Salir de la pobreza intelectual

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Pensemos en las reflexiones de un niño que no le cabe en su cabecita que sólo lo que ve y vive sea el todo-total de una existencia a la que ha venido a vivir para después morir. ¿hay algo más fuera de San Pablo Guelatao? Eso es lo que escucha en su cabecita de pelo muy negro, de ojos oscuros como capulines, donde brillan en el día, las muestras de una inteligencia fuera de lo común —de ello murmuran, su tío y quienes le están cerca—; de unos cachetes redondos, que le hacen ver la pertenencia física a su raza zapoteca.

 

De poca estatura, pero ya se ve como un escuincle, que no para en todo el día, al buscar e indagar, por qué son las cosas como son. Eso enseñan las palabras y letras de su libro: Apuntes para mis hijos, no es un libro intrascendente. Es un texto enseñanza para el que quiera entender. Dice, en un momento histórico el Benemérito: Era cruel la lucha que existía entre estos sentimientos y mi deseo de ir a otra sociedad, nueva y desconocida para mí, para procurarme mi educación. Sin embargo, el deseo fue superior al sentimiento y el día 17 de diciembre de 1818 y a los doce años de mi edad me fugué de mi casa y marché a pie a la ciudad de Oaxaca a donde llegué en la noche del mismo día, alojándome en la casa de don Antonio Maza en que mi hermana María Josefa servía de cocinera.

 

Imaginemos el susto del tío y familiares y vecinos buscando al escuincle que posiblemente se ahogó en la laguna mágica de San Pablo, o que anda por los alrededores del pueblo siguiendo a las ovejas y reses, o indagando en alguna cueva o voladero de los montes y montañas. E imaginemos a la hermana al ver como un aparecido al escuincle que es su hermanito, y que ella espera que esté bajo buen resguardo de su tío en el lejano San Pablo. Sólo la inteligencia o la idea de sobrevivir que se da en pocos, permite comprender ese momento histórico que pertenece a nuestra historia patria. Para quienes atacan a Juárez, se les olvida de dónde viene, y todo lo que tuvo que sufrir para alcanzar el objetivo de educarse; para no ser un Antonio López de Santana Anna, del cual Ignacio Ramírez El Nigromante escribe lo siguiente en una revista de la época:

 

No sabré nunca como el mocho traidor no puso la cabeza, en vez de la pata, frente al cañón. Al menos hubiera podido decir, murió glorificado en su intento de salvar a México. Pero prefirió vivir deshonrado, lisonjeado y aplaudido por lo más inútil de este país, que no genera más que cargas espirituales y físicas al pobre pueblo mexicano. Si es cierto que la esposa del señor Santa Anna para los aplausos y lisonjas, debería dar a otros, para que le digan a su esposo lo indigno de su existencia, vida de uno que nació y vivió para causar pena o lástima al pueblo mexicano, que en su histórico destino no merecía a ese personaje, perpetuado en el poder para ser sólo un estorbo y no solución, pero eso sí, rodeando y posándose siempre en el estiércol, las más bellas mariposas. / Por estas palabras, Ignacio Ramírez pisó por vez primera la prisión. Así leo en el texto llamado Ignacio Ramírez / Memorias prohibidas, del investigador Emilio Arellano; libro editado por Planeta en el año de 2009. Palabras de valentía en contra de un poderoso, que como él y Juárez en esos tiempos, han de andar liberales y conservadores, por los terribles caminos de la política del México Bárbaro que ya conocemos.

 

Tenemos la fortuna de estar frente a los más grandes hombres y mujeres que la vida del México independiente ha dado en nuestra historia. Recibir una reprimenda de alguno de ellos por el mal comportamiento, era un juicio que la historia iba a imprimir como hecho consumado. La valentía de Ignacio Ramírez, para decirle al dictador que era sólo un pobre e indigno personaje de aquellos que nacieron para hacer mal a su pueblo; podía suceder porque quien lo juzgaba sabía por sabiduría cultural que cada ser humano —más el que anda en la política— debe tener por fortaleza principal la Virtud, que hace transparente al político en sus acciones, y con ello contar con la simpatía del pueblo, cuando ve que ha laborado por él y no para su bolsillo.

