UNA PALABROTA DE MI PADRE EN PLENO TEMBLOR ME VOLVIO MORTAL: BOULLOSA

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Estamos en la sede de la Fil de Guadalajara, en el lobby del Hotel Hilton. Carmen Boullosa vino a presentar su libro Cuando me volví mortal, es una especie de ensayo interior, con base a un momento culminante de su vida, el sismo de 1957, cuando se cayeron lo mismo el edificio de Mario Moreno Cantinflas que el Angel de la Independencia.

Carmen estuvo casada con el también escritor y dramaturgo Alejandro Aura, hasta que él murió.

A la ganadora de distinciones como el Premio Villaurrutia o el Anna Seghers, le cuestiono:

¿Cómo y cuando descubrió Carmen Boullosa su oficio de escritora?

Tengo varias versiones. Una de ellas es la que cuento en el libro Cuando me volví mortal, la verdad creo que sí es, pero no estoy segura, porque como tengo otras versiones, tengo que creer en todas las que dije.

En este libro, cuento que cuando tenía tres años, era 1957, cuando el terremoto aquel que sacudió a la ciudad de México, mi papá se sentó en mi cama y empezó a rezar, no sé si me despertó el terremoto o que mi papá se sentara en mi cama o sus rezos.

Empezó a rezar y de pronto oí con toda claridad la voz se le iba alterando, el temblor no paraba, dijo una palabrota del tamaño del mundo y luego el temblor se acabó, pero mi ansiedad, el instante en que mi papá, que era lo que para mí detenía el mundo, perdía toda firmeza y se da cuenta que estábamos en la orilla del fin, me hizo entender que también era mortal.

No lo había entendido o comprendido antes, pero me di cuenta que era mortal.

Ahora también en este libro cuento otro instante en que creo, que me volví mortal y es una vez que mi abuela, también muy pequeñita, debo haber tenido cuatro o tres y medio años, contó que su hermano que acababa de morir había pedido una última voluntad y sus sobrinos no se lo habían cumplido.

Mi tío Epitacio, que en paz descansa, no había tenido su última voluntad y ella creía que era una infamia y adentro de mí, me pregunté cuál sería mi última voluntad y me di cuenta que también, era mortal.

Me imagino, por esto digo que todas mis versiones probablemente son muy ciertas, me imagino que eso que es el despertar de la conciencia, no ocurre una vez y ya de manera definitiva, sino que va ocurriendo como pequeños destellos en una cierta etapa de la infancia, de eso hablo en este libro Cuando me volví mortal.

De eso y de lo que va ligado con lo que es la conciencia de estar vivo y de estar muerto, con el oficio literario, que es un oficio la verdad delicioso, pero que tiene una relación muy estrecha con la muerte, ¿por qué?, porque está ligado con este despertar de la conciencia.

¿Para ser novelista o poeta, es necesario acudir a un taller?

Es necesario acudir a un tirano, lo preferente es que este tirano sea un tallerista.

Todavía recomiendo más, que este tirano maldito, inclemente, que es uno mismo, sea creíblemente severo, no tenga piedad, obligue a una rutina cotidiana, escribir todo los días, sea muy crítico, y también, se atreva a leer sus intentos y sus creaciones con seguimientos, con sus amigos.

Los talleres son buenos en ese sentido, más que el taller y más que el tirano que recomendaría arriba de la lista a los otros autores, no hay escritor que se forme sin haber leído, la lectura es la base elemental de cualquier escritor, leer siempre, leer literatura, leer otras cosas, es importante.

Ese contacto con la palabra escrita y con la palabra literaria, con la poesía no sólo es novelista, es como el agua a la planta, sin eso, no hay, pero también si la planta no tiene sol, que ése es el tirano, la planta no va ningún lado, pero sí, el ojo crítico es imprescindible.

Si no hay ojo crítico, no hay literatura.

Platíqueme su experiencia con el taller de Martín Pescador o del Centro Mexicano de Escritores.

El taller Martín Pescador son dos experiencias diferentes, es más me voy a atrever a contarle que antes de ser becaria del Centro Mexicano de Escritores, fui becaria de Salvador Novo, y en esas sesiones que teníamos una vez al mes leíamos nuestros trabajos y nos los criticábamos los unos a los otros, fue muy importante.

Luisa Josefina Hernández me hizo pedazos y se lo agradezco mucho, era importante oír que a uno le dijeran de qué pie cojeaba; después tuve la Beca Fonapas y también nos juntábamos con Hernán Lavín Cerda, chileno, y los cobecarios y era importante el ojo crítico.

