Interludios de sangre

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Hace no demasiado, disertábamos en este espacio acerca de la tendencia           –justa, aunque llena de amnesia histórica– en América Latina de ondear la  bandera roja. Apuntamos que pasaba en el grueso de las regiones sudamericanas y en casi todas las centroamericanas. Que no dejará de pasar hasta que la sincronía política que atraviesa el continente no se embeba de una memoria histórica diáfana. Y también, que lo que ocurre ahora mismo es la viva manifestación que han dejado los resquicios de los totalitarismos de antaño. Es decir, los populismos de izquierda: copias burdas de los regímenes modelo del siglo XX erosionados de vulgaridad y de ignorancia, que hacen del azuzamiento su piedra angular electoral.

Sin embargo, en aquel espacio quedó, por falta de éste, uno de los temas más importantes de la historia de América Latina: su violencia interna. Un asunto necesariamente inseparable de los interludios despóticos de todos los regímenes que ha vivido América Latina, y uno de los más fácilmente capaces de ser convertido en pseudohistoria con que echar gasolina al fuego que son las masas azuzadas en cada elección. Hablamos, pues, de lo que sería justo llamar interludios de sangre.

Referirse a dichos interludios en América Latina, supone recordar los tiempos de Guevara en Cuba, de Escobar y de las FARC en Colombia, de los descomunalmente poderosos cárteles de la droga en México, del pandillaje como la abolición de la policía en Guatemala y en El Salvador, y de Polay Campos y Guzmán en el Perú. Tiempos tan curiosos para el historiador y para la memoria del país, como tremendamente difíciles de encerrar en narraciones o relaciones causales por lo oscuro que es entender países en los que generalmente la realidad no es una sola expandida por todo el territorio, sino una decena de ellas tan contradictorias como verosímiles entre sí.

Por lo demás, si se considera que la violencia en Europa se concretó siempre desde una clase, un estado y una nación larguísimamente más desarrollado y asentado que los aún juveniles estados latinos, tenemos el terreno más propicio para la barbarie y para la concreción de vivir en tierra de nadie. Dos fenómenos que prácticamente todo país hispanoamericano ha tenido que soportar, y que forman la parte más sensible, oscura y de mayor degrado de la condición humana de toda la historia de estas regiones. Pues bien, ¿acaso se ha preguntado el individuo común, el trabajador honesto y el hombre de a pie, qué efectos o implicancias morales tiene llenar todo este terreno de lagunas, malentendidos y sesgos de odio? Dadas las circunstancias del continente latino muy seguramente no. Al igual que, con la misma seguridad, puede decirse, que nunca le habrán dado la oportunidad de hacerlo.