Amor en el acantilado

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El mar azotaba con fuerza el acantilado, la lluvia golpeaba los ventanales de la casa en la playa. Mia y sus cuatro hijos, además de Elisa, invitada de su hija Sofía, pasarían unos días de descanso en las Villas de la casa de piedra, con una vista preciosa al mar y como marco: un acantilado, el conjunto se veía de foto, pero que hubiera mal tiempo –pensaba– pasar en esta temporada los días de descanso…

La casa era bastante cómoda y confortable, pero el golpe de las olas contra los muros del acantilado, le dieron un poco de temor. Mia esperaba que pasara pronto la tormenta, aún no se habían aprovisionado de alimentos y el pueblo más cercano estaba aproximadamente a 20 km. Los pasos apresurados de su familia bajando las escaleras, la distrajeron de sus pensamientos y de pronto, con un fuerte estruendo se abrieron las ventanas entrando el agua a borbotones, se apresuraron todos a cerrarlas apretando fuerte los cerrojos, para posteriormente secar el agua que había caído dentro de la sala.

Ya más tranquilos,  se disponían a merendar, cuando, un rayo había caído cerca de la casa, iluminando todo… afuera, porque dentro todo se quedó en penumbras. Subieron a la segunda planta para buscar las lámparas de mano y tener visibilidad en las recámaras. Mia se detuvo en el ventanal para observar el golpe de las olas que estaban verdaderamente agitadas y enormes, al levantar la vista al mirador del acantilado, contempló –miedo dibujado en el rostro– cómo alguien caminaba hacia los muros de  éste, no distinguía en la oscuridad qué o  de quién se trataba; el aire doblaba el cuerpo y agitaba las vestiduras, fue en ese momento que pudo distinguir que se trataba de una mujer, atónita, sin poder pronunciar palabra y con el corazón a punto de estallarle, llamó a sus hijos para que vieran lo que estaba ocurriendo, corrieron apresurados al ventanal y todo había desaparecido. La miraron interrogantes como si en el momento estuviera por bromear. Les pidió a todos  meterse a  la cama; la lluvia no cesaba, intentó dormirse sin lograrlo, se levantó y fue al ventanal; todo estaba igual, la lluvia incesante y un mar enfurecido golpeaba las paredes del acantilado una y otra vez.

Al retirarse pensó que mañana sería otro día y estarían mejor.

Y en efecto así fue, el sol entraba a raudales por los ventanales, realmente hermoso, el servicio de luz se había restablecido, todo parecía volver a la normalidad. Las jovencitas y los pequeños de ocho y diez años, así como la amiguita invitada, desayunaron y jugaron en la playa, correteando felices. Mia se quedó sentada en la arena y pudo observar con claridad lo imponente que era el acantilado. Se sentía atraída por él, no podía dejar de mirarlo, estaba inquieta, algo no estaba bien, se preguntaba si había sido un error rentar una de las Villas para descansar. En fin, tenía que ocuparse de las provisiones, así que descansó mojándose los pies un rato largo, porque parecía imposible sacarlos del agua. Sintió un gran alivio cuando se percató que había más de una familia en la playa, seguramente de las Villas más cercanas a la que ellos ocupaban.

Pudo observar cómo otros jovencitos se acercaron a sus hijas y se sentaron a conversar. Pasada la tarde, se quedaron solos, tomaron de la mano a sus pequeños hermanos y regresaron a darse un buen baño, cuando Mia mencionó que irían al pueblo, dijeron estar agotadas y que preferían quedarse viendo una película.

Así que tomó a sus pequeños y enfiló rumbo al pueblo, llegaron a la tienda más grande y compraron lo necesario. Mia se dio cuenta que la observaban con detenimiento y no se portaron muy amables, pero no le preocupaba, a veces el comportamiento de la gente en este tipo de lugares era bastante huraño.

Al acercarse a la Villa, pudo observar  a lo lejos, por la playa, una pareja tomada de la mano, caminaban muy juntos; miró el reloj, no era muy tarde, pero ya no había mucha luz.  Ya estaba por llegar y sentía profundo desaliento a medida que se acercaba más a la Villa, no hacía frío, el clima era esplendido, pero ella sentía un intenso frío que le calaba los huesos, bajó presurosa del auto, los niños le ayudaron a bajar los comestibles, se dirigió a la puerta que los niños le abrieron, cuando una ráfaga de aire helado cerró de golpe la puerta. Mia, cargando los bolsos, llegó a la cocina y preparó café; estaba agotada, las sienes le palpitaban fuertemente, no había que pensar, algo sentía que le oprimía el pecho.

Leonora se encontraba frente al enorme espejo de la alcoba, cepillaba cuidadosamente su hermoso cabello que caía sobre su espalda, su rostro denotaba una gran tristeza y sus ojos se llenaron de lágrimas al contemplar el hermoso ajuar de novia que estaba sobre su cama, era verdaderamente de un gusto exquisito: finos encajes bordados con pequeñísimas perlas y una larga cauda que salía de la fina cintura, elegante, discreto, acorde al porte estilizado de Leonora.

