RELATOS DE UNA MEMORIA

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La lectura de Jaime Torres Bodet / 12 mensajes educativos son claros estos escritos de un pedagogo a su patria. El campo en el que se le lea es encontrar a un personaje único en la vida mexicana. Igual en ese seguimiento aprovecho para leer uno de los tomos de sus Memorias, publicadas por el Fondo de Cultura Económica en su primera edición de 2017, experiencia única para comprender a quien fue integrante del grupo legendario llamado Los Contemporáneos en aquella década de los veinte del siglo pasado. El grupo sin grupo como se hicieron llamar, le acompañaban nada menos que Xavier Villaurrutia, José Gorostiza, Carlos Pellicer, Salvador Novo, Jorge Cuesta, Bernardo Ortiz de Montellanos, el joven poeta Elías Nandino y varios más. Una pléyade de escritores y exitosos profesionales en la vida del país cuya huella sigue persistente en su forma de trabajar, de ver el mundo y la vida nacional.

A ellos perteneció Jaime Torres Bodet, sólo ese hecho le significaría —igual que a todos los participantes de este grupo— la fama y el reconocimiento en la cultura nacional. Pero Jaime tuvo un destino más extenso y profundo en las cosas de México: su paso como secretario de Educación Pública le ubica entre los tres más grandes educadores, que como funcionario dejó honda huella en la pedagogía mexicana. Leer sus Memorias II / Jaime Torres Bodet, permite atender otros campos en los que participó, por ejemplo, su cargo como director General de la UNESCO, sin duda, un cargo que nos llena de orgullo, pero que él cuenta lo difícil que fue llevar adelante, con dignidad y decoro dicho puesto de reconocimiento internacional. Cuenta: En La victoria sin alas relaté ya cómo fui electo director general de la UNESCO y cómo asumí, en Beirut, junto con los miembros del Consejo Ejecutivo de la Organización, visité El Cairo. Y volví a París. Tras de la libanesa y el intermedio egipcio, encontré a mi esposa restablecida. Pero el despacho que me esperaba en la UNESCO se hallaba abierto, de par en par, a todos los vientos de los problemas que había debido dejar pendientes mi antecesor […] Mi despacho, en la UNESCO, era más austero. No dejaba de importunarme la idea de que lo hubiese ocupado probablemente, antes de la victoria de los aliados, según oficial germánico, adorador de la cruz gamada, dolicocéfalo por herencia, y perseguidor de judíos por profesión.

En efecto, Francia ofreció, como sede, a la Organización de las naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, nada menos que el antiguo Hotel Majestic. Y ese hotel, famoso en los primeros lustros del siglo XX, fue transformado —durante la hegemonía hitleriana— en centro de la Gestapo.

 

Hombre que tuvo en el siglo XX vivencias que le privilegian. El orgullo que se siente al revisar su vida es que siempre estuvo del lado de lo humano y de la humanidad. Cierto es, que Luis Buñuel en sus memorias se queja de nuestro Jaime Torres Bodet por haberle recriminado el filme de Los Olvidados donde aparece el México del lumpenproletariado. Orgulloso el mexicano deseaba expresar el México de historia grande, de cultura suprema. Y así lo demostró cuando en el sexenio de Adolfo López Mateos hizo una labor educativa y cultural que nadie más ha superado a la fecha.

