Ale Pastore: “CUANDO QUEDA UN SILENCIO LLENO”

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Nuestra vida, la nuestra,

está todavía intacta en mí,

¿Debería ir a enterrarla

también a ella?

¿Debo errar sin reposo y sin meta

de un lugar extranjero a otro?

¿Para esto he aprendido a amar?

Friedrich Hölderlin

Cuando los cinco sentidos y los otros también, reciben a la poesía de Ale Pastore, en una lectura comprometida, asistimos a una ceremonia en donde las imágenes, reflexiones, sensaciones, decripciones, personajes en ciertos planos, y aquellos estecéteras que no son otras cosas que vacíos que abrazan, viajamos sin retorno a la entraña de su mundo poético, como si fuera un profundo caleidoscopio. De la poeta más importante de esta época, –porque lo original tiene que ver con no parecerse a nada ni a nadie– y antes de la conversación, presentamos, algunos poemas caóticos en la elección, de su último libro, Golpean campanadas en la catedral de San Patricio.

Nacimiento

Nací de carne fragmentada,

y en ella te parí.

Uno más de mis hijos.

Descendiste del llanto,

tus ojos mojados

dejaban la casa de los mudos.

Tu grito fue hoja afilada

madre, niño,

corte, abismo.

Abismo, doble corte

niño, madre.

Sí, madre.

Cada tajo

en

mis

párpados

cosidos.

He muerto mil veces

(Segunda versión)

Ante ti he muerto,

y con ello muere mi amor de ti.

Muere mi sombra

sobre más sombras.

Ante las miradas

hemos muerto,

se han cerrado nuestros ojos.

He muerto y muerto,

y mil veces muerto.

¿No escuchas?

Esta casa mía

se ha ido para siempre,

ha cruzado el ventanal.

Me he plantado

en medio de la calle

para escuchar los versos

de los jilgueros.

Siguen cantando en este silencio.

Hay silencio hoy en la calle,

y, aun así, hay canto

sobre esta ciudad.

El oleaje no muere,

se lleva las lágrimas

y con ellas, mi muerte.

He muerto y muerto

y mil veces muerto.

Y no me verás morir.

Ignis Ardens

¡Ah, despierta!

Escucha el flujo

bajo estos canales,

transita, sé tú, bebé,

toma al azar

mi pubis sangrante,

e inyéctalo a tu boca hambrienta.

Sé el sonido errante

que exhuma mi sexo,

el paraíso oculto

bajo las bragas

de estampado dulce y azul.

Sé la porosidad

en su punto más gélido,

la presión silente

que desprenden los cuerpos

en la retina de otros.

¡Carne mía, avívame!

¡Membrana mía, avívame!

Hemos visto el fuego ardiente,

sin dolor,

¡Ah, despierta!

Del filo justo de tu carne,

salta al vacío

sin residuos ni flores.

Catedral de San Patricio

Ha llegado septiembre

con los herrajes de plata

hiriendo los cielos.

Golpean campanadas

en la Catedral de San Patricio.

Estoy en Nueva York,

donde el mundo

se apaga a sus amaneceres,

mientras reluce

la mirada de Dios.

Sitúo a un lado el eco indefenso

que resuena

como una gota.

La salida va habitando de luz los pasillos;

el habitante empuja flores aplastadas,

la luz, los iluminados, iluminándose,

la herida, los heridos, hiriéndose.

— Intimidad del fruto poético

Fernando Olea: ¿Cómo negocias con la autocensura inevitable en el instante

de plasmar un verso?

Ale Pastore: No, no negocio. Y no porque la autocensura no exista —claro que existe—, sino porque, sinceramente, no me detengo demasiado en eso. Si hay algo que no puedo decir en el momento, lo rodeo. Lo escribo mal, lo dejo ahí a medio hacer, lo dejo en pausa hasta que se deje escribir solo. Pero censurarlo, jamás. Prefiero pensar que lo espero.

No pienso los poemas desde un marco teórico ni desde una idea fija de lo que debe

ser la poesía, ni desde la necesidad de quedar bien con nadie, mucho menos con el mundo letrado. Por eso tampoco me interesan esas discusiones eternas sobre qué es o no es un poema, a estas alturas, ya es una genialidad el simple hecho de

escribir de una manera comprometida. Es 2025. Y sí, debería darnos algo de pudor

plantearnos hacia dónde va la poesía, porque nosotros no la descubrimos, es ella

quien nos des-cubre.