Después tuve la beca del Centro Mexicano de Escritores, con Juan Rulfo, con Salvador Elizondo, y fue una experiencia preciosa también, estaba don Paco Monterde que se fijaba en todos los posibles acentos faltantes y no faltantes, nos explicaba la diferencia entre aún y su cercanía con todavía, etcétera, fue importante de tener a Francisco Monterde un hombre encantador también.

Todos, cada uno tenía su mirada importante.

El taller Martín Pescador que para mí fue fundamental, es un taller de impresión de libros y ahí sí no había un trabajo de taller literario y honestamente, aquí entre nos, –aunque se lo estoy diciendo a su maquinita, pues ya ni modo, si es que alguien lee  esta entrevista– nunca fui amante de los talleres literarios.

Fui a ellos cuando además me daban con qué pagar mi renta, pero siempre creí y sigo creyendo que es mucho más importante que el taller colectivo, el taller privado y que en el taller privado es donde se ejerce la verdadera crítica.

¿En este taller hubo fiebre de escribir poesía, era a finales de los 70, principios de los 80?

En mi generación todos queríamos ser poetas, los que nacimos en los 50, yo nací en 54, todos, absolutamente todos los que teníamos cierto temperamento artístico, los que queríamos ser poetas, como ahora pasa con los jóvenes, que todos quieren ser cineastas y lo nuestro era la poesía.

Era como que la ciudad de México, era como cuentan que había sido la ciudad de México en la época colonial, que había más poetas que polvo, éramos muchos y era muy suave ese mundo de los cafés, que todavía existían, las lecturas de poesía donde nos odiábamos los unos a los otros y nos íbamos a escuchar para criticarnos.

El mundo literario era muy intenso y la ciudad era casi diría otra, es la ciudad de los ejes viales.

Me acuerdo cuando fui a ver a Octavio Paz, quien siempre iba a Sanborns, ahí iba Paz a hojear libros y revistas, lo veía uno, iba de joven poeta a hojear libros con tal de ver a Paz y luego Rulfo, hojeaba libros en la librería El Parnaso, pero no el Parnaso de ahora que es una desgracia, sino el Parnaso de Barranca del Muerto e Insurgentes, ahí estaba Rulfo también.

Era un mundo donde se caminaba mucho todavía, todos caminábamos muchos, todos usábamos guaraches de suela de goma, camisas de Oaxaca, no nos cortábamos el pelo y nos bañábamos muy a veces.

Además de ser medio hippitecas, todos queríamos ser poetas, era una ciudad lindísima y con los años se pone mejor, porque la verdad es que ahora llena de puentes es una desgracia.

¿Cómo era Roberto Bolaño?

Roberto Bolaño, no lo traté cuando éramos jóvenes poetas, porque estábamos en bandos contrarios y yo no, nunca he sido peleonera, no me gusta pelear, no me ha gustado confrontar a la gente, ellos eran muy peleoneros y muy confrontativos.

No lo frecuentaba, lo conocí cuando los dos éramos autores publicados, lo traté mucho, lo visité, fui a su casa, su hijo, el nacimiento de su bebita y era un ser precioso.

Yo sólo tengo amigos que son seres preciosos, él era un ser precioso y era muy amigo mío.

¿A qué necesidad respondió la creación del teatro bar El Cuervo y posteriormente El hijo del cuervo?

Primero que nada a la existencia del SAI, ya ni hay quien se acuerde del SAISindicato de Actores Independientes.

El SAI se habían puesto en pie de guerra para romper con el monopolio de un sólo sindicato de actores que estaba lleno de corruptelas y se les habían cerrado todas las fuentes de empleo y no tenían dónde trabajar.

Entonces Jesusa Rodríguez encontró ese lugar, fue la primera que estuvo en El Cuervo, rentó la licencia de alcoholes de Silvia Pasquel, ya antes lo habían abierto como una especie de café cantante, esa primera parte de la historia no me la sé aunque he ido recopilando datos.

Después como teatro, como teatro cabaret lo tuvieron Jesusa y Alejandro Aura, ahora a quien adoré, además de ser mi marido, también era mi amigo y era una persona preciosa y me duele mucho que haya muerto.

Alejandro tenía una obra de teatro que se llamaba Salón Calavera que era un exitazo, estaba en el teatro del SAI, pero resulta que dentro de SAI se empezaron a pelear los unos con los otros y se tenían que ir del teatro del SAI, aunque querían seguir siendo de esta organización, lo que quería decir que no tenían dónde demontres irse.

