ORATORIA FORENSE

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“… es una voz humana la que sella el destino del acusado en un silencio

estremecedor e imponente antes y después de pronunciar el fallo o la sentencia.”

María del Carmen Platas Pacheco

 

Con gran revuelo hemos sido participes de como la palabra vuelve a retomar un auge prominente entre la sociedad; el silencio comprometedor se va desvaneciendo, y es que nuevamente el ser humano está comprendiendo que si no habla no existe; que no se puede más callar ante el dolor social, que diáfano y transparente alcanza su excelsitud cuando el pensamiento trasciende hacia la palabra, cuyo cause no puede ser más valido que servir a la sociedad.

Hoy en día los pueblos hablan, la gente ha iniciado una cruzada prometeica, camina por los senderos de un destino muchas veces incierto, su energía va emanando una perspectiva esperanzadora, se manifiesta e inconforma; no se permite los silencios, pues ante los silencios esta la aceptación de un destino que no le corresponde. Las voces se entrecruzan en el firmamento y la palabra se viste con su escudo de conciencia y rompe el estupor para anunciar con su lanza divina la síntesis de los anhelos nacionales: ¡Justicia!

Justicia para un pueblo que dejó de creer en sus autoridades, justicia para una sociedad que no cree en las instituciones creadas ex professo para impartir justicia, justicia para los que languidecieron en la idea y prefirieron callar pues sus voces fueron súbitamente opacadas ante la indiferencia. Surge entonces la necesidad de que nuestras voces se vuelvan quijotescas, que luchemos con el portento de nuestro pensamiento y la pasión de nuestra palabra y rompamos los molinos de viento que nos alejan de nuestro destino.

En la etapa que vivimos dentro del suelo mexicano, en el periodo de las grandes transformaciones sociales, políticas y jurídicas, existe un faro latente que llama nuestra atención: la muy sonada oralidad procesal, totalidad que se eleva a rango constitucional; principalmente en materia penal, pero no por ello con carácter exclusivo; estamos regresando a nuestro origen, en donde el buen abogado era un hombre culto, con una formación multidisciplinaria y con una dilecta pericia en el uso estilístico del lenguaje, el abogado clásico era un orador de cepa, que utilizaba su formación profesional para la defensa de los intereses de su patrocinado, buscando persuadir al juzgador para lograr con ello una resolución favorable.

Es indiscutible que dentro de la formación académica de los abogados modernos, debe permear la necesidad de implementar de oficio el estudio y práctica de la Oratoria; pues a través de esta disciplina se permite no solo la adquisición de herramientas para aprender a hablar en público, sino liberar el huracán de pensamientos que desbordan en la praxis jurídica; huracán que como corcel debe ser domado por el abogado, quien se apropia de su fuerza para usarla en el combate de las ideas, en donde el conocimiento se convierte en piedra angular para lograr salvaguardar los derechos y prerrogativas ciudadanas.

Ya desde la época grecolatina, los estudiosos del derecho deberían formarse a los pies de Themis (la diosa griega de la justicia) para ejercer dignamente su profesión, pero deberían hacer uso de sus dotes oratorios (adquiridos o natos) para atraer la voluntad del jurado, pues sí por medio de la palabra el hombre existe, también es cierto que por medio del palabra el hombre es libre y por medio de la palabra él es participe del destino de la humanidad; pues la palabra es un juez severo que pretende no equivocarse y para que cumpla con su fin seráfico -la palabra- debe ser portada por hombres y mujeres conscientes de sus alcances.

Los abogados deben ahora adquirir lo que en el argot jurídico se ha denominado “técnicas de litigación oral” donde la columna vertebral no es otra sino el uso adecuado del lenguaje, debe procurar el ceremonial propio que reviste su presentación ante un Tribunal que se define así mismo históricamente por su protocolo (que se reviste de formalismo), máxime si se toma en consideración que las audiencias son ahora video grabadas; es decir nuestra agilidad mental es un factor de cambio y contradicción en el perfil del abogado, constituida está en la capacidad de respuesta, de pronunciar las palabras más certeras y convincentes, en sustanciar los medios de convicción más idóneos para demostrar nuestro dicho y con ello robustecer nuestras pretensiones.

Los roles en las salas de juzgado han ido evolucionando con las reformas que se han aprobado a nivel nacional, ahora los jueces deben presidir las audiencias que se celebren con motivo de la implementación de un juicio, es decir; no existen intermediarios entre los involucrados y el juez, quienes mutuamente se escuchan y pueden situarse en un debate que tiene alcances mayúsculos, pues cada palabra que se diga o se omita puede afectar directamente en la resolución al conflicto, de tal manera que tanto abogados como juzgadores deben estar profundamente  capacitados en el uso correcto del lenguaje cumpliendo con dos de las cuatro características que el filósofo Sócrates anhelaba en la figura de un juez: “Escuchar cortésmente, responder sabiamente, ponderar prudentemente y decidir imparcialmente.”

Es innegable que la palabra está ayudando a modificar el perfil de los estudiosos del Derecho y de los resolutores, pero que también está dando una perspectiva de certeza en quienes tienen un litigio y buscan que sean las instituciones del Estado las que diriman sus controversias; de una manera metafórica la palabra está dando transparencia a la Justicia, lo que obliga sin duda a todos los involucrados a allegarse del conocimiento como herramienta fundamental, pero que urge a permitir que la Oratoria tome un sitial de luz en la formación profesional del jurista, pues lo que se diga en boca de un abogado puede convertirse en verdugo irrestrictico o en libertador potencial.

Atrás quedaron los abogados dicharacheros que convencían con su prolongada retórica, el mundo del derecho a evolucionado; ahora se requieren abogados elocuentes, que expresen con convicción su defensa en favor de sus representados, que con ley en mano puedan musitar las palabras más certeras, que comprendan el mundo evolutivo en el que viven, que hagan germinar semillas de ética profesional; que propugnen por el dialogo como una herramienta fundamental en la solución controversias; que esten dispuestos a escuchar y a proponer, no a imponer y tal vez a callar.