En mi caso, escribo porque no me queda otra. No tengo conciencia de poeta, y no

por ello soy más o menos. Supongo que hay algo de esa figura romántica que

siempre me generó cierta incomodidad: el artista maldito en vida, sagrado cuando

muere. ¿Verdad? Pero más allá de eso, lo que me pasa con la escritura es que

aparece como una urgencia. Una forma, quizás, de estar en el mundo desde un

lugar donde me siento menos torpe.

Leo bastante, sí. Pero también olvido mucho, y no es del todo malo, porque lo que

logra penetrarme es lo que termina escribiéndome. Por eso, defiendo ferozmente la

poesía que nace como acto de rebeldía. Pero no una rebeldía uniformada, sino una

camaleónica, honesta y silenciosa. En ese espacio, el lector es un otro: muy ajeno a mí, y yo a él. Lo único que nos une —y nos separa— es el poema. Me parece

honesto decirlo así.

F.O: Entonces, ¿qué piensas sobre las lecturas públicas de poesía? ¿Crees

que leer en voz alta afecta la forma en que se crea o se percibe?

A.P: Mira, creo que las lecturas públicas tienen un valor enorme. Creo en la oralidad del poema, claro. En la voz, la respiración, la música del decir.

Pero también pienso que el poema se tensa cuando entra en juego la imagen de

marca.

Auden decía que, al leer en voz alta, uno empieza a pensar en el público. Y sí, es

verdad. Aparece esa necesidad de agradar, de provocar algo en el momento exacto.

Y entonces el poema, sin querer, se transforma en un pequeño espectáculo, y lo

digo no como crítica a quien va por ese camino, sino porque lo he experimentado.

Siento que ahí algo se quiebra. No siempre, pero pasa.

Yo intento escribir sin pensar en quién va a leer. Me interesa más ese tipo de

exposición: la que no se ve. La escritura como un gesto íntimo, que no necesita

público.

A veces me preguntan si me da pudor leer en voz alta. Pero no es pudor: es

cuidado.

F.O: ¿Crees que sostener esa intimidad del poema, en estos tiempos, es una

forma de resistencia?

A.P: Puede que sí, y más ahora, cuando casi todo se rige por lo visible.

Pero esto que decía Auden no es tan nuevo. Ya hubo muchas señales antes de una

poesía que se piensa lejos de la exposición. Los haikus, los místicos… incluso Emily

Dickinson, ¿no? Escribiendo sola, sin público, con la necesidad de entender que no

todos los versos nacen para ser leídos en voz alta.

F.O: Entonces, ¿eres más de la conversación íntima que de las entrevistas?

A.P: ¿Tan obvia? [ríe]

Pero sí. Prefiero conversaciones como ésta: sin grabadoras, ni cámaras. Si hay algo

memorable, seguro lo recordarás. Como antes, cuando las palabras viajaban de

oído a oído. Y sobrevivían las que sabían cómo quedarse, sin tanto artificio.

— Quehacer del oficio

F.O: ¿Cómo enfrentas el trabajo poético? ¿Hay automatismo para aterrizar la

palabra, y luego un pulimento laborioso? ¿Las palabras transcurren por tu

propio alambique de manera larga o abrupta? ¿Cómo es el nacimiento de un

poema hasta que se plasma en el papel?

A.P: Escribo como quien se acerca a un animal salvaje sabiendo que puede morder. Sin previo aviso, con una urgencia que no siempre entiendo del todo. A veces, como te conté, sueño versos enteros y tengo que despertarme rápido para anotarlos en mi libreta, porque si no lo hago, desaparecen.

El poema llega así: como puede, cuando quiere.

Ahora bien, una vez que aparece, sí lo trabajo. Con disciplina. Escribo de día, como

quien cumple un oficio. No me siento a esperar: lo provoco. Me nutro de la lectura,

claro, pero sobre todo de la observación. Tengo una mirada muy atenta, casi

totémica, hacia lo que ocurre a mi alrededor.

