La Benemérita Escuela Hogar: Del padre Galdós a don Filiberto Parte I
En 1775 el fraile carmelita don Miguel Ortiz de Galdós, profundamente conmovido por la situación de apremio en que se veían las jóvenes huérfanas de buenas familia, virtuosas, expertas amas de casa y de no mala fechada, pero que no se podían casar por falta de dote, cedió toda su fortuna “muy considerable para aquella época”, según Francisco Javier Gaxiola, con el fin de hacer posible la dicha matrimonial de las niñas expósitas en edad de merecer el tálamo nupcial.
Históricamente, es en estas extras condiciones como se inicia a nuestra provincia la labor protectora del sexo femenino: primero, capacitándolas a través de los conventos de hacendosas monjitas con las labores propias del hogar y luego, poniéndolas en condiciones económicas propicias, de modo que los galanes de su tiempo se pudieran fijar en ellas con fines matrimoniales. Cabe mencionar que los huérfanos, lo mismo niñas que niños, corrió siempre por cuenta de las religiosas enclaustradas, sólo que no era posible que todas las jóvenes recogidas por la inclusa profesaran en la vida conventual, incluso en algunas por la falta de vocación, de modo que hacía preciso que de alguna forma estuvieran dispuesta y en condición de llevar a cabo un buen enlace.
No sólo Miguel Ortiz de Galdós fuera el único benefactor de estas niñas, sino que también San Nicolás de Bari, Obispo de Antioquia, en el Asia Menor, quien se apiadó también de un grupito de muchachas buenas y hogareñas, pero sin fortuna. Conmovido por la vocación matrimonial de las niñas (única que les permitía las tristes condiciones de esa época), les aconsejó una cruda noche de invierno que dejaran sus medias en la ventana de su recamara, ya que en ocasiones los ángeles bondadosos las solían llenar de obsequios. No fueron los ángeles, pero sí el amoroso cura quien pasó por la calle, a las altas hora de la madrugada y puso monedas de oro. A la siguiente mañana las niñas casaderas se vieron en posesión de una pequeña fortuna, que las volvió sumamente atractivas a los ojos de los muchachos casaderos y poco después el mismo San Nicolás, los casaban. Este es el origen de Santa Claus, los regalos y las medias que hoy se cuelgan del árbol navideño, por lo peligroso que resulta colgarlas de la ventana, con riesgo de que a la mañana siguiente no encontremos ni las propias medias.
De todas esas historias, que no dejan de tener su toque de romanticismo, lo que nos interesa que se reconocía y permitía a las mujeres era la del matrimonio. En otras palabras, los hombres consideraban que las mujeres no servían para otra cosa que para los sacramentales deberes del matrimonio y del cuidado de la casa y los hijos: progresar estos últimos, amamantar, zurcir, lavar pañales, planchar, barrer y preparar la comida.
Aquí en Toluca la institución creada por el carmelitano Ortiz de Galdós se conservó hasta los tiempos del coronel Villada. En la Gaceta de Gobierno del 29 de agosto de 1908, Francisco Javier Gaxiola indica claramente que el capital donado por el precursor fe la protección femenina y que primitivamente administraron los frailes de la Orden del Carmelo, pasó en 1861 a manos de la Junta de Beneficencia creada por las Leyes de Reforma y la Constitución de 1857.
Para evitar y merma y consumación, este dinero se invertían y de los intereses que arrojaban los días 13 de agosto de cada año se realizaba un sorteo de dotes de 200 pesos cada una, entra las jóvenes de los 16 a los 25 años, huérfanas de padre, por lo menos, vecinas de Toluca, “pobres, solteras y de irreprochable conducta”.
Posteriormente, Francisco Javier Gaxiola comenta que durante los años de 1904 a 1906, a propuesta del Presidente de la Junta, don Miguel Amador, se aplicó el dinero de las premiadas a interés bancario y sólo les era entregado el producto de los réditos. El total lo recibían al casarse o cuando llegaban a los 35 años sin encontrar galán. Protestaron las chicas, también la Junta y toda la sociedad toluqueña y para 1907 se estaba volviendo a la costumbre de entregarles todo el dinero.
