A nuestros ancestros…
Bendecida raíz
Busco en mí, porque en noches de quietud me embargan alegrías anhelando desbordarse, pero sólo me es permitido compartirla con el silencio. Escucho el ulular de lechuza, el canto dulce del cenzontle, el viento susurrando en mis mejillas. El silencio, de nuevo me toma en sus brazos, me acaricia, me besa. Padre, permíteme ser fuente de alegría, con fantasías de macehual, con sueños de guerrero, con agilidad en tus danzas. Veo las siluetas de tus templos hermosamente trazados; hoy, tienen la cara descarnada, y por eso ruedan mis lágrimas, estas lágrimas invisibles en la noche.
Agito mis plumas de águila imitando su silbido, esperando mi lengua y mis labios, logren conectar más allá de tu bendecida raíz, de la savia que no expira, de la sangre derramada por mis ausentes hermanos matlatzincas. Si mi ombligo te pertenece, anhelo ser parte de las laderas del tenismo, ser agua del pinaninchini, ser muro del teocalli dedicado a Quetzalcóatl, y en cada despertar o en cada atardecer, dedicarte mis cantos, gran padre.
Me pregunto: ¿A quién pertenece mi corazón?
En este espacio tan pequeño y como humilde macehual, me gusta contemplar al cosmos, y me pregunto ¿Dónde estás gran padre? ¿Hacia dónde debo dirigir mi canto?, y las notas de mi atecocolli, ¿Seguirán el camino de Ehécatl? Anhelo levantar el polvo y formar de nuevo tu inmenso señorío, regresar tu gloria. Déjame tener mis manos fuertes, permite a mis ojos ver más allá de los siete rumbos. De las voces que te buscan, no excluyas la mía. Se condescendiente con mis pasos, para seguir mostrando el orgullo de ser matlatzinca.
GUERRERO MATLATZINCA
Al caminar en la pradera, tus pies descalzos intentaron dejar huellas bajo la lluvia. Sonríes, nada es como lo recuerdas, los manantiales están sedientos, los cantos son ausencia, y del río Tejalpa, hoy su cuerpo está podrido. Lo sé, tu pensamiento no nos abandonó, nosotros dejamos de mencionarte. Las huellas bajo la lluvia, no supieron guardar tus cicatrices ni tus sueños; si tus lamentos. Nos arropa una herencia ahora invisible, con teocallis abandonadas, con un gigante desnudo, pocas veces ataviado en vestido blanco. El pinaninchini agoniza sin cantos, sin lágrimas para alimentar un suelo desértico.
Estamos vacíos en el valle del Matlatzinco.