Y ahí sí, cuando el poema empieza a gestarse, lo leo en voz alta. Interiorizo en el

ritmo, lo pulso… hasta que ya no me necesita.

— Resonancias

F.O: ¿Eres consciente que tu poesía explota casi siempre en muchas imágenes, sensaciones, reflexiones, testimonios, en el afinamiento de la palabra, en simultáneo, como una constante en cada poema?

¿Ante qué poesía sucumbes? Libros y autores.

Si asumo y siento que tu poesía es atractiva como un organismo mágico, ¿qué

piensas de ello?

¿Es tu vida un acto poético con todo lo que eso podría significar?

A.P: Sí, soy consciente. Aunque mis poemas no provienen de una intención deliberada, sino más bien de una consecuencia natural, lógica, porque están en concordancia con el modo en que percibo —y percibe mi escritura— el mundo.

Las imágenes no son ornamentos; son la única forma posible que tengo para corromperme. El poema se construye por ese quebrar.

Por eso, sucumbo ante la poesía que no teme fracturarse. Vallejo, Hölderlin, Paul

Celan, Anne Carson, Marina Tsvietáieva, Anna Ajmátova, Safo, Alejandra Pizarnik,

Emily Dickinson… Y por supuesto, hay voces contemporáneas que prefiero no mencionar, para no caer en esa validación tan celebrada por los ilustrados.

Si me dices que mi poesía parece un organismo mágico, creo que estás hablando

de algo que me excede. El poema simplemente es auténtico, y no le teme a la

autenticidad. Por eso publiqué mi primer libro, La distancia del tiempo, en 2019, un

compendio de lo que escribí desde mi primera adolescencia. Sin arrepentirme; al

contrario, fue un acto heroico para mí, y también para Gambirazio Ediciones. Un

libro de más de 200 páginas con esa templanza romántica que, al final, decidí no

dejar afuera. Es parte de mi historia, ¿entiendes? No me arrepiento. Tal vez, sí, una

especie de locura cursi" por lo que escribí en mi adolescencia. Pero, yo no vivo para la crítica. Y con eso puedo decirte que sí: mi vida es un acto poético.

Y no porque todo deba escribirse, sino porque todo me escribe.

— Respiración de este poemario

F.O: ¿Existe alguna columna invisible realizada, o estructura inconsciente en

Golpean campanadas en la Catedral de San Patricio?

A.P: Sí, y se gesta desde la fractura. El libro tiene un ritmo interior, un hilo orgánico lo atraviesa, aunque no se perciba en una primera lectura (ni siquiera lo fue para mí). Pero hay una progresión que se revela cuando el cuerpo recuerda su forma encarnada.

Se arma solo, emerge cada sección, es el poema quien guía.

No hay una estructura planificada de forma racional, pero sí hubo un cuidado

extremo. Lo cuidé como cuido a mi padre. A quien dedico este libro.

F.O: ¿Y qué crees que queda cuando el poema deja de necesitarte?

A.P: Creo que queda un silencio lleno. No el que busca ocultarse, sino el que respira

después de gritar.

ALE PASTORE

Ale Pastore (Lima, Perú) es poeta, editora y creativa de CódiceRevista de

Poesía Impresa & Publishing House. Licenciada en Comunicación Social y

Audiovisual, actualmente reside en Nueva York. Es autora de los poemarios La

distancia del tiempo (Gambirazio Ediciones, 2019) y Todavía oscura (Gambirazio

Ediciones, 2022), publicados en Perú. En 2023 publicó la plaquette El color del

silencio (Ediciones Summa), dentro de la colección Los cuadernos del jaguar. Su

título más reciente, Golpean campanadas en la Catedral de San Patricio, ha sido

publicado por Códice Ediciones (Perú, 2025) y será editado en Argentina por

Buenos Aires Poetry, con publicación prevista para enero de 2026. Es parte de la

antología Poetas Ruculistas (Chile, 2023), Memoria del Encuentro de Poetas

Iberoamericanos (México, 2024), y Poemas a la deriva. Voces contemporáneas en

español (Buenos Aires, 2025), además de una compilación especial para la revista

Paraíso (España, 2025). Parte de su obra ha sido traducida al portugués, italiano,

inglés y griego.