Vivimos simulando

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La necesidad de aceptación por la que estamos dispuestos a traicionar nuestra propia esencia es, en los hechos, una cadena de eventos desafortunados.

Nos encanta la simulación, y buscamos legitimar nuestro ser con base en supuestos, exageraciones, mentiras y verdades que, por supuesto, sólo nosotros poseemos.

Al compás de esta necesidad, descubriremos cientos de miles de personas en el mundo (aunque más notorio en México) que gustan de teorizar prácticamente todo aquello que les rodea y siempre tienen la respuesta precisa e infalible ante los retos del entorno, aunque su realidad muestre situaciones dignas de terapia inmediata, psiquiátrico o ministerio público.

Esa misma necesidad, convierte a cualquier persona en experto, porque esa imagen de sabelotodo y dominador de la situación resulta atractiva y es bien vista por quienes gustan de quedarse con lo primero que les cuentan.  Desafortunadamente hay quienes siguen comprando espejitos y se dejan marear por cualquier ola.

La única manera de mostrar lo que verdaderamente somos es con nuestra experiencia de vida; de nada sirve ostentar, incluso un grado académico, si ese saber no se ve reflejado en lo que hacemos cotidianamente.

Tomar un curso o diplomado en cocina no necesariamente te permite ostentarte como chef, acudir a un seminario de educación no te convierte en maestro, presentarte en una conferencia sobre mercadotecnia no te avala para presumirte como mercadólogo. ¿En dónde están tus creaciones culinarias?, ¿Cuál es tu palmarés didáctico?, ¿Cuántas campañas publicitarias has encabezado con éxito?

Vivimos simulando, tratando de convencernos y convencer a los que me rodean que tengo la capacidad de ser bueno en algo; vuelvo a diferir, solamente podemos mostrar lo que somos si tenemos resultados de vida.

El buen padre o la buena madre no es aquella que hace alarde de todo lo que hace (a veces en el discurso) por su hijos; será aquel o aquella que puede voltear a verlos y recoge los frutos de ese trabajo, reflejados en buenos resultados escolares, consistencia en sus acciones, respetuosos de sus mayores, con hábitos sólidos, acciones que, en conjunto,, dan una calma invaluable, además, sin necesidad de estar diciéndole al mundo, las cosas caen por su propio peso.  Los intangibles resultan mucho más valiosos en el mundo moderno.

Vivimos simulando porque, a la menor provocación, aprovecho la oportunidad para expresar lo que desde mi vasta experiencia se tendría que hacer para solucionar tal o cual problema. En un alto porcentaje de los casos, esas personas quieren evangelizar sobre temas que ni ellos mismos controlan.

Todos somos expertos en decirle al otro cómo debe educar a sus hijos, aunque los propios estén en la calle de la amargura; igual sucede con los consejos matrimoniales, de trabajo y hasta de esparcimiento.   Pura teoría, puro afán por mostrarnos como personas valiosas.

Detrás de las personas que fingen una vida congruente hay fallas serias, y es tan miserable su vida, tan grande su pesar, su decepción, su enojo con la vida y el mundo, que prefieren adelantarse antes que ser descubiertos.

¿No sería más simple aceptarnos y enmendar el camino?

No hay peor ciego que el que no quiere ver, neta.

horroreseducativos@hotmail.com