La perspectiva del camaleón

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Una de las cosas que más agradece un conversador de expectativas es tener en frente alguien a su par.  Asunto poco frecuente, es también algo liberado de la petulancia de quien vive del odio a todos menos a los que odian todo como yo si se amplían los horizontes alcanzables por algunos conceptos. La paridad entre dos conversadores conviene más evaluarla desde la profundidad de la dialéctica que alcancen. De tal suerte que, ni el antagonismo más radical o las más grandes diferencias entre ambos, condenan su conversación a la esterilidad de las largas, ni a la grosera apelación a la alienación del otro; como le pasa a quien prefirió hipotecar su conciencia a las ideas del mesías pasajero.

Por honra, el buen conversador que se precie tiene alarmas que se disparan siempre, y la mejor forma de recordarlo son las palabras de Russell al cruzar un par de minutos con Lenin: Me explicó jovialmente cómo había excitado a los campesinos pobres contra los ricos, “y éstos pronto pendieron del árbol más próximo”. La carcajada que siguió a sus palabras me heló la sangre. La flexibilidad de su carácter y de sus ideas son virtud, en la medida que, éstos no hacen de su vida intelectual un tejido de autocontradicciones. Pues de aquello es sólo capaz quien es formado en el método de levantar montañas de hipocresía sobre los hechos que más le rompen los esquemas. Visto que no es poco común confundir testarudez y desfachatez ideológica con lealtad o devoción.

A diferencia del individuo que goza del poder escuchar saetas de infamias con la elegancia del estatuario y la picardía del infiltrado, el embebido de prejuicios desconoce los horizontes de la pluralidad. Ni se imagina el goce infinitamente más misericorde que regala cada cruce de palabras al paciente por hábito o naturaleza. Y muy difícilmente llegue a entender que el debate serio nada más es comparable al ejercicio del samurái, que afila sus armas con el filo de los combates.

Hablamos, en suma, que las virtudes propias del camaleón, son el segundo menester más importante para el progreso de los tiempos además de la honradez, por su cercanía concreta y casi palpable a lo que en la antigüedad Platón contó en su Anillo de Giges. Pues, qué hay, acaso, más deseable que fundirse con los problemas que más aquejan a la realidad misma sin ser detectado. Que poder explorar con óptica microscópica las causas de la vulgaridad o del disparate. O simplemente, que poder conectarse con el espíritu ajeno sólo cambiando de color, pero no de bandera.