Todo parecía estar listo para la faustuosa ceremonia, los jardines de La Casa de piedra como le llamaban los lugareños, estaban engalanados con bellas flores. Llenaron el camino empedrado para salir a la parroquia, se encontraba reluciente, pero la novia guardaba algún secreto. Los empleados de la casona se preguntaban el porqué estaba tan triste y desolada la niña de la casa, otra en su lugar estaría feliz. Ana tocó discretamente la puerta de la alcoba, Leonora corrió el cerrojo para que pasara, se abrazó a ella llorando, –no quiero hacerlo, no debo, no puedo casarme, no sé cómo  pude llegar hasta aquí, esto será una locura, por favor, Nana, dime qué hacer– y lloraba desconsolada. Ana era la nana de Leonora, desde que fallecieran sus padres, la había cuidado como si fuera su hija. Le enjugó las lágrimas, le arropó, hasta que ésta se quedó profundamente dormida.

Después de tanto pensar en la imagen del acantilado, Mia se había quedado profundamente dormida. A la mañana siguiente se despertó de muy buen ánimo, pero al transcurrir la mañana y hacer las labores cotidianas con sus hijos, tomó un poco de sol y caminó largamente por la playa sintiendo enorme ansiedad,  al mismo tiempo que ese paseo lo percibió familiar.

Ya al mediodía entró a su recámara y tuvo la sensación de que alguien subiera de prisa a ésta y le llegó apenas un agradable aroma que ella conocía. Movió la cabeza con despreocupación y se dijo para sus adentros que seguramente todo lo que pensaba se debía al estrés, a la acelerada vida que llevaba, con los hijos, en el trabajo y también a su reciente separación que trataba de no recordar. Para ella era ya un capítulo olvidado y no pensaba abrirlo nuevamente, había salido muy lastimada anímicamente de esa relación y prefería olvidar, por fortuna tenía a sus hijos y se llevaba maravillosamente con ellos y la apoyaban.

Mia bajó al comedor, tuvieron una excelente comida, una larga sobremesa, cuando Sofía su hija mayor, le preguntó que si anoche había salido a caminar por la playa, que se levantó porque no podía dormir, que ya era muy tarde y estuvo un rato en el ventanal, cuando le pareció verla con el cabello suelto, que le llamó la atención que no lo trajera trenzado como siempre, a lo que Mia le respondió que no, que seguramente era alguna de las personas de las otras Villas, Mia salió del comedor con una gran preocupación, se dirigió al ventanal y se acomodó para leer en una confortable mecedora, no se concentró en la lectura y cerró los ojos para descansarlos. Sentía unas ganas inmensas de llorar, estaba por caer la noche y sus ideas y pensamientos eran como un gran rompecabezas al que no le encontraba solución. Allá a lo lejos, el mar golpeaba con fuerza el acantilado.

Leonora se había despertado más triste que nunca, eran las seis de la mañana y ya no podía conciliar el sueño, la ceremonia estaba programada para las seis de la tarde, un hondo suspiro salió de sus labios, le quedaban doce horas para decidir. Decidió salir a caminar descalza por la playa, necesitaba pensar cómo tomar una decisión. Quedando bajo el cuidado de su nana, quien había prometido a sus padres cuidarla y protegerla hasta que contrajera nupcias con Santiago de Alvear. Leonora pudo darse cuenta que las entrevistas con Santiago en el acantilado eran frecuentes, pero ella lo amaba y no pensaba posponer su boda.

Mia se incorporó sobresaltada, la lluvia comenzaba a caer con fuerza, se escuchaban los truenos y relámpagos, que iluminaban el enorme ventanal, fue cuando descubrió dos figuras que subían corriendo al borde del acantilado y después nada, solo la oscura noche y el mar agitado, levantando grandes olas golpeando las piedras. Había algo que le parecía familiar, pero no podía razonar qué era, así que se prometió que al día siguiente intentaría subir, ya que al igual que el agua, le daban miedo las alturas, pero lo intentaría. Logró conciliar el sueño, un aroma dulce llenó la habitación, Mia descansaba plácidamente, había destrenzado su cabello, a pesar de todo lo que había pasado seguía siendo una mujer hermosa.

Corriendo de la iglesia rumbo a la playa…

Mia se levantó sobresaltada, se le veía agitada y llorosa, corrió hacia la playa y sin pensarlo llegó al acantilado, de pronto una figura de mujer corría al borde del acantilado también, había empezado a llover, las olas se levantaron y golpeaban, sentía desfallecer, sin embargo continuaba ascendiendo hasta llegar al borde, el agua golpeaba con fuerza, todo era penumbra, lloraba, se sentía desolada, recordaba la separación, la ruptura, el engaño el desamor y cómo había tenido que ser fuerte, las lágrimas bañaban su rostro, la lluvia empapaba sus ropas, ya no pensaba, sólo dolía el alma… seguía ascendiendo, el dolor lacra, lastima, duele.

Mia se encontraba al bordo del acantilado y al borde de la desesperación, estaba mareada, no podía detenerse y abajo las olas golpeaban con fuerza, la lluvia caía arrasando, todo era oscuro, ya no había nada qué hacer. Estaba a punto de caer cuando unas manos femeninas la asieron de la cintura y poco a poco fue bajando del acantilado. Mia abrió los ojos, recorrió la habitación con la mirada, se abrazó al almohadón y dijo bajo, muy bajo, – gracias Leonora, sabía que eras tú…