Hombre de proezas, su paso por la UNESCO le enseñó a tratar con diversas profesiones, ideologías, historiales o currículum donde el nacionalismo se implanta en una organización novedosa que tiene que crear todo, por eso cuenta: Así creía yo que deberíamos de proceder en el caso de la administración de la UNESCO: humanizarla, simplificarla, para que el aparato pudiera volar, sin perderse entre nubes de sueños inalcanzables, pero tan alto como resultase posible, y con la certidumbre de aterrizar, cuantas veces fuera preciso, sobre las pistas de una realidad sólida y segura. Un intelectual completo, intelectual orgánico en la visión de Antonio Gramsci, que era capaz de tomar la pluma para ilustrar con sus ideas aquello que se tenía que realizar. La experiencia administrativa en el campo internacional es prueba de su alta inteligencia, cuenta: Simplificar a la UNESCO, sí, ¿pero de qué modo?… El director de una organización internacional no posee las facultades ejecutivas de un empresario. Cada uno de sus actos está regido por una serie de normas, que él no dictó. Son las que establecen la Conferencia General y, durante los recesos de ésta, el Consejo Ejecutivo, encargado de orientarlo, de vigilarlo y de autorizarlo a hacer lo menos posible, con la mayor prudencia posible y muchas veces, con la mayor lentitud posible. Cada puesto y cada función de la UNESCO eran, en cierto modo, intangibles e inevitables. Provenían de una autoridad que deliberaba una vez al año y que —al reunirse de nuevo, den ocasiones de otra Conferencia— insistiría, según lo había hecho ya desde 1946, en disminuir el ímpetu del motor y en robustecer especialmente los frenos.

Sabio hombre que nació viejo desde que era joven. Seguramente uno de los jóvenes de Los Contemporáneos con mayor madurez cuando andaba con estos poetas, escritores e intelectuales con ganas de comerse al mundo. Su experiencia en esos años al dirigir la UNESCO le prepararían para afrontar la burocracia de los tiempos de gobierno en México, probado por la vida sabía lo que podía encontrar en ese largo tránsito y odisea que es la vida propia y la de los demás. Sus memorias permiten saber de cuántos son aquellos con los que tuvo trato, se comprueba cómo es que de sus relaciones y enseñanzas de la vida Torres Bodet supo enriquecer su personalidad hasta lograr ser el humanista más completo que hemos tenido como funcionario en nuestra patria: sabía valorar los momentos en que estaba en relación con otros personajes de otros países, cuenta: Esa mezcla de realismo y de idealismo había hecho de Huysmans un iluminado consciente, lógico, perentorio. Le interesaba la UNESCO. Creía en ella. Más aún: me hacía el honor de pensar que podría yo ir sacándola, poco a poco, de la nebulosa en que se encontraba. Bélgica, por su parte, en virtud de su situación geográfica, parecía predestinada a ser víctima muy frecuente de aventuras bélicas implacables: había sabido afrontarlas, en lo pasado, con heroísmo. Pero no quería que se reprodujesen. Su confianza fue, para mí, un estímulo inapreciable.

De muchos hombres iguales Torres Bodet aprendió a Ser. En anteriores párrafos expresa lo que le ubica como un demócrata contrario a todo dictador, escribe: Aproveché la ocasión para referirme al problema que más hondamente me preocupaba en aquellos días. A lo largo de la guerra, los hombres habían perdido la costumbre de la libertad. Nunca es sencillo aprender a ser libre. Aprender a serlo de nuevo no parecía mucho más fácil. Hasta cierto grado, el ejemplo glorioso de Francia lo demostraba. Los tiranos, como Hitler, se habían apoyado siempre en la fuerza del instinto gregario. Aprovecharon, con diabólica astucia, la dimisión mental y la debilidad de carácter de aquellos a quienes espanta la obligación de resolver por sí mismo y de asumir, cada día las responsabilidades morales que implica la libertad. Entre las razones de inquietud que me cercaban por todas partes, la más dramática podía resumirse en dos preguntas complementarias. ¿Sabrían los pueblos organizar su libertad en la paz, con la misma energía que desplegaron durante la guerra para salvarla? ¿Lograrán cada ciudadano, gracias a la formación de su carácter y de su espíritu, ejercer oportunamente el derecho de su responsabilidad personal, sin violencia y sin flaquezas?

Sabio el intelectual y poeta mexicano, el sabio viejo con corazón de joven que lucha por la libertad y la democracia a través de dos o tres caminos, pocas veces transitados por los políticos: la Educación, la Cultura y la Ciencia, instrumentos para transformar al hombre y por ello, transformar a la colectividad, a los pueblos y con ello a los Estados que aspiran a la democracia y no a la dictadura. Son mala escuela para el fascismo y el nazismo. Los vio y vivió de muchas maneras, pues fue un hombre del siglo XX en todos sus aspectos, los felices y los de la crueldad.