavera, pues hasta hoy apenas el campo llego a su cenit.
Antes era Tiempo ideal para un día de campo. El bosque canta, huele, muestra sus galas, su verde esplendor. Visitémoslo en su día de gloria. Se tiende el mantel en el pasto, que hace correr a las hormigas. Los niños atrás de aquellos árboles, se van a explorar. El hacer aquel ramo de flores silvestres para la reina del hogar.
Tiempo de lluvias, donde hasta puedes actuar: con tu rostro en la lluvia puedes carcajearte y con las gotas e cómplice, nadie sabe si estas de veras riéndote o de puro gusto ya empiezas a llorar.
Truena el cielo y termino de escribir.

