Miércoles

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Sales a una cerveza después del trabajo y descubres que los sitios frecuentados ya no son tus sitios, que éstos se siguen llenando de jóvenes que, en pleno miércoles, buscan –como tú– calmar el ansia del mismo miércoles.

Ves a tu llegada la mirada del cadenero, del mesero, del homosexual de la mesa de al lado y hasta la del cajero; todas coinciden: ¿qué hace éste aquí?

Los sitios que creíste tuyos no son más que negocios construidos por tantos clientes como tú; la fidelidad fue siempre unilateral. Eres viejo.

Sacas un libro y en medio del ruido intentas leer a Federico García Lorca: ¡eres ridículo aparte de viejo!

Descubrirás amargamente que el Rock marchó poco a poco entre los altavoces hasta desvanecerse por completo. Descubrirás también que eres el único espécimen de tu edad entre las mesas: prisionero del tiempo, solitario que no ha podido aprender las costumbres del hogar.

Quieres relajarte, buscas la conversación amena que acostumbras. Sin embargo, te hallas parloteando a gritos, irritándote porque tu compañía no logra escuchar lo que quieres expresarle. Desesperas y gritas –otra vez–  ¡Nada! ¡No dije nada!

El reggaetón patea  sin cesar tus bolas, no toleras esa muletilla de tambor barato, ni al que canta como idiota aquellas frases soeces. Deberíamos hacer una marcha contra esta mierda, piensas. Luego recapacitas: de nada sirven las marchas. Además, las marchas están de moda. Tú odias las modas. En el supuesto de que la montaras, ¿quién andaría contigo? Sondeas alrededor: nadie está a disgusto con la música. ¿A quién convencerías de romper esa estridencia  absurda?  Si todos, cuantos miras se mueven al ritmo del beat; el gay no deja de sacudirse en tu espalda, te escupe al oído esa letra tan profunda, casi cortante: Criminal, cri-criminal. Tu estilo, tu flow, baby muy criminal. Toda su mesa, al igual que todas las mesas se unen en coro.

Te hallas solo.

Tu cerveza apenas está a la mitad. La liquidas de un sorbo y ordenas la cuenta más un tequila derecho.

–Listo– balbuceas después de beberlo y clavas los pies en el piso. Aún hay trazos de dignidad en el aire. Te marchas antes de que sea imposible rescatarlos.