Tan bella

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Siento que con el contrato de confidencialidad de mi vida está limitada a la cláusula.

̶ ¿Es grave?

Me contaron que a María Elena a los sesenta y cinco años  todo  le cayó encima.

Dicen que se dio cuenta tarde. La diagnosticaron con cáncer terminal, mi papá la atendió a bien morir en su casa; tuvo la sangre para mirarla quebrarse ante la aguja y las quimioterapias.

̶ El cuerpo, a veces, aguanta poco; ella no era de jade y la piedra también se rompe.

Sin embargo desde que me enteré de su existencia tengo urgencia de no estar, deseo salir corriendo en cualquier dirección, pero los pies no responden.

Desde entonces camino mucho, mis vías respiratorias tienen deterioro, el smog, siempre el smog.

Disfruto mirar las calles desiertas mientras el sol está por salir ¡es tan diferente la ciudad cuando el sol aún no asoma! Pero la rutina me indica que tengo que tomar el autobús al diez para las seis para llegar a tiempo al trabajo. He abandonado el arte de arrastrar los pies por el asfalto.

Últimamente me da por observar por la ventanilla mientras viajo en el autobús, es peligroso, pero no puedo concentrarme en el libro que cierran mis manos porque los sonidos hipnotizan y la oscuridad atrapa. Las sombras que perfila el alumbrado público son tenebrosas y provocan escalofríos y mi curiosidad.  Y es momento de anunciar la bajada.  Hago sonar el timbre y me apresuro.

Ir a tiempo no es suficiente cuando te arrastra el deseo de anclarte al árbol de la esquina; estoy segura que la cotidianidad me está deteriorando.

Luego, ésta olla exprés que cargo en la sangre. Esa necedad de llenarme de palabras, de buscar la línea que te de pauta a otra y otra;  escribir eso que callas o se despierta por no beber el café a la hora.

Pero  mis divagaciones, se vieron interrumpidas por lo de María Elena: subiendo el autobús en la madrugada, viajando setenta y siete kilómetros para ir a la guardería,  preparando ropa, desayuno. El niño en el mejor colegio. Sus tardes con respiros de Frank Sinatra  y el baile de salón donde conoció al abuelo.

Pero la vida no es miel. El abuelo era casado y tenía hijos por doquier.

Es cierto,  los pasos de María Elena nunca llegaron a mi casa. No la conocí bien.

Pienso que quizá la mató la decepción. Papá a sus cuarenta y seis años no sentaba cabeza y para rematar le sonsacó que carne de su sangre anduviera circulando por las calles de una ciudad tan bella.