Asuntos del libre economista
Dentro del basto campo de las ciencias sociales, parece haber una que se destaca de singularidad y que parece también perpetrar a varias en su quehacer. Codiciada de sobremanera y de una labor al alcance de pocos, la economía ha sido y es, nada menos, que uno de los pináculos más importantes para soportar la vida humana en sociedad desde que el hombre tiene memoria. Y es que, ¿se conoce alguna una disciplina científica que tenga mayor injerencia en el día a día y en el curso de la historia que la ciencia económica?
Como si fuese ya común, incluso una labor requeridora de tanta eminencia intelectual como la económica se ha tergiversado en los tiempos corrientes. Pasaba ya con lo hipocrático y con el sepulto que la pureza de su labor había de sufrir, vista la imposición brutal de la pauta tecnócrata y de la utilitarista en la vida común de casi todas las sociedades. Dando fe a la idea de que la cosmovisión del siglo actual es rechazar lo antiguo por ineficiente, puede decirse que muchísimos de los individuos de acuerdo con esa tesis, simplemente no saben lo que dicen.
Si la medicina pasó a ser fundamentalmente desprecio al azar genético y puro esteticismo, nada raro sería decir que la ciencia económica actual, se concibe masivamente como una tecnología orientada a estabilizar y maximizar las riquezas individuales. Un asunto que nada tiene de malo, pero que supone una indiscreción y una mirada vulgar a un saber, por esencia, infinitamente más profundo, sistemático y con poderes ordenadores de la realidad. Y que se hace mucho más preocupante aún, si recordamos que la economía posee una labor tan profunda y responsable como la del narrador omnisciente de una buena novela; en la que ordenar realidad, necesidades, cosmovisiones y posibilidades se funde con la agilidad y agudeza intelectual de poder intercalar sólidamente conceptos entre sí.
Así, advertimos no sólo que la labor del médico, del economista –y por supuesto del maestro– pasan por un evidente desprestigio social y académico para quien conoce las potencialidades de todos aquellos saberes. Que la pureza de lo que se entiende como estudios humanísticos es un indicador de qué tan libre se encuentra un país de lo que de vulgar tienen los ahora tiempos modernos, –aun así la pauta de la utilidad pueda hacer ver que insistir en las humanidades ahora mismo es nadar contra la corriente–. Y, sobre todo, que todo saber humanístico o ciencia social, supone en la pureza de su ejecución, una honradez, entrega y valor únicamente visibles en quien sabe abalanzarse sobre la realidad de poder a poder, liberado siempre de credos victimistas.

