De qué hablamos cuando hablamos del espíritu como signo de resistencia
Desde el comienzo, Hegel se basa en el concepto de espíritu, pero no como algo abstracto, sino totalmente individual, activo, cuyo objeto es la conciencia, y para el cual las personas son meras herramientas. Esto implica que la conciencia es la existencia del espíritu, de su Dasein, el cual se ha convertido en un objeto, Gegenstand para sí mismo. El espíritu forma un concepto de sí mismo y produce, también para sí mismo, un contenido espiritual. La forma del espíritu es el saber, su contenido el espíritu mismo y su sustancia la libertad, oponiéndose a la materia ya que esta se encuentra caracterizada por la pesantez de la sustancia. Por lo tanto, la característica propia y verdadera del espíritu es la libertad, su esfuerzo por liberarse, y su esencia no es otra que la actividad.
La libertad no se basa en una existencia tranquila y reservada, sino en su negación continua, su función propia consiste en autoproducirse, en convertirse en un objeto para sí mismo. En consecuencia, nos encontramos ante una concepción pragmática del espíritu: no existe por sí mismo, sino que es, por decirlo de alguna manera, algo a realizar, que tiene que ser hecho, creado, que se tiene que conseguir, el espíritu es únicamente el resultado final de esta acción. Así que con este razonamiento a la cabeza, el hombre solamente consigue ser lo que tiene que ser a través de la educación y de la disciplina. Lo que es como tal, en la inmediatez, no significa más que una potencialidad. A partir de esto surgirá una lucha de guerrillas semiológicas, basadas en la noción de tensión semiótica. Según el modelo de José Enrique Finol, la tensión semiótica se crea cuando un cuerpo se encuentra bajo dos tipos de atracción, ante las cuales puede elegir entre resistirse o adaptarse, o incluso intentar buscar un equilibrio entre ambas estrategias. Si la incitación hacia la cultura A es más fuerte que la de la cultura B, tenemos una adaptación o asimilación, mientras que si se mantiene la cultura B, nos encontramos ante una forma de resistencia. Estas tensiones se convierten en algo naturalizado en la vida diaria, ya que los ataques de la cultura globalizada surgen simultáneamente por todos los frentes, provocando una lucha y una tensión que emerge a diferentes niveles.
Entonces para Hegel, el espíritu no era el mero ser sino el hacer, la acción. Si, por ejemplo, en un contexto ideológico el ser significara la aceptación del status quo dominante, y el hacer incluso su idea, deberíamos encontrar una tercera modalidad para describir este movimiento contrario. Por otra parte, en la semiótica de la resistencia, lo que se estaría indicando no consiste en eliminar algo, sino también en crearlo y mostrar un nuevo contenido. ¿Cuál podría ser, por lo tanto, dicha actividad creativa en dirección contraria? Edmund Husserl habla acerca de dos actos: protención y retención. En este contexto, el ser significa para Husserl el ahora en estado puro, el cual, sin embargo, es sobrepasado no sólo en la protención, que apunta hacia el futuro, sino también en la retención, que preserva el pasado. La retención hace referencia a la llamada memoria primaria, en la cual podemos retener cierta experiencia en nuestra memoria durante el tiempo suficiente como para que nos permita percibirla en su totalidad. Aun así, para un investigador que ha estudiado la vida de los signos como una producción pragmática de códigos en acción, la reflexión ontológica acerca de la idea del ser sirve, sin duda, como un tipo de resistencia.