Liliana y Jesusa con quienes ensayaba entonces, habíamos hecho obras de teatro juntas y estábamos planeando lo que sería su preciosa Doña Giovanni, no tenía tiempo para el cabaret, Alejandro y yo nos peleábamos todo el tiempo, poquito pero algo y Jesusa pensó que era buena idea para la pareja y para su obra que entráramos al teatro, nos lo vendieron carísimo.

Compramos el uso del teatro y fue una experiencia maravillosa, obedeció al SAI, obedeció al éxito de Salón Calavera que no tenía dónde irse y obedeció a un momento cultural extraordinario en México, ahí andaba Jaime López, Briseño, Mariel Bustamante, con Andrés Bustamante quien se presentó en el escenario por primera vez, con unas cosas sensacionales que hacía.

Una Regina Orozco, que es una maravilla y Liliana divina, cantando aquellas canciones, que los vestidos que se hacían, todo era un mundo cultural extraordinario de los 80, fue una época absolutamente deliciosa.

Ahora bien, como se dice en buen mexicano, qué chinga me pare, que cantidad de trabajo, tenía mi hija chiquitita y luego nació mi hijo Juan, dormía tres, cuatro horas al día, trabajaba como una bestia y luego nos corrieron de ese local, porque habíamos heredado un pleito con el local del que no sabíamos antes, nos echaron, patitas a la calle y nos lanzamos a la aventura.

Fue más desangelada, pero más exitosa, estas paradojas de la vida, un grandísimo éxito y a mí el éxito me interesa un santísimo bledo partido por la mitad y lo que quería era mi tiempo para escribir y hacer mis cosas.

El Cuervo fue precioso, porque escribía mis obras de teatro, las contábamos ahí, pero ya El hijo del cuervo era nada más un business en el que todo el mundo me robaba y Alejandro que era un poco como yo, además andaba en otras cosas, había entrado a la UNAM de director, la tele y cuanto hay.

Entonces la vi primero yo y ya me salí de esa aventura, pero fue lindísimo; debo confesar que los tragos de amargura que tragué fueron muy grandes, todo en esta vida se paga.

¿Por qué le obsesionaba mucho, la temática de la infancia en sus primeras novelas?

No lo sé, creo que pasa casi con todos los autores. La primera novela es una novela de recapitulación de la propia infancia, es curioso porque Cuando me volví mortal, el libro que nos trajo hoy juntos, aquí, es como una primera novela, porque habla de ese mundo también, del mundo de la infancia.    

Confieso la verdad, es que a mí sí me hubiera gustado continuar escribiendo libros de infancia, de niñas sobre todo, pero no me gusta repetirme y me gusta correr aventuras, escribir y no encontrar una fórmula.

Entonces fui abriendo mis escenarios y así es. Además cambia uno también con la necesidad misma de la pluma.

Tengo una necesidad grande de escribir, mi pluma más madura ha requerido más espacio también.

¿Qué elementos incorporó para el Café en Nueva York, hay algo de El Cuervo?

No, Café en Nueva York es un café, sí es, fue cuando llegué a Nueva York a vivir, porque ya había ido muchas veces, cuando empecé a vivir en Nueva York, me llamó la atención que no hubiera ninguna memoria de todos los escritores que habían escrito en español en Nueva York.

Empecé a juntarme, a invitar a la casa, reunirme y así con escritores que escriben en español y que son importantes y que viven en Nueva York y empezamos a hacer lecturas públicas y a traer a la memoria de Nueva York, no sólo Federico García Lorca, del que se acuerdan nada más y a veces, sino todos los otros, José Martí importantísimo, José María Heredia, José Juan Tablada.

No voy a seguir la lista porque es muy grande y ya he escrito demasiado sobre  esto, pero uno de los hijos de Café en Nueva York, además de que nos la pasamos muy padre, nos divertimos mucho entre amigos y hablamos, platicamos e hicimos nuestro monito literario que es muy importante para un escritor tener los colegas con los cuales platicar y cenar juntos y tomarse unos vinos que también es importante en la vida.

Además de eso, en Nueva York que estoy casada con el  historiador Mike Wallace que escribe la historia de Nueva York siempre, es su proyecto de vida, el primer volumen ya salió, terminó en 1998, se gana el premio Pulitzer, está acabando el volumen dos, está escribiendo las últimas páginas que va a llegar hasta la Segunda Guerra Mundial.

Lo que él dijo, cuando nos oía a nosotros, los locos, hablando de nuestros autores y dando nuestras lecturas y él muy solidario dijo, lo que dicen es un marco mayor, hay que contar la relación de Nueva York con el mundo hispano.

