Hojas de toronjil

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A nuestros amados que trascendieron

Es noviembre de nuestra era y el aire mueve a la hamaca, a la amante que marca huellas en la espalda, la que en su promesa de sueño, suelta versos con espigas, con hojas de toronjil que mitigan dolor, dolor de ausencia, de polvo lastimando los ojos. En estos sueños la risa de las brujas cura los ruidos que nos estremecen, cura la brisa con danzas y sonidos de atecocolli y huéhuetl…

Hace tantas lunas el abuelo bajó de la montaña, en medio de la neblina dejó el atuendo de coyote, camino desnudo mirando sus dedos colmados de sueños, sus múltiples regresos a esta tierra lo hacen ser igual a los retoños de ruda en este sembradío de hierbas, brasas y estrellas. Háblame abuelo, regálame el sonido de tu voz, grabemos en el eco tus gritos para invocar al padre eterno.

¡Ah! Recuerdo que acaricie sus lágrimas, después de poner en calma los recuerdos y beber aguamiel fermentada, octli. Recuerdo que lloré lanzando bandadas de cicatrices, buscando nubes sin alas que mitigaran dolor, buscando hojas de laurel para ofrendarlas en fuego, para impregnar al viento, de aullidos transformados en rezos, para borrar imágenes duras y calcinar cualquier cosecha marchita.

Hoy las calles empedradas que caminan hacia las chozas vacías, se adornan de cempohualxochit y sus pétalos de fuego, y su perfume que despierta el espíritu desbocado que dio a luz a ése que partió hace muchos años. Flotan imágenes en la memoria como nahual de labios húmedos, como cuervo graznando al alma de quienes ya no suspiran en esta aurora.

A pesar del despunte de tonatiuh, hay obscuridad, remolinos de nostalgia carcomiendo cada poro de los macehuales. Él abuelo, sonrió, con esa sonrisa que picotea las mejillas y causa dolor. Veo su cráneo aspirando el sabor del popochcomitl y tiemblo como ramitas de aire alucinando locuras de miel, tiemblo anhelando ser dádiva de ilusiones, copal inseparable de noches de agua, sabor y velas danzando en las tumbas de quienes amamos.

Con fogatas, cantos y agua de fuego iluminamos a la muerte, a quien te envuelve con murmullos y convierte a los siglos en instantes, en almas sin cansancio; con lluvia, con lumbre, con olor a eternidad, a chilpayate sin tiempo. Me abrigo en el hueco de la noche, en los caminos fértiles de ilusiones, con el calor de un pasado bendecido por un cielo azul, una águila en pleno vuelo, un jaguar mirándonos a los ojos y con el Mictlán abriéndonos sus brazos.