Urgen límites

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El éxito o fracaso de una buena educación radica en poner límites; sin ellos, las personas crecen con la convicción de que todo es permitido, de que no existe razón alguna para medir sus comportamientos. Pase lo que pase, no hay autoridad alguna que les explique que eso que están haciendo, va en contra de la armonía y la sana convivencia.

 

Si en el seno familiar el pequeño o adolescente no entiende que no puede, por ejemplo, dormirse a altas horas de la noche, el resultado serán jóvenes que acabarán más desgastados que el promedio por la falta de horas de sueño; en casos más extremos, jóvenes adultos que no tienen empacho en dormir hasta medio día o más tarde, porque nadie les indica el camino.

 

De igual manera, cuando un joven toma cosas que no son de su propiedad, y nadie le dice enfáticamente, que eso es incorrecto, acabará por acostumbrarse a obtener todos aquellos lujitos que desea, sin que haya esfuerzo de por medio. Es incomprensible cómo, en la sociedad moderna, hay padres o madres que, aún a sabiendas de que sus queridos retoños agarran las cosas de los demás, no son capaces siquiera de hablar con ellos para evitar que esa conducta se repita.

 

Un hábito, dicen los cánones, toma 21 días en adquirirse; es urgente enseñar a los padres de las nuevas generaciones que, para la probabilidad de un mayor éxito en la formación de sus hijos, es toral establecer hábitos en las actividades más comunes de la edad escolar: levantarse temprano, cumplir con las tareas asignadas, comer en tiempo y forma, y dormir lo más temprano posible.

 

Lo mismo sucede en el ámbito social; si una persona transgrede la ley, el sentido común nos diría que tiene que pagar por ese acto antisocial que ha cometido, lo que quiera que eso signifique: una multa, un arresto o incluso la cárcel.

 

Desafortunadamente, quienes tienen la obligación de hacer cumplir las leyes, en lo micro y en lo macro, sencillamente no lo hacen. Tenemos cientos de miles de padres o madres de familia que, o porque no están (tienen una vida social amplia), o porque argumentan cansancio, o porque simplemente no les interesa, dejan de supervisar a sus hijos y les permiten hacer lo que sea, subrayo, lo que sea.

 

Para cuando quieren tomar cartas en el asunto y buscan corregir esos desatinos, el tiempo ya se ha encargado de construir conductas que, no sólo son asimiladas y repetidas por los jóvenes, sino que se asumen como verdaderas por cada interlocutor. Esto da como resultado una juventud que no entiende razones y se comporta de formas inexplicables, sin una figura de autoridad sólida que les allane el camino.

 

Que grave resulta cuando una madre de familia en lo micro, o un gobierno en lo macro, no asumen ese rol de autoridad y se transforman en figuras permisivas que justifican todo lo que sus hijos o ciudadanos realizan, so pretexto de las libertad o de poner en riesgo a más personas.

 

Hacen falta límites; como sea. Como personas no podemos permitir que las nuevas generaciones hagan de su vida y la nuestra como un verdadero juguete; mucho menos que una instancia de gobierno sea capaz de doblegarse ante el adversario, pretextando conciencia o humanismo.

 

¿En dónde quedó la chancla voladora?  Misterio sin resolver.

 

horroreseducativos@hotmail.com