¿A dónde irán los muertos?

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Es una frase de una canción popular mexicana, El sube y baja, del Grupo Montez de Durango. Sin embargo, despierta mi curiosidad y mis inquietudes más profundas desde siempre. La vida después de la vida o la vida después de la muerte es el pilar de las manifestaciones psicológicas y religiosas de las distintas civilizaciones humanas.

Cuando se termina el período biológico de permanencia en el planeta, realmente el flujo de conciencia de un ser continúa. La vida eterna defiende la persistencia del alma y la identidad. Considero que el olvido corresponde a la verdadera muerte, imposibilidad de seguir presente para los seres amados.

De nacimientos y muertes está hecha la vida cotidiana, de llantos de diferente índole, de bienvenidas y adioses. Los reinos espirituales son diversos y cada individuo se apegó a lo que más le interesó en vida, buscándole sentido y pertenencia.

Toda creencia es respetable, pero ante todo, debe privar un respeto por la existencia vivida del que muere, porque cuando un ser humano muere, algo le espera, esperanzadora visión que escapa de la soledad y del vacío.

Lo divino recubre de caridad el recibimiento en aquellos portales intangibles más allá de la estratósfera, los cielos, los paraísos, el universo mismo. Polvo de estrellas somos, más polvo enamorado, diría el buen Francisco de Quevedo.