Alfonso de Neuvillate

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Poseedor de un talento innato y un extraordinario gusto por lo estético, Don Alfonso de Neuvillate y Ortíz trascendió este mundo el pasado 4 de febrero.

Muchas de las glorias de la plástica mexicana de la segunda mitad del siglo XX fueron impulsadas por la visión exigente, picaresca y aguda de uno de los críticos de arte más connotados en el espectro latinoamericano; figuras de la talla de Martha Chapa, Benjamín Domínguez, José Luis Cuevas, Carlos Mérida y Armando Ahuatzi fueron proyectadas y valoradas a través de textos inteligentes, precisos y gratamente descriptivos de una de las mentes más sagaces que he podido conocer.

Su legado trasciende tiempo y espacio, baste recordar el texto Art Nouveau en México, ejemplar número doce de los Cuadernos de Arquitectura y Conservación editados en la década de los ochenta por el Instituto Nacional de Bellas Artes, que el mismísimo Juan Rulfo calificó como la más completa monografía que sobre dicho estilo artístico se pueda concebir en español.

 

Sus charlas siempre resultaban, no sólo ilustrativas por el esmero en el detalle, sino tremendamente divertidas; solía ironizar y hacer mofa de todo aquello que a su juicio estaba fuera de lugar, su nivel de exigencia en el cuidado de protocolos y en la búsqueda de la estética cuasi-perfecta fue uno de sus sellos característicos.

No obstante, detrás de esa figura poderosa y rigurosa, podíamos encontrar a un ser humano con un corazón inmenso; cuando se lo proponía, apoyaba al otro sin mella. Muchas personas debemos a la figura de Neuvillate algo que nos ha permitido encontrar una mejor versión de nosotros mismos.

Gran amigo de Salvador Novo, con quién compartía su gusto por el lenguaje, y de Carlos Monsiváis, cómplice de tertulias y críticas. Su conocimiento de la historia era tan profundo que sus cátedras en los distintos foros del mundo causaban revuelo por soltar detalles que ni siquiera los grandes investigadores conocían.  En alguna charla que sostuve con Don Miguel León-Portilla, aludía a Don Alfonso como un erudito de los que nacen cada cien años.

 

En cada ocasión que me encontraba con el Arquitecto Pedro Ramírez Vázquez (su compadre) y a sabiendas de que yo era su sobrino, me recordaba una y otra vez: salúdeme mucho a Don Alfonso, en casa le queremos mucho.  Uno de tantos ejemplos de quienes le reconocieron su trabajo y aporte.

 

En lo personal, mi tío Alfonso (era hermano de mi padre), me adentró al mundo de las Bellas Artes, solía pasar por mí a nuestra casa en la calle de República del Brasil en el Centro Histórico de la Ciudad de México, para que le acompañara a visitar los edificios de la zona; la iglesia de la Profesa, la iglesia de Santa Catarina, el templo de Santo Domingo, la antigua Escuela de Medicina (donde fue estudiante antes de entregar su vida al arte), el Hospital de Jesús, la tumba de Hernán  Cortés o las criptas de la Catedral Metropolitana, siempre contando anécdotas de cada sitio.

Me enseño una ruta hacia el periodismo cultural, sobre todo tras su paso por el diario Novedades; corrigió mis primeros textos y me ayudó a comprender que un juicio de valor requiere de muchos elementos para poder obtener credibilidad.

Se fue en calma, dormido, quizás por la satisfacción de saberse tan productivo en lo personal y profesional.

¡Hasta siempre Don Alfonso de Neuvillate y Ortíz!; ¡hasta siempre tío!

horroreseducativos@hotmail.com