A mí, como a Reyes, me sigue el sol

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A mi padre, mi entrenador de vida.

Impaciente estaba aquel niño, le sudaban las manos: miraba el reloj con cierta melancolía
y las manecillas, siempre traviesas ante el que espera, parecían hacer su danza más
lenta, con mucha cadencia, al infante lo acompañaba la inquietud, la de recordar que esta
tarde tiene una cita, una muy especial, previamente ha preparado sus tachos marca
“Garcis”, una playera multicolor, en la espalda el mítico número uno y en los dorsales
estampado: J. Campos, la emoción también ya lista, solo faltaba el arribo de aquel que a
pesar de su escondido cansancio, llegaría con la sonrisa dibujada a cumplirle la promesa
al niño: jugar al futbol con él.
El niño de figura delgada asomaba su cabeza al ventanal, ese que parecía imán de brisa
de la bahía de Santa Lucía, la misma que de principio a fin fuera testigo de cada giro de la
pelota, ya rumbo al estadio ubicado allá por la Colonia Progreso (o cerca) en la “UDA”,
ese niño que apenas su cabeza alcanzaba a mirar por la ventanilla del automóvil,
irradiaba de emoción, pero no la mostraba, se concentraba en observar a detalle las
gesticulaciones de la figura que lo acompañaba, su voz le parecía un canto a sus oídos,
sus palabras una canción por aprender, su mirada cual puesta de sol, enigmática,
atrapaba todo lo que miraba.
Fue entonces que al llegar, en el pecho infantil revoloteaba un nervio que provocaba un
hueco, de esas sensaciones que engordan al alma, una cancha de verde pasto con una
aun mas fresca tierra, le parecía al niño que ahí se concentraba la brisa que del mar
emanaba , fue ahí cuando miro, a su padre ponerse los botines , clásicos de color negro,
suaves como guante, suela de hule con la leyenda “Soto Guadalajara, Jalisco”, cocidos y
con dos clavos en cada extremo, único el estilo de aquel hombre parado en la cancha, le
parecía verlo flotar al niño, fue entonces cuando su padre le dijo: <<Ora si, pásame la
pelota, pa que veas nomás la pericia que tengo>> y no le mintió, con ambas piernas
trataba a la pelota con singular cadencia, la redonda parecía sonreírle, fue esa la primera
vez que el niño veía a la pelota contenta, radiante y el niño se sentía tan cerca de una
playa. Cada pase entre ellos simulaba las olas del mar. Esa tarde la pelota fue sol, aquel

niño sabía que el sol lo seguiría por siempre, el fútbol hizo ese momento perpetuo, aún
están en Acapulco un padre y su hijo jugando en la misma cancha, a la misma hora,
compartiéndose sonrisas, se les podrá ver si entras al juego con ellos.