El caso es que escribió un ensayo formidable e hizo una exposición importante que se estrenó en el Museo de Barrio hace un par de meses que ha sido muy bien recibida por Nueva York que se cuenta la historia de Nueva York de una manera diferente, no de una manera horizontal su relación con Europa y con el Asia, así de una manera vertical su relación con América Latina.

Para mí ha sido un privilegio estar en medio de este mundo, porque este fervor cultural, no sé cómo decirlo, este acontecimiento, y ha sido parte del hijo del Café de Nueva York.

Otros temas son la conquista, la colonia ¿por qué?

Ojalá la hubiéramos dejado atrás, creo que por eso me llama tanto la atención porque está tan presente, pero después de la colonia, luego tuve los Piratas y de los Piratas me brinqué, porque estaba en Nueva York el 11 de septiembre al narrar La Batalla de Lepanto y ya que estaba del otro lado del océano y un poco de esta novela que esta larga, grande y ambiciosa, escribí El Velázquez de París y luego La virgen y el violín, novelas del siglo de oro español.

Luego ahora he vuelto a casa y mis novelas, escribí En contra de los románticos que es entre Nueva York y México, La novela perfecta que es también entre Nueva York y México; estoy escribiendo una novela de la frontera.

Son cosas que un poco las novelas se dictan a sí mismas.

Me gustaría saber su opinión de los festejos del Bicentenario y Centenario ¿hubo algo que festejar?

En el desfile del 15, en la noche, que vi desde Nueva York, no estaba en México, celebré el poder de invención de algunas de las figuras que pasaban, casualmente todos habían sido hechos por mexicanos.

Me entristeció la incoherencia total del desfile, porque claro había sido pensada con una australiana, entonces lamenté este yerro, pienso que fue un error.

Creo que es importante la película de Hidalgo, no sé si usted la vio, a mí me gustó mucho, me gusta además que contemos nuestra propia historia y la contemos en el cine bien, es una película preciosa, me gustó El infierno aunque no sea bicentenario, aprovecharon la curva de los fondos públicos y es una película espléndida.

Eso lo que pasa es que la fiesta es necesaria, pero el derroche no.

¿Qué representaron Cleopatra y Cervantes para ti?

Lo de Cleopatra para mí es una novela dolorosa, porque habló de malestares conyugales y por los cuales uno no quisiera pasar, pero fue un personaje que se me impuso, lo mismo que me pasó con La otra mano de Lepanto, son novelas que han llegado a mí por medio de una incisión de dolor o de trauma, por decirlo de golpe.

Lo que es precioso, el género de la novela aunque nazcan de un dolor o de un golpe son muy enriquecedoras, aprendí un montón de cosas y entrar al mundo de Cleopatra y todo el mundo literario alrededor de ella, fue precioso, me encantó escribir esa novela.

Lo mismo La otra mano de Lepanto, fue precioso escribir, el gusto de estar leyendo todos los autores que Cervantes amaba y a Cervantes mismo, trabajando con ellos fue una dicha muy grande.

De ese dolor intenso, las dos tuvieron para su nacimiento o que hicieron nacer la idea de ellas, las dos han sido de mucha alegría.

¿Cómo se ve y mira a México desde Nueva York?

Me pasa algo muy extraño. Viajo todo el tiempo, más bien diría que pasó la mayor parte de mi vida en los aviones, soy una trotamundos, pero me pasa algo muy extraño con México, porque siempre que estoy afuera, en Nueva York, o donde esté me da mucha ansiedad por México, la veo fatal, terrible.

La guerra por la que estamos pasando, me pesan los 30 mil muertos, estoy todo el tiempo ansiosa, no le quiero hacer el cuento largo, pero cada que regreso a México siento una alegría, un ambiente y siento vigor en la gente y no entiendo. México es un país de contrastes muy grandes y tiene un potencial inmenso, somos un país muy sacrificado para mal, porque no tendríamos por qué andar sacrificándonos, ya estuvo bien.

Me da ira, México me da dolor y también me da alegría, es mi patria y lo siento más cerca siempre cuando estoy afuera, muy extraño.

¿En cuanto a escritura qué estás preparando?

No le voy a decir, está por salir una novela que ya terminé, que ya apareció en España, se llama Las paredes hablan, ya hicimos la película, primero escribí el guión, después filmamos la película y mientras filmaban la película que ya no intervine, escribí la novela y la publicó Siruela, ya llegará a México.

Soy muy supersticiosa, ando por la frontera, lo único que me atrevo a decirlo, porque medio lo dejo colar en la columna que escribo cada dos semanas en El Universal, he estado saqueando personajes y situaciones y cosas que voy encontrando en lo que voy buscando material para mi novela y explorando ese mundo.