Ame es erosionar(se)
¿Qué es la voluntad en plena erosión de perderlo todo?
Quizás la pregunta por la voluntad sea, en el fondo, una pregunta por la existencia misma. Uno siempre define a su ser, por la voluntad. Voluntad de esto y del otro. Carraspeando hasta quedarse sin voz ni flema en la garganta.
Desde Schopenhauer hasta Nietzsche, la filosofía ha intentado descifrar ese impulso misterioso que nos mantiene de pie, incluso cuando ya no hay certezas. La voluntad como ese fondo vital que no razona, que no espera, pero insiste. Esa pulsión que no depende del éxito ni de la correspondencia, sino que actúa porque vivir, a veces, es un acto de obstinación frente al vacío. Pero ¿qué sucede cuando esa voluntad, que nos sostiene, empieza a desgastarse? Cuando el deseo ya no construye, sino que duele. Ahí, en ese umbral, la voluntad se revela como lo más humano que tenemos y no como poder, sino como vulnerabilidad consciente. Porque quien todavía desea, incluso sabiendo que puede perder, está afirmando la vida desde su herida.
Y es desde esa herida que hoy escribo.
Lejos de toda teoría, la voluntad se me aparece no como idea, sino como temblor.
Un temblor que me sostiene entre el amor y su pérdida, entre lo que quise sostener y lo que inevitablemente se fue.
Esta columna nostálgica y pueril –ante acontecimientos que merecen más importancia, que una chica y sus dolencias– sólo busca ser una fuga acaso, por la que pueda salir y a su vez ahuyentar estos pensamientos que siento.
La voluntad es el último hilo que nos mantiene atados a nosotros mismos cuando el otro se disuelve. Es cierto que a veces la voluntad se confunde con la esperanza. Y en ese error tan humano se enreda el alma, porque creemos que seguir intentando es noble, cuando quizá solo es una forma elegante de no aceptar la pérdida.
Pero, ¿quién puede culparnos? ¿Quién osa señalarnos con un dedo sin temor? Nos enseñaron que la voluntad era virtud, que rendirse era signo de debilidad. Y así, incluso cuando el amor se deshace en las manos, seguimos queriendo tejer con los hilos rotos.
La erosión de la voluntad no ocurre de golpe es lenta, casi imperceptible, como el mar lamiendo una piedra.
Primero cede el orgullo, luego la calma, y después (cuando uno menos lo nota) cede el límite. El cuerpo se mueve solo, llama, camina, insiste, llora.
Y la mente observa, casi desde afuera, preguntándose si eso sigue siendo amor o si ya es solo inercia.
He pensado mucho en lo que significa amar a alguien que no puede perdonar. No porque uno no haya errado, sino porque el otro necesita mantener su herida intacta para sentirse entero.
Son esos momentos donde el amor se encuentra con el ego como con una muralla que no se puede cruzar. Y uno queda ahí, del otro lado, sabiendo que hizo todo, pero también sabiendo que hacer todo nunca fue garantía de algo. Qué el perdón puede siempre estar de un lado, pero del otro jamás estuvo.
Hoy entiendo que la voluntad también se cansa. Y que hay un tipo de rendición que no es cobardía, sino comprensión. Rendirse al hecho de que no podemos salvar lo que el otro no quiere sostener. Rendirse sin perderse, sin endurecerse, porque eso sí sería, perderme –y perderse–.
Estoy un poco cansada de cargar incertidumbres y miedos, aquí, bajo mis pechos. Y no escribo para que me lean desde la lástima ni desde la moral. Escribo porque hay cosas que si no se nombran, se enquistan. Y porque amar –aunque fracase, dígase así– sigue siendo una forma de afirmarse en el mundo. De haberlo hecho, de haber entregado. Aun en la erosión, aún en la pérdida, aún en el desencuentro. La voluntad no es sólo resistencia, es también ternura. Esa pequeña fuerza que, incluso rota, todavía desea comprender. Quizás amar también sea aceptar que no todo lo que se entrega vuelve. Y que lo humano, en su forma más pura, no está en la correspondencia, sino en la entrega que no deja de preguntarse por su sentido.
Amar, incluso cuando el otro no recibe, es un gesto radicalmente humano, es una afirmación de vida frente a la imposibilidad. Porque hay pérdidas que no se superan sino que se integran. Y ahí, en esa integración silenciosa, algo de la voluntad se transforma en sabiduría. Ya no es deseo de poseer, sino comprensión de lo efímero.
Y uno se mira, por fin, con cierta ternura, sabiendo que sobrevivir también es una forma de amar.
¿La voluntad como resistencia del ser?
Decía Nietzsche que la voluntad no es el simple deseo de algo, sino el pulso vital mismo que afirma la existencia frente al absurdo. La voluntad, en su forma más pura, no busca conservar, busca crear. Pero cuando el amor se rompe, cuando el otro ya no está, la voluntad pierde su objeto visible y se confronta consigo misma. Entonces ya no se trata de querer al otro, sino de sostener el propio querer (amén!), de seguir siendo alguien que aún puede decir sí a la vida incluso en medio de la pérdida.
Schopenhauer, en cambio, veía la voluntad como una fuerza ciega, irracional, fuente de todo sufrimiento. Y tal vez en ese sentido, cuando amamos con desesperación, sentimos su peso: ese querer que no se apaga, que se aferra aunque duela, que confunde persistencia con sentido. Pero la filosofía y la vida misma nos empuja a reconciliar ambas miradas: entre la fuerza creadora de Nietzsche y la renuncia lúcida de Schopenhauer se encuentra la voluntad humana, esa tensión que no se deja extinguir, pero que aprende a transformarse.
Amar, entonces, se vuelve una forma de poner a prueba esa voluntad. No la que conquista, sino la que se reconfigura en la pérdida. Porque cuando el amor se quiebra, lo que realmente se erosiona no es el querer, sino la dirección del querer. Y lo que sobrevive (ese residuo de fuerza que sigue latiendo incluso cuando el cuerpo se cansa) es lo más profundamente humano… la capacidad de seguir diciendo quiero, amo aun sabiendo que ya no hay objeto para ese querer.
Simone Weil lo llamaría la atención pura, el acto de mirar sin querer poseer, de amar sin exigir retorno, de sostener la voluntad como una plegaria que ya no pide, sino que comprende. Ahí la voluntad deja de ser obstinación y se vuelve conciencia. Y quizás ese sea el punto final de toda erosión, cuando uno ya no resiste para retener, sino para entender.
Y yo, aun cansada, pero siempre férrea, sigo queriendo creer, aun cuando cargo este vacío que jamás había sentido. Porque si algo estoy aprendiendo, es que la voluntad no muere, muda de piel. Y aunque el amor se haya ido, lo que aprendí amando no se va con él. Sigue aquí, en mí.
–Así de implícito que se lee–.
Y eso, por más simple que parezca, también es mí forma de afirmar mi vida y de pararme con estos dos pies que siempre han amado correr.

