Alex Grijelmo y los miembros de la Real Academia de la Lengua
El 30 de noviembre de 2010, el último año en que el Toluca fue campeón, viajé –como como cada año lo hacía– a la Fil de Guadalajara, escribí lo siguiente:
Santo Coyote, es un restaurante-bar que ofrece cocina fusión mexicana, ubicado en Lerdo de Tejada 2379, Colonia Americana, en Guadalajara.
Les confieso que me encuentro totalmente relajado, así que tomé la decisión que esta columna la haría en el Santo Coyote, al calor de los farolitos y las velas, fue entonces que me dispuse y llegué a este espléndido restaurante.
Santo Coyote está ubicado en Lerdo de Tejada 2379, colonia Americana en Guadalajara, cuenta con amplio jardín y uno puede comer o cenar entre árboles, al son de mariachi y cantantes. Lo primero que le ofrecen es una salsa molcajeteada, hecha frente a su mesa y usted elige entre salsa de sabor, medio picosa o picosa en extremo y si la acompaña con deliciosos tacos de queso fundido en un molcajete, es indescriptible el disfrute.
Recién terminé de conectar mi máquina, se me acercó el mesero para preguntarme si quería mi salsa muy picosa, le contesté que sí, pero que no le agregara habanero, que sólo la hiciera con chile de árbol, rápidamente dispuso de ajo, cebolla, chile asado, jitomate, tomate y un poco de aceite con especias para martajar en el molcajete estos ingredientes que dieron por resultado una salsa molcajeteada con olor a nostalgia y añoranzas de cuando mi abuela vivía.
En fin, acto seguido llegaron las tortillas de harina, y un delicioso queso fundido en piedra, ¿sabe cuántas veces me he preguntado por qué razón el queso fundido que hago en mi casa no sabe igual, si lo he llevado desde aquí? Muchas, tantas como lo he probado.
Me resisto a pensar que el sabor de las cosas en Guadalajara, y en especial en el Santo Coyote, sea mejor, tan solo por el sonido de la cascada, o de los mariachis, no quiero creer que el entorno en el que la belleza es una constante, cambia el sabor de las cosas.
Tras degustar algunas quesadillas –el queso en Guadalajara es de excelencia y las tortillas de maíz parecido al cacahuazintle, no tienen comparación–, llegó mi plato fuerte, que consistía en unos pétalos de carne aderezados con un greiyvi de mostaza y ají, acompañados de un exquisito puré de papa al Roquefort, según leí en el menú.
Efectivamente la carne era tan delgada que se podía partir con el tenedor, el puré de papa no tenía igual y el greivy, le daba el toque mágico al platillo. Decidí que este manjar bien valía acompañarlo con un vinito de mesa, así que probé con una uva Malbec, la recomendación fue un vino chileno llamadoPunto Final, el saborcito a canela y moras, creó el maridaje perfecto.
Dudé para pedir el postre, porque el sabor que permanecía en mi boca era tan agradable que no quería que desapareciera; sin embargo ¿Quién soy yo para despreciar un cream broulé? No, de ninguna manera podría desairar a tan amable caballero que puso enfrente de mí esa azúcar caramelizada, cubierta por delicados frutos rojos que envolvían –con todo cuidado– la cremosa leche avainillada, en la que los crocantes tozos de chocolate daban el toque perfecto.
¿Qué sería de los postres sin un buen café? Lo mismo que de los hombres sin una buena mujer, estarían incompletos, así que la mezcla de caracolillo y robusta aromatizaron mi taza.
Pasando a cosas más relevantes, les contaré de la reunión de los presidentes de la Real Academia de la Lengua, con Alex Grijelmo, catedrático y erudito de nuestro idioma.
Alex, nacido en Burgos, España, en 1956, es licenciado en Ciencias de la Información, máster y doctorado en la Universidad Complutense de Madrid. Su primer artículo lo publicó a los 16 años de edad en el diario de su ciudad La Voz de Castilla.
Trabajó en Europa Press, luego en el diario español El País, en donde publicó el Libro de Estilo, para los nuevos periodistas, profesor de periodismo de la Autónoma de Madrid, también de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Ganó en 1998, el Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes y en 2006 la Antena de Oro por su colaboración en el programa radiofónico No es un día cualquiera y director de la Escuela de Periodismo UAM-El País.
Me cuenta que en 1535, en Nápoles, Juan Valdés, humanista español, escribió el Diálogo de la Lengua, un libro en forma de discusión en la que el propio Valdés contestaba a las preguntas de tres italianos sobre las peculiaridades de la lengua, en especial la castellana, sus características su relación con las otras lenguas romances, etcétera
La reunión que se planteó como homenaje al idioma Español trató de rememorar ese diálogo y actualizarlo, y a mis ojos lo logró.
Las preguntas fueron efectuadas por ciudadanos comunes, a los directores de las academias de Uruguay, México, Salvador, Chile, Perú, Argentina, Colombia y España, entre otras.
Las interrogantes fueron directas y al grano:
¿Es verdad que los miembros de la Real Academia no hacen más que dedicarse a la buena vida?
La respuesta arrancó carcajadas, cuando le comenté a mi padre que era poeta, que los miembros de la Academia de Guatemala, me habían invitado a participar con ellos, me contestó: ¡ah! entonces vas a formar parte de un club de vagos ilustres, comentó el director, Marco Antonio Sandoval.
Las cosas han cambiado, intervino Alfredo Matus, de la Academia chilena, ahora tenemos que trabajar más, porque lo que en otra hora sólo nos interesaba a unos cuantos, hoy está en la cabeza de todos, culpa de ese fenómeno llamado Internet, la muestra está en el revuelo que causó el querer quitar el uso de las tildes, todo mundo participó para defender su idioma, lo cual es un gusto, lo cual nos obliga a trabajar mucho más que antes y nos demuestra que, aquellos que dicen que los libros están en coma o en cama, no saben de lo que hablan.
¿Es verdad que los miembros de la Real academia de la Lengua son inmortales, porque todos son unos viejitos?
Bueno, contesta Pedro Luis Barcia de Argentina, eso quizás sea verdad, porque casi todos mis conocidos quieren formar parte de la Academia, no porque les guste el idioma, sino porque piensan que al entrar consiguen por lo menos diez años más de vida, y la verdad es que, muchos miembros exceden los cien años, cosa sumamente importante, porque a partir de esa edad ya pocos se mueren. Nuevamente las carcajadas fueron estruendosas.
Hablando en serio, ese dicho de que somos inmortales, proviene del ejército conformado por miembros de la nobleza, que agrupó el rey Darío primero, y le llamaban los Inmortales, no porque no murieran –como en nuestro caso– si no porque aun cuando fueran muertos en batalla, se les reemplazaba inmediatamente, lo cual se percibía como si nunca ningún soldado muriese, de allí que adoptamos ese mote.
Estas y otras preguntas ingeniosas…. Lograron que aquello que iba a ser solemne y cetrino, se convirtiera en ameno y enriquecedor del conocimiento de los asistentes, como quien dice, a quien le dan pan nutritivo como para que llore. Cualquier semejanza con la casa de la risa, es una pura y celestial coincidencia.
Después, salimos a la calle, a encontrarnos con la realidad que, a veces, no es tan divertida como esta cena.