 

Cuando pensamos en la generación que acompañó a Juárez en los momentos de su vida, vemos nombres que se desgranan uno a uno, y todos estos nombres son la gloria de nuestra historia patria. De ahí debemos partir para poder revisar fortalezas y debilidades del Benemérito de las Américas. Con la frase con que se define quién es quién, que dice, que a todo hombre o mujer se le puede medir por la suma de sus cualidades, menos la resta de sus defectos. Juárez nos da las buenas y las malas, y aún así le quedamos debiendo los mexicanos de aquel tiempo y más los actuales: cuando no seguimos su huella para forjar un país de dignidad y decoro. Muchos enseñan sus reflexiones del pasado en el libro escrito: Apuntes para mis hijos, donde escribe siguiendo su infancia:

 

En los primeros días me dediqué a trabajar en el cuidado de la granja ganando dos reales diarios para mi subsistencia, mientras encontraba una casa en que vivir. Vivía entonces en la ciudad un hombre piadoso y muy honrado que ejercía el oficio de encuadernador y empastador de libros. Vestía el hábito de la Orden Tercera de San Francisco y aunque muy dedicado a la devoción y a las prácticas religiosas, era bastante despreocupado y amigo de la educación de la juventud. Las obras de Feijoo y las epístolas de San Pablo eran los libros favoritos de su lectura. Un niño de 12 ó 13 años llega a Oaxaca, y comienza su diario peregrinar para ganar su sustento, encontrar un padrino que le de la mano para salir adelante en todo ese panorama de la gran ciudad que cuenta con restos de una historia milenaria.

 

No es poco nacer en Oaxaca, en el continente americano es un lugar de privilegio que los dioses de las culturas ancestrales tienen en el planeta como sitio de privilegio. En ese mundo que deja el pueblito de las veinte familias. En la capital los retos son mayores. Y todavía no entra a la adolescencia, pero ya ha hecho su mayor aventura, dejar la comodidad, pobre pero que al estar ahí da seguridad, para ir al encuentro con su destino. Nos cuenta, prosiguiendo la lectura de su autobiografía: Este hombre se llamaba don Antonio Salanueva quien me recibió en su casa ofreciendo mandarme a la escuela para que aprendiese a leer y escribir. Mientras nosotros tenemos el privilegio de ir al primer grado de la escuela primaria en el México en el pasado siglo y en el actual, a los seis años entrar a las aulas para aprender a leer y escribir nos parece lo más normal. Benito Juárez, el más grande político de este país —junto con José María Morelos y Pavón— apenas a los casi trece años, ha de comenzar su conocimiento de leer y escribir. Un retraso que sólo corresponde recuperar en genios: como es el caso de Vladimir Ilich Lenin, cuando se ve obligado a presentar en un solo año, todas las materias curriculares en la universidad, para recibir su título de abogado.

 

Se sabe que le estaba negado el ingreso normal a las aulas universitaria, por ser hermano de un terrorista que quiso asesinar al Emperador a finales del siglo XIX. Libro de palabras sencillas Apuntes para mis hijos tiene la facilidad de contar lo que un infante apenas entrado a la adolescencia le lleva a querer saber más que su idioma original el zapoteco. Dice Benito: de este modo quedé establecido en Oaxaca el 7 de enero de 1819. En las escuelas de primeras letras no se enseñaba la gramática Castellana. Leer y escribir y aprender de memoria el Catecismo del Padre Ripalda era lo que entonces formaba el ramo de instrucción primaria. Era cosa inevitable que mi educación fuera lenta y del todo imperfecta. Resume en pocas palabras, pero seguro que él, buscaba y buscaba, para lograr avanzar más en lo que parecía pobre educación, para quien traía por lo menos 6 años de atraso escolar, sin contar que el Castellano no era su lengua original.