Una revolución inconclusa

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“…la Revolución Mexicana tuvo su cuna donde la humanidad sufre, en esos depósitos de dolor que llaman fábricas, en esos abismos de torturas que llaman minas, en esos ergástulos sombríos que se llaman talleres, en esos presidios que se llaman haciendas…”

Ricardo Flores Magón

 

Ciento ocho años han transcurrido desde que la sentencia lapidaria plasmada en el  Plan de San Luis, que acometiera Francisco Ignacio Madero; convocara a levantarse en armas en contra del opresor el espíritu de libertad merodeaba entre las voluntades mexicanas y soñoliento el pueblo mexicano -henchido de orgullo- levantaba la mano al cielo, como pidiéndole energía a lo alto, para con fuerza potenciar el pensamiento revolucionario en su máxima expresión: ¡Basta!, ¡Basta! gritaban los de abajo, los hombres y mujeres que en su carrilleras llevaran la esperanza de una vida mejor.

Hoy el júbilo revolucionario pierde su brillo, los astros luminosos se encuentran opacados ante la indiferencia de los hijos de la revolución, “adelitas” convertidas en voces de poder, revolucionarios que olvidaron su origen y que ahora definen con nombres “cool” realidades que tienen trascendencia y que desde hace tiempo han sido retratadas en las latitudes de la Patria; armas que han redireccionado su balas para luchar contra el pueblo, opresión plasmada en la violencia que arrasa con una muy delgada resistencia civil, evolución del pensamiento que se detiene sin sentido para fragmentar la mexicanidad (el pelado mexicano defiende personajes y no ideologías, deja de lado la unidad para identificar privilegios), maquinas que operan para el hombre y ya no maquinas operadas por el hombre; los tiempos han cambiado; las necesidades mexicanas siguen siendo las mismas.

El recuento de nuestra historia toma un nuevo sentido: somos mexicanos herederos de la revolución, hijos del maíz, síntesis apoteósica de gallarda mexicanidad, cumbre de la democracia, lucha del pensamiento en voz de nuestros héroes mexicanos, lucha mexicana que tiene sus propios ideales: libertad, igualdad, evolución, progreso, educación, defensa social, etc.

Somos la revolución y la fe en sus ideales: orgullo de un país que no puede permitirse más el lujo de olvidarse de sus hijos, de esos que trabajan el campo, de aquellos que viven de la tierra; de esos que recrearon en el lema del Partido Liberal Mexicano de los años 1900 la joya vocinglera: “Tierra y Libertad”; lema que identificara la lucha armada en pro del campo, con su prohombre: “el caudillo del sur” Emiliano Zapata Salazar, redentor de los hombres vestidos con manta y calzados de huarache, que bebían el pulque pa’ olvidar las penas. Porqué efectivamente, estamos en deuda con el campo mexicano; porque las tierras les fueron arrebatadas a sus legítimos dueños para luego obligarles a trabajar en ellas y ganar una miseria que tenía que ser gastada en las tiendas de raya propiedad de los hacendados, y desde entonces se escuchaba en los corazones mexicanos que el pobre se hace cada vez más pobre y el rico cada vez más rico.

Orgullosos sí, de ser pioneros en la defensa de los derechos del trabajador que mutaba su sangre y su sudor con la grasa de las pesadas maquinas extranjeras, hombres que iniciaban el trabajo con el sol y terminaban de laborar cuando el sol hacia mucho se había escondido para abrazarse a la distancia con la luna; y  así surgen las voces del anarcosindicalismo, con las tintas roja y negra para definir  el ideal más grande que puede tener la raza mexicana: ¡la dignidad humana! Dignidad del trabajador sojuzgado en sus derechos, dignidad de las leyes mexicanas que deben ser proteccionistas del sector productivo de nuestro país y no convertirse en accionistas de libertades del pueblo mexicano.

Movimiento social que se convierte en orgullo de una raza guerrera acostumbrada al combate que plasma como toda revolución; su imagen más sonora en el campo de las ideas: pues un país cae en convulsión cuando muta al ostracismo de la apatía y la indiferencia; cuando le delega al de lado la responsabilidad de lo que por naturaleza le corresponde hacer, en palabras de Ricardo Flores Magón: “nada es más desalentador que un esclavo satisfecho”.

Y entonces la Patria reclama de sus hijos el campo fértil de las ideas, de pensamientos que como corceles avancen en la mente y en el espíritu, que troten con fuerza y gallardía; que enciendan la antorcha de los deseos, que hagan latente la necesidad de hablar, hablar del dolor social del pueblo mexicano, que inciten más que a la violencia al progreso; que inunden de tinta los diarios y los libros para aguijonear a la reflexión para movilizar a la acción, que abran sus brazos redentores para moldear una gran fuerza humana que nos permita avanzar hacia adelante.

Surgen como antaño la necesidad de hombres y mujeres que defiendan los ideales más sublimes de la libertad, que se manifiesten ciclópeos hacia el camino de la verdad para denunciar, pero ante todo para edificar; espíritus como el del apóstol del democracia: Francisco Ignacio Madero que veía el porvenir de México en la necesidad impostergable de asistir al necesitado, de educarse primeramente para poder edificar un buen gobierno, pues en su pensamiento plasmará: “un buen gobierno solo puede existir cuando hay buenos ciudadanos” y nos deja un testamento que como halo redentor entra en lo más profundo de nuestro ser al instarnos al compromiso de corresponsabilidad que tenemos para con nuestra Nación.

Madero y los intelectuales de la Revolución Mexicana, nos dejan la cimiente científica de que no son las armas las que edifican un pueblo, nos son las armas las que mueven voluntades, no son las armas ni la violencia las que hablaran del dolor social de un país; es nuestro propio compromiso con nosotros y con nuestra Patria el que nos levantara del letargo, el que romperá las pesadas lozas que les hemos impuesto a nuestro héroes nacionales, pues su compromiso ha sido cumplido: han dejado esparcidas entre nosotros astillas de su espíritu de lucha, germinando luces del pensamiento en pos del pueblo.

Entonces nuestra revolución se sigue gestando y no puede ni debe ser consumada; nuestra principal revolución: es la revolución del pensamiento, de la responsabilidad, del compromiso, del orgullo por lo nuestro; es la revolución que nos incita como embriones a seguir evolucionando. Ahora, andamos los caminos de la libertad y debemos apropiarnos de nuestros derechos y ser partícipes de nuestras obligaciones; debemos adquirir el compromiso de educarnos y prepararnos para asumir los retos del mundo moderno, en donde desde nuestra trinchera nos atrevamos a ser mejores cada día por el bien de quienes nos rodean, dejar con orgullo luceros de ventura depositados en las manos de las nuevas generaciones, dando paso a una verdadera re-evolución.

¡Por un país mejor!