Protección dañina

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La naturaleza suele ser sabia de muchas formas, y es perfectamente normal que cualquier especie busque la protección de sus crías ante las adversidades del entorno y los peligros naturales que se tienen que enfrentar, pero parajódicamente, es la especie humana, la que es capaz de defender lo indefendible, sin importar los costos que eso conlleve.

Cuando defendemos a los hijos siempre –y pese a todo– caemos en la sobreprotección, dando de manera inconsciente –cierta inmunidad– ante  cualquier acto que el menor cometa, no les enseñamos a ser responsables de sus actos a la par de que les dejamos un mensaje tremendamente negativo: tu no eres capaz de solucionar tus problemas solo.

Todo comienza con una negación de la conducta; si el niño regresa con una nota del profesor explicando que en clase no cumplió con sus asignaciones, lejos de indagar en el porqué de dicha conducta, el padre cuestiona la autoridad del docente con expresiones como se me hace muy raro, porque mi hijo(a) es cumplido siempre.

Cuando el pequeño va acrecentando el grado de inestabilidad en sus actos y, por ejemplo, llega a golpear a otro compañero, y no hay una consecuencia real por sus acciones, comenzará a legitimar su acción, convenciéndose de que no pasa nada.

Esta protección dañina tendrá, en el mediano plazo, consecuencias que serán difíciles de atender; se aprende que no hay reglas y que no es necesario responsabilizarse de las cosas, se van construyendo personalidades tiranas con la certeza de que se puede hacer lo que sea, no habrá una guía para aprender a manejar la frustración porque hay quien siempre les resuelve, ¿qué pasará cuando queden solos?

Existe, además, un convencimiento de que no hay errores porque estos siempre serán de los demás, jamás propios; y buscarán una excusa para tratar de convencer al mundo de que no hubo mala intención, sino que son víctimas de las circunstancias.

Historias hay muchas y todos conocemos al menos una; jóvenes que golpean sin piedad a otro muchacho porque en casa les han enseñado que poder económico es sinónimo de impunidad; no importa, tenemos los medios para que mi querubín no pise la cárcel.

Versa el adagio que no hay peor ciego que el que no quiere ver, y muchos progenitores hacen esfuerzos sobrehumanos para defender lo indefendible, siendo capaces de aprobar comportamientos negativos, aunque eso signifique lastimar a los más cercanos.

¿Cuál es el secreto?, simple, poner límites. Si un niño rompe un vidrio, debe saber que hizo mal y que habrá una consecuencia por ello. No confundamos, tampoco se trata de desnudarlos y dejarlo toda la noche amarrado en una cisterna, pero si debe haber una sanción que le permita hacer consciencia de que aquello que hizo fue inadecuado y que hay consecuencias por ello.

Si su hijo se va de la casa, se le puede recibir de regreso, pero bajo un catálogo de comportamiento preciso y puntual, en el que deberá haber reglas claras.  Si su hijo agrede al de enfrente, debe ofrecer una disculpa; si no aprueba sus compromisos académicos, no puede seguir recibiendo todos los beneficios.

¿Cuándo comprenderemos que el éxito o fracaso de los hijos es éxito o fracaso de los padres?

horroreseducativos@hotmail.com