No hay quien respete la vida mejor que los muertos
Nada como escribirle a los muertos, pareciera que ellos entienden lo que uno lleva, lo que uno tiene que decir. Aquí en la tierra hay que abrirse paso entre la gente para poder llegar al trabajo, al café, al autobús; a todos lados. En cambio, los que ya se fueron, por decir algo, siempre están atentos, miran –dicen unos– desde el cielo, pero pienso que es junto a nosotros donde andan.
Cuando se habla de ellos igual aguardan en silencio, dejando que las cosas pasen, que se conviertan poco a poco en realidad, que se siga construyendo el mundo ya sin ellos. No vienen a quejarse, no alegan por la comida, porque cambió el horario, porque alguien volvió a beber.
Uno aquí está dispuesto a desenvainar por la mínima razón; a romperlo todo en un y mil instantes más. No hay silencio ni paz en el oído, destruimos lo que se atraviese y queremos ir más lejos.
Mas luego viene el 2 de noviembre y entonces uno hace que valora los consejos, las caricias, los recuerdos. Y llevamos flores y corridos a las tumbas, y comemos en familia y nuestros muertos la pasan bien también aunque sepan que en unas horas todo habrá de derrumbarse nuevamente

