Juana Inés
De ella, todos sabemos algo, de una manera intrusiva nos han contado su origen, su nacimiento en San Miguel Nepantla, en el Estado de México, la tortuosa historia de su madre (al no unirse en matrimonio eclesiástico con el padre), cómo ha sido casi imposible determinar la fecha de su nacimiento al ser encontrada una fe de bautizo como María, hija de la Iglesia en Chimalhuacán, misma que se atribuyó a la hermana menor de Juana Inés. Su condición de ilegítima, la perseguiría hasta su testamento.
Sus primeros años de infancia, cómo aprendió a leer a los tres años y el latín en veinte lecciones, los estudios a hurtadillas en la biblioteca de su abuelo, aquella extraña historia del corte de tres dedos de altura del cabello cada vez que no aprendía la lección y el mito de desear vestirse de hombre para asistir a la universidad.

Sólo en aquél lugar, La Hacienda de Panoaya, en Amecameca, se respira a la niña Juana Inés, rodeada de la naturaleza profusa de aquella época y por vista cotidiana, los volcanes del Valle de México, Popocatépetl e Iztaccíhuatl. Amplios corredores y una cocina que sería un lujo en aquellos tiempos de experimentación gastronómica basada en saberes y sabores todavía prehispánicos.
La Capilla de San Miguel, refugio de la escolapia, lugar donde la niña leía a escondidas los libros prohibidos.
Lejos de los títulos barrocos de aquellos libros encerados, se dibuja una criatura adorable, una mente deslumbrante cuya fuerza y valentía mantiene ecos en nuestra actualidad. ¿Quién no la conoce? Nuestra Fénix de América, la Décima Musa, la examinada por 40 doctores en teología, la siempre precisa, barroca, científica. Murió por tifus, ganó la Gloria.

